Nouha Abou y Gvantsa Bortsvadze, estudiantes de 4º del Grado en Ciencias Políticas de la Universidad CEU Cardenal Herrera, han participado en una experiencia solidaria que les ha cambiado la vida. Hace dos meses lograron llevar tres camiones y dos autobuses llenos de medicamentos, ropa y alimentos a un campo de refugiados ucranianos ubicado en Polonia. Y trajeron a España a más de 120 familias, con las que siguen en contacto. Un proyecto serio y ambicioso que continúa vigente y al que animan a sumarse a la comunidad universitaria. Nos lo cuentan en esta entrevista. 

Las estudiantes de Ciencias Politicas del CEU han vivido una experiencia que ha marcado sus vidas

El pasado mes de marzo viajasteis a la frontera polaca con Ucrania para llevar material de primera necesidad a los refugiados. Y volvisteis a España con más de 120 familias. Contadnos cómo surgió este proyecto. 

Nouha.- Yo procedo de una familia muy sensible ante el dolor del inmigrante. La idea de colaborar surgió en una de nuestras cenas, en la que empezamos a tocar el tema de Ucrania. Todos estábamos muy sensibilizados por el sufrimiento de los niños, las madres… las familias que están siendo separadas y destrozadas por esta guerra. Y decidimos actuar.  

Esa misma noche cada uno asumió una tarea. Mi padre, y sus socios, a través de su empresa DEMAERK, con el apoyo de muchos trabajadores que decidieron cooperar difundiendo la información, y reuniéndose con otras empresas y fondos de inversión de Londres, lograron recaudar 50.000 euros en menos de una semana. Y a esta iniciativa se unieron muchas personas donando grandes cantidades de medicamentos, ropa y alimentos que otros miembros de la familia y amigos, como Gvantsa, llevamos a la frontera en tres camiones y dos autobuses el pasado 13 de marzo. Además, decidimos aprovechar la flota para traer a España a los refugiados que pudiéramos. 

‘Traer a todas esas familias y darles un hogar ha sido maravilloso, pero dejar atrás a tantas otras ha sido lo más difícil’

¿Cómo lo hicisteis, Nouha? No tuvo que ser sencillo… ni la entrega de material ni el traslado de refugiados. 

Nouha.- Desde luego. El proceso arrancó cargando el material en Valencia, lo que nos llevó dos días y supuso un trabajo muy duro. 

En ningún momento contratamos a gente para cargar los camiones y mucho menos al llegar a Polonia, donde tuvimos que descargar todo, tras 48h de viaje en autobús, con la ayuda de los militares polacos y dos grupos de voluntarios de EEUU y de Francia. 

Tengo que decir que los militares polacos han hecho un gran trabajo en los campos de refugiados. Ellos nos recibieron y nos iban diciendo dónde teníamos que poner los medicamentos, el material de higiene para bebés y mujeres y los alimentos por secciones.  

De todos modos, aquello fue complicado. Pensábamos que todo iba a estar organizado, pero tanto para ubicar las cajas en los almacenes como para encontrar a las familias que querían ir a España nos tocó usar la lógica humana… 

Estuvimos siete días en el campo de refugiados. El primero, dormimos en un hostal que había a siete minutos del campo, y los seis días siguientes nos repartíamos las horas para dormir. Mientras uno descansaba en el bus 3 horas, otro iba ayudando a las familias… y así hasta el final. 

Agotador. ¿Cómo os comunicabais con las familias que querían venir a España? 

Nouha.- Fue muy difícil, pero las emociones hablan por sí solas. Los gestos -de tristeza y alegría, los abrazos, una sonrisa…- decían más que mil palabras en cualquier idioma del mundo. Aparte, decidimos hacer papeles donde les explicábamos en ruso hacia dónde salía nuestro bus. 

Y lo lograsteis. Trajisteis a más de 120 familias… 

Nouha.- Sí. Y las ubicamos en casas de acogida en Galicia, Madrid, Barcelona, Castellón y Valencia. Seguimos en contacto con cada una de ellas, asegurándonos de que están haciendo sus papeles e informándonos sobre su integración en la sociedad. 

Muchas de estas personas han empezado a trabajar gracias a la labor de nuestro gran equipo, al que invito a sumarse a todos los alumnos que quieran ayudar a esta causa. DEMAERK está a punto de crear una fundación para volver a llevar alimentos, medicamento y ropa hacia la frontera con Ucrania.  

‘He aprendido a ser mucho más agradecida con la vida. Me siento muy afortunada de haber podido aportar mi grano de arena en esta situación’

Pues ahí queda esa invitación para quien quiera sumarse a esta iniciativa solidaria. Gvantsa, vamos contigo. ¿Cómo viviste personalmente esta experiencia? 

Gvantsa.- La verdad es que durante todo el viaje de camino a Polonia estuve imaginándome los peores escenarios posibles para preparar mi mente. No sabíamos qué nos íbamos a encontrar allí, pues nunca antes había estado en una situación similar. Tenía muchos sentimientos contrapuestos: felicidad, tristeza, miedo, valentía… Pero, al llegar al campo de refugiados, no tuve tiempo de sentir o de pensar sobre ellos.  

Recuerdo llegar por la noche y ponernos a descargar los camiones y autobuses sin parar durante varias horas, pues era mucho lo que teníamos que descargar, como contaba Nouha, y luego organizar y dejarlo todo en su lugar.  

Y a la mañana siguiente teníamos que hacer el trabajo más difícil: buscar a la gente que íbamos a llevar a España. Todos eran mujeres con niños pequeños y gente mayor, pero sobre todo mujeres y niños. Como decía, no tenía tiempo de ponerme a pensar en mis sentimientos porque fue llegar y no parar de trabajar. Todo era muy caótico y la organización del campo de refugiados horrible, aunque con tanta gente entrando y saliendo lo entiendo, es muy difícil mantener una buena organización con tanto movimiento de personas.  

Una confusión que las mafias de trata de personas podían aprovechar en las primeras etapas de la acogida, como nos comentabas antes de la entrevista. 

Gvantsa.- Sí. Una de las cosas que me impresionó es el poco control que había en los campos de refugiados respecto a qué pasaba con todas esas mujeres y niños que las personas como nosotros recogíamos y nos llevábamos a otros países. El único control que se hacía era a la salida. La policía polaca comprobaba quiénes se iban del campo, pero, una vez salían de ahí, nadie sabía y comprobaba qué ocurría con esas personas. Me impactó bastante que no se tomaran algunas medidas para evitar la trata de mujeres y niños. 

Precisamente por eso, nosotros lo teníamos todo muy controlado y organizado desde España. Identificamos a todas las personas que nos trajimos en aquel primer momento de descontrol, e informamos a las autoridades polacas y las españolas. Y, por supuesto, como os contábamos antes, seguimos en contacto con todos ellos. 

Hay que tener mucho cuidado con este tipo de colaboraciones si no se tienen los conocimientos y los recursos necesarios para hacerlo con todas las garantías, como sí ocurría en nuestro caso, porque pueden provocar un efecto contrario al deseado. 

‘La educación que me han dado mis padres me ha permitido entender y aceptar las diferentes formas de vivir de la gente ,y no juzgar a nadie’

Afortunadamente, la situación ahora está mucho más controlada, aunque sigue siendo necesario ser prudentes y colaborar con proyectos serios como el vuestro o con las ONG de larga trayectoria y experiencia en el terreno. Pero sigue contándonos. ¿Cómo funcionaba la asistencia a los refugiados en el campo? 

Gvantsa.- Lo cierto es que me sorprendió para bien ver que a nadie le faltaba comida o agua en el campo. Había muchos puestos de comida y de bebida, así que por esa parte me quedé tranquila sabiendo que no pasaban hambre.  

Pero entrar y ver a tanta gente metida dentro de la nave en camillas, todos juntos, durmiendo así fue muy doloroso. Creo que ninguna persona se merece tener que pasar por todas esas dificultades.  

Y la parte compleja y donde empecé a tener sentimientos más fuertes fue cuando llenamos los buses y la gente seguía llegando preguntando por sitios libres en el autobús. Traer a todas esas familias a España y darles un hogar ha sido maravilloso, pero dejar atrás a tantas otras familias creo que ha sido lo más difícil que hemos hecho estando allí.  

Fue en ese momento cuando todos mis sentimientos empezaron a salir; recuerdo aquél momento con mucha tristeza en mi corazón, sentía que se me apagaba el alma al ver a tantos niños, a tantos bebés y a tantas madres con sus miradas vacías sin saber qué hacer o dónde ir.  

Una experiencia durísima, pero habéis ayudado a muchas personas. 

Gvantsa.- Sí. A este dolor se contrapone otro sentimiento completamente opuesto. Ha sido una experiencia maravillosa que me ha ayudado a crecer como persona, a ver las cosas con otros ojos y a valorar los grandes privilegios que tenemos, como contar con un techo donde dormir o tener la tranquilidad de saber que mi hermano y mi padre están a salvo en casa.  

He aprendido a ser mucho más agradecida con la vida. Me siento muy afortunada de haber podido aportar mi grano de arena en esta situación y es algo que volvería a hacer, aunque espero que el mundo empiece a cambiar y la única ayuda humanitaria que se requiera sea por causas naturales y no por desastres producidos por la mano de los hombres.  

‘Cuando entré en el campo sentí tristeza, impotencia, amargura y también felicidad por ayudar a esas personas que acababan de perderlo todo’

¿Cómo lo viviste tú, Nouha? 

Nouha.- Igual que le pasó a Gvantsa, recuerdo que unas horas antes de llegar me estaba preparando mentalmente para todo lo que podría ver; estaba intentando crear un caparazón con el que podría aparentar ser fuerte para brindarles a los refugiados todo el positivismo y la fuerza que tanto necesitaban.  

Tengo marcado haber llegado a las 23:40h del 15 de marzo. Lo tengo claro porque al llegar me sentía desorientada y decidí mirar la fecha y la hora. Hacía mucho frío y llevábamos dos días en carretera. Estaba preparada para lo peor y, sin embargo, lo que realmente me marcó fueron las ganas de aquellos voluntarios y militares polacos de descargar todas las cajas que habíamos traído. Se les notaba el cansancio, pero, aun así, querían seguir descargando. Y cuando percibimos esa energía fue como si el cansancio se lo hubiera llevado el viento: todos nos pusimos manos a la obra y en dos horas ya habíamos descargado los tres camiones y los dos buses.  

A las seis de la mañana del día siguiente nuestro grupo entró al campo de refugiados. No puedo asociar aquella sensación con ninguna otra que haya vivido anteriormente en mi vida. Sentí tristeza, impotencia, amargura y, por último, felicidad de poder estar ahí y ayudar a esas personas que acababan de perderlo todo. Intenté ponerme en sus zapatos un minuto, y ahí fue cuando tuve que salir porque no pude contener el llanto…  

Sin embargo, a lo largo de los días te vas acostumbrando a la situación y ya eres capaz de ayudar sin quebrarte.  

¿Alguna conversación que os haya marcado para siempre? 

Nouha.-  Diría que varias. Pero, entre todas las que tuve en el campo se me quedó una en particular, y no fue con un refugiado.  

Países vecinos a Ucrania, como Georgia, están asustados y no soportan la injusticia por la que está pasando su gente, pues ellos han vivido esa guerra en el 2008. Un joven georgiano de unos 26 años se puso en contacto con mi Gvantsa y le informó de que la misma noche que llegamos nosotros a Polonia él iba a salir hacia a Ucrania a unirse con sus hermanos ucranianos, y nos comentó que su novia seguía en Ucrania, en Lviv. Al llegar al campo nos estaba esperando y le llenamos el coche de alimentos y asistencia sanitaria básica para mujeres y bebés. 

Recuerdo estar cansada y que decidimos parar a tomar un café. Él se empezó a despedir y nos daba las gracias; nos miró fijamente y nos dijo. “Voy para la guerra, pero volveré pronto con la victoria de Ucrania… y esto que estáis haciendo es algo que, aunque parezca imposible, muy poca gente hace”.  

Sentí que eran palabras sinceras y caí en cuenta de dónde estaba y qué hacía. Pensé por un momento, sin querer sonar presuntuosa, que, si todas las personas en el mundo aportamos un granito de arena a todas las causas y a la gente más vulnerable, seguro que el mundo sería un mejor lugar hoy.   

‘El 20% de mi país de origen está ocupado por la Federación Rusa, así que sé muy bien lo que deben estar sintiendo todos los ucranianos, comparto su dolor’

Sin duda, Nouha. Nos estamos extendiendo mucho, pero no podemos dejar de preguntaros por la influencia de vuestros orígenes y de vuestro modo de entender la vida en este paso que habéis dado… 

Nouha: Yo vengo de una familia muy cosmopolita. Mi padre es sirio-libanés y mi madre brasileña. Nací en España, pero crecí entre Colombia y Miami. Respeto y entiendo cada una de las culturas en las que me fui desenvolviendo como la mujer que soy hoy, y creo que ese es uno de los motivos por los que se me hace difícil ignorar las injusticias que se cometen contra un país. 

Gvantsa: Mi caso es un poco más sencillo. Mis padres son de Georgia, país en el que he nacido, pero llevo toda mi vida en España.  

Georgia es un país con una cultura bastante diferente a la de aquí. No obstante, mis padres han sabido educarme compartiendo ambas culturas, lo que me ha permitido tener una visión de la vida más panorámica, a entender y aceptar las diferentes formas de vivir de la gente, a empatizar con las personas y, sobre todo, a no juzgar a nadie por tener diferente cultura, religión, nacionalidad o por cualquier razón por la que la gente tiende a discriminar.  

Siendo de Georgia, además, entenderás muy bien lo que están pasando los ucranianos. 

Gvantsa.- Sí. Dada la cercanía que mi país de origen con Ucrania, la historia que compartimos con la URSS y el hecho de que Georgia ya ha sido víctima de la ocupación rusa en diferentes ocasiones, la más reciente en el 2008, cómo no iba a prestar mi apoyo y mi ayuda a esa gente… 

En mi familia, al igual que en muchas otras, hemos sufrido de primera mano las diferentes ofensivas rusas. A mi abuelo le sacaron a la fuerza de su casa tras los bombardeos en Osetia del Sur y los primos de mi padre no han podido volver a reunirse con sus hermanos. Mi familia sigue teniendo esperanzas de volver a pisar las tierras que alguna vez fueron nuestras, tierras por las que nuestros antepasados lucharon y trabajaron, pero yo tristemente tengo muy claro que no las recuperaremos nunca y que mi abuelo no volverá a pisar la casa donde fue criado.  

Actualmente el 20% de mi país de origen está ocupado por la Federación Rusa, así que sé muy bien todo lo que deben estar sintiendo todos los ucranianos, comparto su dolor y lo entiendo perfectamente. 

Ojalá, como decías antes, podamos eliminar, de entre las causas de los desastres, la mano del hombre. Enhorabuena por vuestra impagable labor y muchas gracias por compartir este proyecto al que, recordamos, puede sumarse quien desee ayudar. Un gran abrazo a las dos. 

Gvantsa/Nouha.- A vosotros.

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