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14.00 horas. Departamento de Reprografía del Aulario de Alfara. Soy Bernardino Cebrián, profesor de Periodismo de la Universidad CEU Cardenal Herrera, y me dispongo a entrevistar a Marisa Abad, responsable del servicio de reprografía.

Esto parece un interrogatorio policial, Marisa.

Esto no es un interrogatorio. Esto es una tortura –dice riéndose– pero qué le vamos a hacer…

Marisa Abad es catalana de nacimiento, aunque vive en Valencia desde los 3 años. Madre de 4 hijas y abuela por el momento de 2 nietos y 3 en camino, trabaja en el CEU desde hace 33 años, aunque su relación con “la casa”, como ella dice de vez en cuando, se remonta a hace más de 40 años, cuando tenía 17 años y estudiaba Bellas Artes en la Escuela de San Carlos…

Sí, estudié Bellas Artes aquí, en Valencia, en lo que era entonces la Escuela de San Carlos, que desapareció después al ser absorbida por la Universidad Politécnica. Cuando yo estudiaba no era escuela universitaria. Entrabas en la Escuela con cuarto y reválida, con 15 años aproximadamente, estabas 5 años y salías con el título de profesor de dibujo.

¿Cuándo y cómo entraste en relación con el CEU?

A los 17 años conocí el CEU, que estaba en sus comienzos en la calle Trinitarios, en el último piso de la Facultad de Teología. Allí se impartía COU (Curso de Orientación Universitaria). Comencé a ir por allí porque tenía un estudio en la calle del Mar y, cuando acababa de dibujar o pintar, iba a recoger a mi amiga Ana María Chapa que trabajaba en la casa como secretaria de don José María Espinosa [profesor de Derecho Romano, primer director del CEU e impulsor de la Universidad]. En aquellos inicios estaban don Santiago [García Aracil, sacerdote, luego obispo] y don José Antonio  [Martínez Ayuso, capellán de la Universidad durante muchos años y que el mes pasado celebró su 50 aniversario de ordenación sacerdotal]. Como se enteraron de que estaba haciendo Bellas Artes, me decían que hiciera carteles para las convivencias que organizaba la capellanía. Yo lo pasaba fatal. Sudaba. Porque, claro, el  arte era una cosa y los carteles para las convivencia otra.

¿Y cuándo y cómo empezaste a trabajar en la casa?

Pocos años después. Terminé la carrera, me fui a vivir un año a Barcelona y, cuando regresé, Ana María me dijo que necesitaban alguien urgentemente.

¿En Reprografía?

Sí, aunque estuve antes un mes en Biblioteca, ayudando a Paquita Salvador [una de las encargadas de Secretaría General de los primeros años] en lo que entonces era el colegio universitario, que estaba en el Seminario, donde estaban ya el colegio de niños y un pabellón con aulas para COU, Farmacia y Derecho.

Mientras mira las 4 máquinas fotocopiadoras, durmientes durante la entrevista, añade:

Entonces no había Departamento de Reprografía, de fotocopias. Teníamos una habitación con una maquina de ciclostil. Esta máquina era una risa, porque si ponías poca tinta, no imprimía, y si ponías mucha, la escupía.

La primera fotocopiadora fue una Xerox. Tenía un tope de 49 fotocopias, además de que no hacía copias por las dos caras, ni paginaba, ni grapaba o encuadernaba. Todas estas tareas que hoy hacen las máquinas que tenemos aquí había que realizarlas manualmente.

¿Qué relevancia tiene tu trabajo en Fotocopias?

Es un trabajo que también tiene su importancia. Cuando fallan las máquinas, a la gente se la hacen los cabellos verdes. Lo que más me gusta de este trabajo es el contacto que tengo con la gente, sobre todo, con el profesorado. A mí me da mucha vida. Es algo que, cuando me jubile, echaré mucho de menos. Aprendes mucho de la gente. Oyes, ves, de todo.

¿Puedes contarme alguna anécdota?

Hay muchas. Por ejemplo, una de hace muchos, muchos años. Había un profesor de Farmacia que era sumamente meticuloso. No te puedes hacer una idea. Cuando se acercaba la fecha de su examen, venía a Fotocopias que entonces se hallaba en un cuarto pequeño con una ventanita, al lado de Dirección. Acudía con su señora y un ayudante. Me hacía cerrar la ventanita y la puerta ¡con llave! En ese espacio había además un cuartito con un servicio, al que se asomaba para comprobar si había alguien. Lo registraba todo. En el momento de hacer las copias, estábamos su señora, el ayudante, él y yo. Uno se ponía en el lugar del que salía el papel para recoger todo y el resto rodeábamos la máquina. Lo tenía todo controladísimo. Era muy meticuloso. Pues bien, el hecho es que por lo que me enteré durante los exámenes le pegaban unas copiadas enormes, enormes.

Imagino que este trabajo requiere mucha atención con el estrépito de 4 máquinas en marcha y profesores y personal administrativo acudiendo a hacer sus pedidos.

Pues no sé, no tengo esa impresión. Es que no me doy cuenta. Y eso que he perdido mucho… Soy muy desordenada, pero eso me lleva a un orden. Yo sé dónde tengo las cosas. Hay veces que me dicen: “Estás muy seria”. Pero no es que esté seria o lo sea, sino que que estoy en lo mío. Lo mismo que el sonido de las máquinas. Yo no las oigo. Las escucho, pero no las oigo. Hay ruido, pero no, no, no me molesta. Eso sí, cuando las apago, sí que noto el silencio. Los demás percibís el ruido, pero yo no.

Dejo las cuestiones sobre su trabajo y le pregunto por algún momento que considere especialmente significativo en la historia del CEU.

Para mí, el cambio en la historia del CEU vino con el comienzo de los estudios de Periodismo. Fue un cambio como de la noche al día. Recuerdo que, en la sede de Barón de Cárcer, venía Jesús Bilbao [profesor de Historia, primer subdirector del Centro Universitario de Ciencias de la Información] y decía: “¡Uy, cuando vengan los de Periodismo!”. Y la verdad es que cuando vinieron fue como si pasaran Aníbal con los elefantes. Para mí, Periodismo es la niña de mis ojos. Fue la revolución. Dio vida a todo.

Y eso que Derecho era la criatura predilecta en la casa. No sé si porque don José María Espinosa era de Derecho, estudios en los que teníamos profesores muy destacados, de gran categoría. Pero para mí, Periodismo era algo muy especial. Me trae muy buenos recuerdos ver hoy profesores que fueron estudiantes de aquellas primeras promociones.

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Nos conocemos desde hace años y siempre he visto que tienes algún libro cerca.

Es un vicio que tengo. Toda la vida he leído. Me gusta muchísimo. Hay tres autores que, para mí, han sido muy importantes, aunque no tienen que ver entre sí: Federico García Lorca, Julio Cortazar y Dante Aligheri. De Dante, “La Divina Comedia”. Este libro lo tenía en casa, y un día lo cogí por cogerlo, y me quedé enamoradísima.

Y con tu formación en Bellas Artes, ¿pintas?

Suelo hacer dibujos. Cuando me jubile, quiero retomar el dibujo, luego pasar al óleo y, sobre todo, modelar el barro, que es lo que más me gusta.

No quiero perder la ocasión, así que le pregunto por sus gustos en pintura.

Tuve una época negra, en que me gustaba Velázquez y El Greco. Estuve en Toledo en la Casa de El Greco y me enamoré completamente de esas telas. Me gusta mucho la pintura clásica, pero luego estuve en París, fui al Museo de Orsay y descubrí a los impresionistas. También me encanta –exclama– ese colorido de Sorolla. Ahora me gustan mucho los colores, más a medida que pasan los años. Siendo joven sentía inclinación por las cosas tenebrosas, en cambio ahora me gustan la luz, los colores vivos, la pincelada gruesa, los cuadros con mucho volumen de pintura…

Casi al terminar la entrevista, me viene a la cabeza una pregunta que está fuera de guión, que parece que me la ha chivado mi ángel de la guarda: ¿Mari o Marisa?

¡Marisa! Yo nunca he sido Mari. Nunca. Fue entrar aquí, y de golpe todo el mundo empezó a llamarme Mari, hasta el punto de que con el tiempo tuve que dejarlo estar. Es más, había un profesor  del colegio –Salvador Báguena–, que ni Mari, ni Marisa, sino ¡Amparo! Y se marchó del colegio llamándome Amparo.

Me he habituado, pero ya que me preguntas lo aclaro: yo soy Marisa, toda la vida. Es más, te voy a decir todos mis nombres: María Luisa Teresa Enriqueta. En Barcelona era costumbre poner el nombre del padre, la madre y las dos abuelas. Mi padre me llamaba Marisela, pero ¡Mari!, de Mari, nada. Ahora ya, para qué voy a discutir.

Se acercan las tres de la tarde, hora de apertura del Servicio de Fotocopias. Hemos charlado largo y tendido de la historia del CEU, pues Marisa ha sido y es un pilar invisible en los que se apoya la casa.

Lo tuyo y el CEU es, como dice el bolero, toda una vida…

Así es. Toda mi vida ha estado relacionada con el CEU. Muchos amigos de la pandilla estudiaban COU aquí. Mis hijas estudiaron en el colegio y dos de ellas las carreras de Farmacia y Periodismo. Mi relación ha sido personal, aparte de laboral. Guardo recuerdos muy bonitos. No cambio por nada haber trabajado aquí todos estos años de mi vida. Y el día que me vaya lo sentiré.