Tal y como subraya el Dr. Mario Prades, profesor de Ciencias de la Educación del CEU de Castellón, cuando los escuchemos durante estas fiestas, merece la pena reflexionar sobre el largo viaje que esta forma musical emprendió hace siglos y la gran riqueza cultural inscrita en la tradición histórica que encarna.

Los villancicos son una señal inequívoca de la llegada de la Navidad a nuestras vidas, y es muy probable que estas conocidas composiciones ya formen parte del fondo musical de nuestras actividades diarias durante las fiestas: tanto dentro como fuera de casa, su omnipresencia en nuestra vida cotidiana es innegable. Sin embargo, la Historia nos enseña que incluso aquello más ordinario y común es el resultado de un largo recorrido en el tiempo que transcurre, en ocasiones, por territorios desconocidos.
Originariamente, el término “villancico” indicaba una composición musical dirigida a gente “villana”, es decir, habitantes de las villas y los pueblos y pertenecientes al estado llano. Eran obras que trataban temas profanos, de carácter amoroso y festivo. Durante el siglo XVI, estas composiciones se recopilaban e imprimían en pequeños pliegos que contenían coplas, romances de amor “y otros villancicos”. Sin embargo, este carácter profano convivía con el religioso, que nos es mucho más familiar. Lo vemos, por ejemplo, en los “Místicos villancicos gozosos, en elogio del sagrado nacimiento de Nuestro Señor Iesu Christo”, conservados en la Biblioteca Nacional.

‘La Historia nos enseña que incluso aquello más ordinario y común es el resultado de un largo recorrido en el tiempo que transcurre, en ocasiones, por territorios desconocidos’
Mario Prades Vilar. Profesor del Departamento de Ciencias de la Educación de la Universidad CEU Cardenal Herrera. Doctor en Historia
En el siglo XVII se consolida la dedicación de los villancicos a la celebración de las fiestas de Navidad y Corpus Christi, tal como lo demuestra el gran número de obras impresas durante este periodo. Por su parte, la nobleza hace suya estas composiciones hasta tal punto que Sebastián de Covarrubias, en su famoso diccionario, señala para los villancicos un origen popular, pero, añade, “los Cortesanos, remedando a los villanos, han compuesto a este modo y mensura cantarcillos alegres”. Para el siglo XVIII, estos cantarcillos alegres ya revisten la forma de composiciones barrocas que se ejecutan en ocasiones y lugares solemnes, como la Real Capilla del rey Fernando VI, que sirvió de escenario para un concierto la noche de Navidad de 1748.
Es en esta época cuando nos encontramos con José Pradas Gallén, un gran compositor originario de Villahermosa del Río. Pradas alternó su carrera musical entre Castellón y Valencia y llegó a ser maestro de capilla de la Catedral Metropolitana de la capital, cargo durante el cual compuso más de 400 obras. Sus villancicos añaden a la forma musical popular elementos propiamente barrocos, como la cantata italiana o el minué, y pueden escucharse en internet, con lo que no tenemos excusa para no enriquecer nuestras celebraciones navideñas con un toque castellonense de gran interés histórico y singular belleza.

En medio de virtuosas composiciones barrocas, el carácter popular del villancico perduró a lo largo de los siglos, sirviendo incluso para la sátira social. Lo vemos en los “villancicos políticos y jocosos” editados en Barcelona en 1933, con versos como: “señor alcalde mayor/ no prenda usted a los ladrones/ y prenda usted a los caseros/ y el primero a Romanones”. Los irreverentes versos de su autor, Manuel Fernández Palomero, nos ofrecen un indicio de la larga historia detrás de problemas tan acuciantes como el del acceso a la vivienda.
Hoy en día, cuando el villancico parece reducido a mero fondo musical de nuestros ratos de compras, merece la pena reflexionar sobre el largo viaje que esta forma musical emprendió hace siglos y la gran riqueza cultural inscrita en la tradición histórica que encarna.




