Mila Sanchís Marco, vecina de Aldaia: “De la casa solo quedamos el perro y yo”

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Mila en la puerta de su casa. Foto: M. Sanchís

La DANA arrasó su hogar en Aldaia por el desbordamiento del Barranco de la Saleta, tanto que para su recuperación, las donaciones y voluntarios fueron clave

Una información de Patricia Calvo

La DANA del pasado 29 de octubre de 2024 dejó a su paso más de 200 muertes y miles de personas que vieron como las olas de agua y barro lo arrasaban todo por su paso. Mila Sanchís Marco, vecina de una planta baja de la localidad afectada de Aldaia, sufrió las consecuencias de la DANA. Aldaia ya se había enfrentado a múltiples inundaciones en su historia ya que el Barranco de la Saleta. Ese 29 de octubre, día también de su cumpleaños, Mila vivió cómo el agua entraba sin cesar a su casa y lo arrasaba todo.

¿Cómo fueron los momentos antes de que el Barranco de la Saleta, con mucha historia por sus inundaciones, se desbordara?

Venía de sacar a mi perro Bowie, y nada más llegar a casa puse las compuertas. En la puerta de la entrada tengo puestas las guías ya que siempre que avisan de que va a haber una amenaza de lluvias fuertes, pongo las compuertas. Pensaba que sería como tantas veces nos ha ocurrido, que como máximo nos había entrado un metro, no más.

¿Cuánto tardó en llegar el agua desde que volvió a casa?

Tardó unos pocos minutos ya que mientras yo ponía las compuertas, me llamó mi prima Ana, que trabaja en el Ayuntamiento de Aldaia como secretaria del alcalde, Guillermo Luján. Estaban de pleno y no tenían ni idea de lo que iba a ocurrir. Y, de repente, hablando con ella, empezó a entrar agua y me llegó por la cintura.

La pared mediera entre la casa de Mila y la del vecino destruida por el agua/M. Sanchís

¿Cómo vivió esos primeros minutos?

Como seguía en llamada con mi prima, le conté todo lo que estaba sucediendo, mientras vi como mi perro se subía encima del colchón de la habitación, y ella me decía: “Teta, corre, súbete a casa de Néstor”, que es uno de nuestros sobrinos que viven en la finca. No me dio tiempo, porque de repente oí como una explosión. Pensaba que había explotado una bombona de gas, y era un coche de los que arrastraba el agua que dio en la puerta de la casa de al lado y reventó la pared mediera de la casa. De esa forma, todo lo que había ahí, muebles, ladrillos de la pared, vinieron hacia mí.

¿Cómo consiguió salvarse de toda el agua que invadía y destrozaba la casa? 

Gracias a mi sobrino Néstor que se descolgó con una manguera desde su casa hasta mi tejado y me salvó la vida. El día de mi cumpleaños volví a nacer. Nos salvó a mí y a mi perro. Arriesgó su vida. Desde la galería que da a mi corral, él me gritaba: “Me voy a descolgar”. Yo intentaba hacerle entrar en razón y le decía: “Por dios Néstor que tienes un hijo, no lo hagas. Que no te pase nada a ti. Si me tengo que ir, será mi momento, pero por favor no lo hagas”. Y lo hizo, me salvó la vida, y a mi perro también. Después hemos estado todos juntos en su casa. Siempre hemos sido una familia muy unida , y esto nos ha unido más y hace que yo me sienta positiva.

¿Cómo fueron los días de después?

Los dos primeros días aquí no había nadie, solo nosotros. El tercer día, mi sobrino, que vive en Quart de Poblet, pasó como pudo y trajo algo de comida, fiambre y pan. Además, tuvimos la suerte de que vino con veinte de sus amigos, que no tengo palabras para agradecerles a esos chavales lo que hicieron por nosotros. Nos sacaron todo el barro y trajeron ropa. Yo les decía: “Bonicos, descansad por favor”. Ellos sin parar de trabajar me decían: “No, Mila, el lunes tenemos que ir a trabajar, y de aquí al domingo te lo tenemos que despejar todo”.

La entrada de la casa la mañana del 30 de octubre/M. Sanchís

¿Ha recibido muchas donaciones? ¿Cómo notó la solidaridad de la gente?

Me han hecho muchas donaciones, porque de la casa solo quedamos el perro y yo, no quedó nada más. Amigas que me dieron muebles de sus hijos pequeños; personas de Valladolid que nos trajeron colchones; una asociación nos donó electrodomésticos (lavadora y nevera); y unos vecinos me donaron muebles. De todo corazón, no tengo palabras para agradecerle a los voluntarios. Cuando empezaron a venir el cuarto día, desfilaban por la calle preguntándonos qué necesitábamos. Se nos caían las lágrimas de ver a gente tan joven desprendiendo tanta solidaridad. No tengo palabras, les estaré eternamente agradecida.