Informa: Alfonso Sanfeliu / Imagen: Planeta
El neurobiólogo Jonathan Benito vuelve a las librerías con una nueva obra de divulgación, ‘El poder de la amabilidad’, en la que da las claves necesarias para mejorar nuestra inteligencia social, nuestra salud, y nuestra felicidad. Defensor abierto de la cooperación y la colaboración entre iguales como rasgo evolutivo del hombre, Benito reflexiona sobre el poder de la amabilidad y se detiene en aspectos de nuestras relaciones sociales que se han perdido bajo la tiranía de la tecnología y el individualismo en el que vivimos. Una conversación enriquecedora en la que se incidió en la necesidad recuperar la escucha activa, el reconocimiento del otro como un interlocutor al que debemos conocerlo por su nombre, el poder de la sonrisa y la necesidad de bajar el ritmo cotidiano para tener una vida plena.
Jonathan, qué mal debemos estar para que se tenga que escribir un libro en el que se destaque el poder de la amabilidad.
La verdad es que sí. Te subes a un ascensor y no te saluda nadie; te cruzas con el vecino y no te dice hola, cedes el paso a un vehículo y te mira mal. Vivimos en un mundo donde la amabilidad no siempre está presente y por eso la reivindico desde la neurociencia.
¿Nacemos amables o aprendemos a ser amables?
Hay gente que no nace amable y hay gente que tiene una facilidad, tremenda, para establecer relaciones positivas de colaboración, de cooperación, lo que llamamos en neurociencia la prosociabilidad, un término más complejo que la amabilidad que implica cooperar, colaborar. Hay gente que nace así y gente que nace más antipática y luego aprende a ser prosociable y amable.
¿Estamos hablando de una cuestión de educación?
No creo que sea una cuestión de educación. Uno puede ser educado, pero no ser amable. La clave está en ser prosociable, lo que implica tener una intención de interactuar positivamente con los demás en términos de colaboración y cooperación. Hay gente que ni es educada ni es amable.
Pero coincidirá conmigo que en un mundo como el de hoy, polarizado, ser amable se ve -incluso- como una debilidad.
Sí, puede ser que se interprete como un acto de debilidad, sumisión o ingenuidad, pero, precisamente por tener este clima de crispación es importante ser prosocial. Así nos lo ha demostrado la historia evolutiva de millones de años hasta ahora donde hemos evolucionado porque hemos cooperado y colaborado entre nosotros. En un mundo como el de hoy, cuando se empiezan a establecer interacciones prosociales, se consiguen dinámicas muy positivas al apostar por la cooperación entre iguales, por la ayuda, por la colaboración.
«Vivir la vida con más calma y disfrutar de las pequeñas interacciones con los demás siendo más amables, es la clave para recuperar la amabilidad en nuestro mundo»
Hay que tener mucha paciencia para ser amables y poner una sonrisa al que, quizás, ni la merece. ¿En qué momento hemos dejado de ser amable?
Efectivamente, cuesta ser amable porque vivimos en un mundo donde predomina la intolerancia. Cuando uno deja de ser tolerante, al final va estableciendo unas barreras con los demás que hace difícil la cooperación o la colaboración. No vivimos en un mundo que favorezca la sociabilidad, pero fíjese, de repente sufrimos un apagón y en un momento de gran incertidumbre surgen comportamientos prosociales donde todos nos ayudamos. Creo que la amabilidad está latente y cuando bajamos el ritmo de vida y tenemos tiempo de mirar a los demás, vuelve a surgir.
¿ El avance tecnológico nos ha llevado a esta situación de intolerancia o de falta de amabilidad o empatía hacia el otro?
Yo creo que la tecnología, en algunas circunstancias, no ayuda a la sociabilidad porque efectivamente estamos perdiendo la interacción piel con piel, cara a cara. Con la aparición del teléfono las interacciones empezaron a disminuir y con el WhatsApp va a más. Yo lo veo en mi hijo que, en lugar de quedar con los amigos para jugar a la pelota, queda para jugar online en el ordenador y ni se ven y eso es un problema.
Me he llevado a una alegría tremenda cuando he descubierto que defiende la necesidad de llamar a la gente por su nombre en cualquiera interacción en la que nos veamos inmersos y lo propone a una sociedad en la que la gente ni se mira a la cara cuando habla… Creo que voy a acusarle de provocador o disruptivo.
Es que hay que hacerlo, hay que dirigirse al otro por su nombre. A mí me da mucha pena que no se dirijan a uno por el nombre porque de este modo se despersonaliza a la persona con la que hablas. No solo es una falta de respeto no dirigirse por el nombre a una persona, sino que eso implica deshumanizarla. Cuesta relativamente poco trabajo llamar a la persona por su nombre y hacerlo siempre es una muestra de cariño y una puerta de entrada hacia una interacción positiva. Hay que recuperar, además, el contacto persona a persona, el abrazo, el apretón de manos, porque con estos gestos se está reconociendo a la persona que tiene uno en frente. Además, se sabe que los abrazos liberan oxitocina y esto es muy importante para establecer relaciones de confianza. En un mundo donde la gente no se toca o no llamas a las personas por su nombre, no queda muy claro hacia dónde va la sociedad.
Tampoco es una sociedad que escuche mucho. Imagino que eso dificulta también que brote la amabilidad o lo prosocial. Hoy en día qué poco se escucha al interlocutor y qué poco caso se le hace, aunque parezca que se está atento a él.
Escuchar, junto al contacto físico con tu interlocutor es fundamental. Muchas veces estamos con alguien que nos está contando una anécdota y estamos buscando a ver si tenemos una mucho mejor para decírsela en cuanto termine y eso es una falta de consideración con la que vuelves a deshumanizar a la persona que tenemos enfrente. Cuando encontramos un interlocutor que realmente nos escucha, nos parece mágico.
«Cuesta poco trabajo llamar a la persona por su nombre y hacerlo siempre es una muestra de cariño y una puerta de entrada hacia una interacción positiva»
¿Por dónde deberíamos comenzar a construir una sociedad más amable, en un entorno tan hostil?
Lo primero que debemos hacer es sonreír, porque es la puerta a la cooperación, a la colaboración, a lo prosocial. Tú puedes llegar a un sitio donde no conoces el idioma, pero con una sonrisa vas a conseguir muchísimo más que hablando. Las interacciones son muchísimo más complicadas cuando te encuentras con una persona que no sonríe, por eso cuando sonríes, tu sonrisa tiene un efecto muy profundo en tu interlocutor.
¿Y cómo recuperamos la amabilidad, la cordura y la felicidad en este mundo de desquiciados?
Es una muy buena pregunta. Creo que debemos bajar el ritmo de nuestra vida, ir más despacio y priorizar. Mucha gente va por la vida como pollo sin cabeza y, de repente, un susto de salud o de cualquier otra cosa le hace parar de golpe y replantearse lo que estaba haciendo. No hay que llegar a ese extremo, pero una de las claves reside en bajar nuestro ritmo de vida. Vivir la vida con más calma y disfrutar de las pequeñas interacciones con los demás siendo un poco más amables, creo que es la clave para recuperar la amabilidad y la calma a este mundo en el que vivimos. Y para ser felices lo mejor es practicar actos de bondad, de gratitud, porque se sabe que tiene muy buenos efectos sobre sobre nuestro cerebro y nuestro bienestar.
En esto de ser feliz, amable, cercano, ¿puede tener algo que ver las creencias y la fe?
Es una pregunta muy inteligente, desde luego. Si te das cuenta muchos movimientos religiosos están muy asociados a la bondad, a mitigar la necesidad, al altruismo, a la cooperación. Yo creo que hay gente que cree que su futuro después de la vida va a depender de ser bueno o ser malo, si con ello hace el bien, pues sí que va a estar relacionado. Creo que deberíamos ser buenos o prosociales, con independencia de que tengas una creencia o no o pienses que hay vida eterna más allá de la muerte.
Finalmente, ¿el ser humano tiene arreglo o esto ya no se arregla ni, aunque lo intentemos?
Creo, sinceramente, que sí que hay arreglo. Siempre habrá individuos o casos aislados que no, pero creo que aún tenemos arreglo porque a veces la humanidad del hombre surge donde menos lo esperas y en ese momento te quedas sorprendido pensando que sí que tenemos arreglo. Si rebajásemos nuestras pretensiones individuales todo sería mejor, el mundo funcionaría mejor.





