Los jóvenes valencianos y las redes sociales, claves para activar la ayuda en los primeros días tras la DANA

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Gonzalo León y Laura García, voluntarios durante la Dana de Valencia / Foto: Ana Morla

Un reportaje de Ana Morla

La investigadora Mariluz Congosto, informática, investigadora y docente especializada en análisis de redes sociales y visualización de datos, explica que la movilización de los voluntarios en las horas y días posteriores a la trágica DANA que asoló la comarca de L’Horta Sud fue “analógica-digital”. Las plataformas privadas, como WhatsApp, a través de las cuales te comunicas con tus círculos íntimos, fueron el origen de la primera reacción y organización espontánea. Laura García, voluntaria de 24 años en Aldaia, es un ejemplo del impacto de este servicio de mensajería: “Cuando empecé a ser consciente de lo que estaba ocurriendo, lo primero que hice fue entrar en WhatsApp para tener localizados a mis seres queridos, para confirmar que todos estaban a salvo”.

Redes sociales: de la crítica a la acción solidaria

Congosto distingue una segunda fase cuando las imágenes llegaron a TikTok e Instagram, atrayendo a más voluntarios e incluso a creadores de contenido, que amplifican el mensaje. La experta apunta que esta activación social fue especialmente liderada por jóvenes. “No fue una acción estructurada ni planeada. Cada grupo actuó desde su pequeña red cercana, pero todos coincidieron en algo: estar allí y ayudar. Lo extraordinario es que supieron llenar el vacío mientras llegaban las autoridades, y lo que comenzó como una acción local se convirtió en un esfuerzo masivo de ayuda”.

Centenares de jóvenes, sin esperar instrucciones, se organizaron de forma autónoma a través de redes sociales.

Gonzalo León, voluntario de 21 años en Aldaia, concide en que la energía y determinación de los jóvenes no solo se manifestó en la organización digital, sino también en su presencia física en las zonas afectadas: «Las redes sociales estaban llenas de información y de formas de ayudar. Fue casi un impulso instintivo coger lo que tenía en casa y salir hacia uno de los pueblos más afectados. Cada publicación que veía me contagiaba esa necesidad de estar allí, de hacer algo”.

Desinformación en medio de la tragedia

Congosto también señala una doble cara en el uso de las redes durante emergencias. “Salió lo mejor, pero también lo peor. Mientras muchos jóvenes difundían ayuda real y necesaria, otros aprovecharon para viralizar bulos dolorososEl caso del parking de Bonaire, con rumores de muertos que nunca existieron, es un ejemplo claro. Lo preocupante fue que incluso medios convencionales entraron en ese juego”. 

“Las instituciones deben contar con verificadores para frenar bulos”

Preguntada sobre el papel de las redes como herramientas de ayuda, Mariluz es tajante: “Son un sensor social en tiempo real. Te permiten saber lo que pasa desde el terreno, de forma continua, inmediata y con un alcance enorme. Mucho más que la televisión. Pero también hay que entender que sus algoritmos pueden distorsionar lo que vemos. La viralidad, por ejemplo, depende de factores que no siempre priorizan lo más útil”.

Finalmente, lanza una reflexión sobre el papel de las instituciones: “No basta con ofrecer información. En una crisis, también deben monitorizar lo que se dice y actuar rápido cuando aparece un bulo. Hay que incorporar equipos que verifiquen y corrijan en tiempo real. Eso salvaría tiempo, recursos… y angustia social”.

Para Congosto, esta experiencia deja una lección clara: “Las redes no son el problema. El problema es su mal uso. Usadas con responsabilidad, pueden ser un salvavidas colectivo. Y los jóvenes lo han demostrado”.

Lejos del estereotipo de la “generación de cristal”, los jóvenes han demostrado ser una generación de hierro y que las redes sociales, usadas con responsabilidad, pueden ser salvavidas colectivos, especialmente cuando quienes las manejan entienden que el deseo de ayudar también se puede viralizar.