Higinio Marín: «Deberíamos estar dispuestos a no convertir la política en una especie de religión posmoderna»

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Redacción: Raquel Sánchez / Imagen: CEU

El profesor de la Universidad CEU Cardenal Herrera y filósofo Higinio Marín ha publicado un recopilatorio de sus artículos filosóficos más destacados publicados en prensa.

Con su obra Civismo y ciudadanía, ¿qué mensaje ha pretendido lanzar al lector?

Básicamente, el mensaje que se recoge en el título: que la mera condición jurídica y formal del ciudadano no es suficiente para dar consistencia a un sistema democrático, y mucho menos para ser un sistema efectivo de convivencia y de crecimiento. A ese otro contenido necesario para que las sociedades democráticas lo sean de manera efectiva es a lo que he querido llamar civismo, siendo un conjunto de disposiciones sociales, personales, culturales y morales en un contexto político que refleja la convivencia entre los ciudadanos.

Esta obra es un recopilatorio de artículos que ha repensado sin la necesidad de la inmediatez. ¿Dónde reside la diferencia con respecto a los anteriores?

El libro recoge muchos de los textos que, en su versión original, fueron publicados en medios de comunicación escritos, pero que han sido repensados, reformulados y que, en esta ocasión, contienen el mensaje y el tono accesible para un lector medio interesado. Son una versión extendida con una cierta dimensión documental que pretende profundizar en los temas tratados, aunque siguen siendo textos escritos a mano alzada: son una palabra tomada en público por un filósofo. De hecho, ese fue el título inicial que lo compendiaba, ‘el público’.

El docente recopila en ‘Civismo y
ciudadanía’ sus artículos PERIODÍSTICOS más destacados

¿Intenta con ellos realizar un análisis de la sociedad actual o reflejar el pensamiento del ser humano?

Realmente es como un diario de viaje por la actualidad y por los asuntos que, aunque no parecen tener actualidad palpitante, al observador sí le parecen temas que están debajo de esos cambios. Es una especie de retablo en el que se procura pensar, motivado por una necesidad de comprender; se procura pensar lo que ocurre con la profundidad, suficiente, para que no sea un simple acontecimiento. En esa línea están desde la disolución de esa unidad político-cultural que hemos llamado Occidente, hasta la manera conmovida de asimilar la muerte en los atentados de las Ramblas. Abordo cuestiones relacionadas con el futuro de Europa y con las modalidades nuevas de reformulación de la paternidad. El libro oscila con todos los temas de nuestra actualidad que, difícilmente se pueden asimilar si no es mediante un esfuerzo reflexivo.

El título aúna dos palabras: ‘civismo’ y ‘ciudadanía’. ¿Falta civismo y nos estamos perdiendo como sociedad? ¿La ciudadanía existe?

Creo que hay una grave crisis de civismo por el abuso de las condiciones formales de la ciudadanía. Un sujeto que crea que su posición en la comunidad, en el orden social lo definen sus derechos y que le corresponde exigirlos y cumplirlos con la expectativa de minimizarlos, aplica la ley económica de la maximización de los derechos y la minimización de los deberes. Esto es una sociedad en grave crisis. La noción de civismo es precisamente la de hacerse cargo de invertir en solidaridad, no de reducir al mínimo los derechos sino de tener una disposición más cooperativa, responsable, sensata y consciente de la fragilidad del orden social y de la convivencia. Ese abuso de la ciudadanía se pone de manifiesto muchas veces en creer que el ámbito de lo público es el sitio donde podemos poner lo peor de nosotros mismos.

“Creo que hay una grave crisis de civismo por el abuso de la palabra ciudadanía”

Usted es un pensador contemporáneo, filósofo. En un mundo tan líquido como acuñó Baumann, ¿sigue siendo necesaria la filosofía, o no?

Yo diría que más que nunca por esa forma de la realidad que se ha descrito tantas veces como ‘lo fluido, lo líquido’. Precisamente porque nuestra perplejidad es mayor y, por tanto, el desconcierto. Los hombres para vivir humanamente nuestra vida necesitamos comprenderla y, para habitar el mundo necesitamos realmente comprenderlo: quien no comprende su tiempo, no lo habita. Estar a la altura del propio tiempo requiere un esfuerzo de comprensión. A mi parecer, este mundo líquido e hipertecnológico, ha generado el pensamiento del hoy más urgente, convirtiéndose en una necesidad vital. Su debilitamiento es, seguramente, más peligroso que nunca, porque vivimos en una especie de cascada perpetua en la que la incomprensión nos convierte en sujetos completamente sofocados por la realidad y sus acontecimientos.

¿Cómo convencería a los ciudadanos de que la formación humanística es precisa para su ejercicio profesional?

La creo necesaria para ser hombre en el sentido más humano de la expresión, de ahí que se llamen ‘Humanidades’, ¿no? Ser humano no es algo de lo que se pueda prescindir para el ejercicio de ninguna profesión. La humanidad no es algo de lo que podamos desprendernos sin grave deterioro personal y social. Las humanidades hacen al sujeto capaz de una visión periférica, y eso, en la antigüedad era una necesidad exclusiva de los sujetos directivos de las sociedades. Actualmente, esas dimensiones directivas están democratizadas, puesto que todos tomamos decisiones de ese tipo, haciendo todavía más imprescindible las humanidades, en particular, la de aquellas que tienen la capacidad de suscitar la reflexión crítica.

“Deberíamos estar dispuestos a poner mucho más y a esperar
menos”

Usted ¿cómo cree que ayuda a las personas la antropología filosófica en el día a día?

Somos los únicos animales que necesitamos darle sentido a nuestra existencia. En el caso de no encontrar esa interpretación de manera reflexiva, la asumimos de forma irreflexiva, por tanto, reflexionar sobre qué es el hombre forma parte de nuestra existencia. La antropología filosófica es una manera ‘organizada’ y más exigente de atender a esa pregunta.

¿Con qué nos deberíamos quedar del libro una vez leído? ¿Qué destacaría usted?

Que esperamos demasiado de la política y estamos dispuestos a poner muy poco. Deberíamos de invertir la ecuación: estar dispuestos a poner mucho más -a lo que he llamado civismo-, y estar dispuestos a esperar mucho menos, a no convertir la política en una especie de religión posmoderna. Tenemos que aprender a despolitizar el bien común, a restringir el alcance de la política, a poner la posibilidad de vivir con plenitud según nuestras visiones del mundo en las que la convivencia se establece en términos de identidad y libertad mutua como es la amistad. No podemos concebir la vida política como si el Estado fuera el agente de saturación del bien común. El Estado debe prestar unos servicios elementales, asegurando una convivencia en términos de paz y prosperidad, pero lo más importante: ha de permitir que sus ciudadanos vivan de manera libre y responsable, formando sociedades informales en las que se produzca la realización de su forma de vivir y de ver las cosas.

Hemos hablado de Civismo y ciudadanía pero, hace escasamente unos días publicó un nuevo trabajo: ‘Mundus’. ¿Puede avanzarnos algo de esta obra?

Es un libro completamente distinto, muy extenso, complejo por partes y en el que he ocupado casi cinco años de trabajo. En el fondo, esta obra comparte con la pasión con la que está escrita, la cual reside en comprender nuestro mundo, en este caso, haciendo justicia al título: comprender qué es el mundo y qué es la existencia del hombre.