Enrique Ponce: «En el horizonte no se vislumbra la despedida»

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Jaime Roch / 1º Periodismo

Veinticinco años instalado en la cumbre. Toda una vida torera. Con solo dieciocho años tomó Enrique Ponce la alternativa en Valencia el 16 de marzo de 1990. El toreo del maestro de Chiva tiene sus límites en la raya del horizonte. Figura desde su alternativa. Maestría superlativa. Torería continua. Personalidad única. Máximo exponente del toreo clásico. Referencia ejemplar. Hombre capaz de empequeñecer las hemerotecas. Con el toro que ahoga a otros, el diestro valenciano sube los grados de su toreo. Es esa especie de torero completo, interminable.

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Enrique Ponce en el ruedo. / Foto: Javier Comos

Pregunta. Veinticinco años como matador de alternativa, más de 2.000 corridas de toros, numerosas puertas grandes en Valencia, México, Bilbao, Madrid y hasta Sevilla… No sé si alguna vez ha pensado aquello de si lo sé no vengo…

Respuesta. Es algo increíble todo lo que he conseguido. Miro hacia atrás y estoy muy contento. Hago el toreo que siento y que quiero. Cada tarde me siento realizado y también trato de mejorar día a día, en busca de la perfección. Cuando me pongo delante del toro soy feliz.

P. La inspiración, el arte, ¿cae del cielo o se trabaja?

R. El toreo tiene mucho de inspiración, al fin y al cabo, el artista para crear la obra tiene que estar inspirado. Siento el toreo como algo bello y único, como una sublime expresión artística por encima de cualquiera. Cuando voy hacia al toro con la muleta no sé qué voy a hacer. No tengo las faenas preconcebidas, voy improvisando sobre el comportamiento del toro. El arte es algo que nace de dentro. Es un sentimiento que imprimes a lo que estás haciendo, siempre apoyado en la técnica y el valor.

P. ¿Un torero puede ser valiente todos los días?

R. Sí, el torero tiene la valentía para jugarse la vida por un sentimiento. El valor está en la seguridad y la mentalización que tenga cada uno. Meter miedo a la afición no es torear, porque cuando al torero le levantan los pies del suelo, el arte del toreo vuela por lo aires. Hay toreros que dejan su vida en una o dos tardes concretas y otros son capaces de torear a ese nivel 30 o 60 tardes

P. ¿Arte y valor casan?

R. Por supuesto, sin valor no hay arte. El torero que consigue torear despacio y con sentimiento derrocha verdadera valentía. La virtud suprema del toreo es torear con pausa y lentitud y para eso, como he dicho, hace falta mucho valor.

P. Elija un día en su inmensa carrera, por algo especial que nos quiera contar..

R. Elegir un día en una carrera tan larga es difícil porque cada uno de los triunfos que he obtenido me han ido poniendo en el lugar que ocupo.
Si tengo que elegir un día en mi vida taurina fue la tarde del 28 de julio de 1990 donde lidié como único espada seis toros en la plaza de Valencia, fue el primer día clave en mi vida y el trampolín para alzar mi carrera. Lo que pasó ese día se puede asemejar a lo que ha sido mi camino como torero.

P. ¿Tiene sensación de que algún toro haya podido con usted?

R. No, nunca me he ido de la plaza con esa sensación. Como todos los toreros, he podido estar mejor o peor delante del toro pero creo que ninguno me ha ganado la pelea.

P. ¿Y algún toro que le haya enamorado por algo en especial?

R. Guardo el recuerdo de muchos toros porque me hicieron ser lo que soy. Los que más me han enamorado, los 42 toros que he tenido la oportunidad de perdonarles la vida después de torearlos.

P. ¿Cómo se vislumbra el final de una intensa carrera?

R. Tengo claro que se acerca el final de mi vida como torero. Percibo una despedida bonita, con el gusto y el orgullo de haber rematado una trayectoria impecable.

P. Llegado el momento, ¿le va a poner fecha?

R. Sí, le pondré fecha a mi última tarde porque la afición así lo merece. Una trayectoria tan extensa no es de irse de un día para otro. Aún no tengo decidido ni cuando ni donde.

P. Dice que no lo tiene todavía decidido, pero ¿cuánto queda para esa última tarde?

R. Queda mucha cuerda dentro de mi, sé que la cuerda me va a sobrar después de veinticinco años. Estoy en el mejor momento de mi carrera, hasta yo mismo me asombro, estoy eufórico. Mi mujer y mis hijas están deseando que deje de torear. No creo que llegue a los treinta años como matador de toros, pero tampoco creía que iba a llegar a los veinticinco. Vivo el día a día pero en el horizonte todavía no vislumbro la despedida.

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Ponce en la estación del AVE, Joaquín Sorolla, Valencia. / Foto: J.C

P. ¿Sus hijas le ven diferente como padre y como torero?

R. Me ven igual, pero como padre ante todo. Me muestran ese amor y ese orgullo cuando me ven torear y saben que asumo un riesgo importante cuando me pongo el traje de luces.

P. El toreo es, ¿diversión o emoción?

R. Con algo tan impresionante como una corrida de toros te diviertes y te emocionas a la vez. Pero a mí me produce emoción el buen toreo; no el hecho de que un toro tenga a merced al hombre torero. Los festejos taurinos están abiertos a todo el mundo y a todas las mentes, es, sobre todo, una fiesta del pueblo y para el pueblo. La afición creo que debería de juzgar menos y disfrutar más.

P. Un torero de su talla, ¿compite con alguien?

R. Compito con todo aquel que se pone a mi lado en un patio de cuadrillas, con todo el escalafón de matadores de toros. También hay una competencia interna en la cual compito conmigo mismo para poder mejorar día a día. Hay que tener afición y humildad para poder aprender, llegar y mantenerte.

P. ¿A quién admira?

R. Admiro a todo aquel que ha sido capaz de triunfar en lo que se ha propuesto en la vida y que ha sido capaz de superarse cada día.

P. ¿Qué se siente cuando ha visto de cerca la muerte?

R. Ver de cerca la muerte pienso que forma parte del toreo y por eso los toreros nos mentalizamos cada día para convivir con el aleteo de la muerte cerca. Lo que sucede en una plaza de toros ocurre de verdad, y el hombre entrega su vida al toro para crear su obra.

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