El sacerdote salesiano, ganador del VIII Premio de Ensayo Teológico Joven PPC por su obra Todos, todos, ¿todos? El racismo como problema teológico, ha impartido un seminario en el CEU de Castellón en el marco de las actividades organizadas en este campus por la cátedra Joseph Ratzinger de la universidad.

El título de tu ensayo se basa en las palabras del Papa Francisco “Todos, todos, todos”, que pronunció en las JMJ de Lisboa, abogando por una Iglesia que acoge a todos sin distinción. ¿Por qué elegiste esta frase?
En primer lugar, porque estuve allí y recuerdo aquel momento con cariño: la gente con la que estaba y mi situación en aquella época. Pero también por la repercusión que tuvo la frase. Al volver al ritmo cotidiano me sorprendió ver en las redes sociales y en los medios tantas referencias a aquellas palabras, algunas de ellas críticas.
En aquel entonces yo ya estaba investigando sobre la posición de la Iglesia Católica respecto del racismo, y las reacciones a las intervenciones del Papa, algunas muy sesudas y documentadas, me animaban a seguir dedicándole tiempo a este tema.
‘Para justificar el racismo, a veces se ha usado la simple tradición local, otras veces la ciencia, y a veces también la teología’
Juan Carlos, ¿por qué es un problema teológico el racismo?
En primer lugar, por lo que afirma Gaudium et spes desde su inicio: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo”.
Además, resulta que la cuestión del racismo ha aparecido una y otra vez a lo largo de la historia bajo diferentes nombres: discriminación, incapacidad para la salvación, iglesias nacionales, pureza de sangre, fisionomía… Y sigue apareciendo en los discursos públicos de manera más o menos camuflada. Para justificarlo, a veces se ha usado la simple tradición local, otras veces la ciencia, y a veces también la teología.
El reto era analizar varios de esos fenómenos, diversos en apariencia, e identificar la raíz común. A continuación, ver qué respuestas han ido ofreciendo los teólogos y los santos, y qué tipo de conclusiones sacamos de todo ello.

¿Es claro el Evangelio frente al racismo?
En mi opinión, el Evangelio es claro. El Evangelio con mayúsculas, entendido como el conjunto de la enseñanza de Cristo. Al poner en relación unas cosas con otras e intentando formar una imagen general, se desvela con claridad que Dios quiere que todos los hombres y mujeres se salven, por eso todos tienen la capacidad de salvarse. Aunque eso no implica que después todos, de hecho, se salven, sí que implica que en el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia hay sitio para todos; y hay una única Iglesia, una única comunidad donde compartimos el pan. No hay espacio para la exclusión de una persona por su origen o su bagaje cultural.
‘En el Evangelio con mayúsculas se desvela con claridad que Dios quiere que todos los hombres y mujeres se salven’
El problema es que los evangelios, los textos de los evangelistas, no son tan claros como a nosotros, pecadores y cortos de entendederas, nos gustaría. Y vemos que Jesús pone a las ovejas perdidas de Israel por delante de una mujer cananea. En ocasiones como esa, nos preguntamos si no habremos entendido mal a Jesús. También a san Pedro le costó entender que Cristo había venido para todos los pueblos, y solo lo aprendió cuando entró en casa del centurión Cornelio, guiado por el Espíritu Santo. En resumen, está claro, pero no tanto como para ser evidente. De hecho, los primeros cristianos tuvieron que debatir mucho sobre esta cuestión, por ejemplo, en el llamado Concilio de Jerusalén.

¿Qué respuesta da, o debería dar, el conjunto de la Iglesia a este problema?
Para mí, el primer mensaje sería recordar a los fieles que la tentación del racismo es persistente a lo largo de los siglos, y los cristianos hemos caído en ella no pocas veces, con catastróficos resultados. Por lo tanto, no volvamos a caer nunca más.
¿Te parece preocupante el nivel de racismo y rechazo al migrante de nuestra sociedad?
Lo curioso en este tema es que, a menudo, el discurso va por un lado y los hechos por otro. Junto con muchos otros, yo también tengo la sensación de que los argumentos racistas se escuchan con más frecuencia que antes. Sin embargo, no es infrecuente encontrar personas que no tienen dificultad en reconocerse racistas y querrían cerrar las fronteras y que no entrara nadie que no sepa hacer una tortilla de patatas, pero, a la hora de la verdad, cuando se encuentran con una persona migrante en el trabajo, en la parroquia o en el bar, la tratan con todo el cariño del mundo y le ofrecen, si hace falta, hasta la propia casa.
‘No es infrecuente encontrar personas que se reconocen racistas, pero, a la hora de la verdad, cuando se encuentran con una persona migrante la tratan con todo el cariño del mundo’
Ante esta discrepancia entre el discurso y la práctica, hay quienes insisten en que estas personas deberían adaptar sus prácticas al discurso racista, y empezar a discriminar realmente a quien se discrimina solo teóricamente. Yo me pregunto por qué no andar en la dirección contraria y si no tiene más sentido buscar un discurso teórico que apoye la práctica real de las personas sencillas. Y resulta que un discurso tal va en consonancia con la enseñanza de la Iglesia a lo largo de los últimos dos mil años: amarás al Señor, tu Dios, y al prójimo como a ti mismo. Al prójimo, sea quien sea, el que tienes cerca, el próximo, el que te encuentras en el camino.






