El deporte no es solo una actividad de ocio o una simple alternativa a las pantallas: funciona como un agente de transformación social. Nos lo cuenta en este artículo Abel Baquero Escribano, psicólogo, profesor de Medicina del CEU de Castellón y miembro del Grupo de investigación TXP.

El uso problemático de internet, videojuegos y redes sociales es un fenómeno cada vez más visible. Con una conectividad mundial del 74 % y de un 95 % en España, es necesario analizar esta realidad con rigor, especialmente porque hasta un 6 % de la población presenta signos de abuso o adicción digital según el Ministerio de Sanidad.
La tecnología virtual influye directamente en cómo nos relacionamos, en nuestras normas sociales y en nuestra identidad. Y en este contexto, el deporte adquiere un valor especial, tanto porque forma parte del mundo digital a modo de retransmisiones, podcast y creación de contenido como porque actúa como un importante elemento preventivo, ya que favorece relaciones sociales sanas, rutinas estables y un estilo de vida equilibrado.
Desde hace tiempo, el deporte es un espacio fundamental de socialización donde se aprenden normas, valores y formas de relacionarse. Fomenta la cooperación, el sentido de pertenencia y la cohesión del grupo, aspectos esenciales para un desarrollo psicológico saludable. Por el contrario, el entorno digital actual se caracteriza por el anonimato, la inmediatez y la interacción rápida: factores que pueden generar dinámicas menos saludables. Así, mientras en redes sociales predominan mensajes y normas que cambian constantemente, el deporte ofrece un entorno seguro, con reglas claras y relaciones más auténticas.

‘La actividad física fortalece vínculos presenciales y constituye un elemento clave en la prevención del uso inadecuado de internet, juego online y redes sociales’
Identidad y pertenencia
Además, en el proceso de construcción de nuestra identidad nos estamos encontrando con un conflicto entre la vida real y la vida digital. Cada vez más personas buscan validación en las redes sociales, y eso aumenta su vulnerabilidad por la comparación constante con los demás, lo que puede derivar en insatisfacción corporal, depresión y otros problemas psicológicos. La actividad física, en cambio, mejora la autoestima, además de favorecer relaciones más cercanas y reducir el aislamiento y la soledad, y de contribuir a ordenar el tiempo y a establecer rutinas realistas, claves para regular la conducta.
Otro de los riesgos del ámbito virtual se relaciona con la influencia del grupo. Hoy existe una presión silenciosa por estar siempre activo en redes sociales. Muchas personas, especialmente jóvenes, interiorizan normas digitales que funcionan como criterios de aceptación social: publicar, mostrar resultados, acumular “me gusta”. Este proceso alimenta un ciclo de comparación y búsqueda de aprobación que puede derivar en dependencia, tal y como recoge la evidencia científica reciente. En cambio, la actividad física, reduce significativamente los niveles de adicción a internet en adolescentes, fortalece vínculos presenciales y constituye un elemento clave en la prevención del uso inadecuado de internet, juego online y redes sociales.

En definitiva, el deporte no es solo una actividad de ocio o una simple alternativa a las pantallas: funciona como un agente de transformación social. Por ese motivo, las familias no solo deberíamos restringir nuestro consumo digital y el de nuestros hijos, además de acompañarles y educarles en este ámbito, sino practicar y promover la actividad física y el deporte, que se han constituido en herramientas imprescindibles para el desarrollo humano, ofreciendo un equilibrio saludable frente al ritmo acelerado y, a veces, desorientador del mundo digital actual.




