Introducir a los niños en la lectura quizá sea menos complicado de lo que a veces imaginamos. Elena Amiguet, profesora de Didáctica de la Lengua y la Literatura en los Grados de Educación de la Universidad CEU Cardenal Herrera en Castellón, nos da las claves en este artículo

A muchos padres les preocupa mucho cómo y cuándo empiezan los niños a leer. Es una conversación frecuente en parques, la puerta del colegio o mientras esperan a que terminen alguna actividad. Alguien comenta que su hijo ya reconoce algunas letras; otro dice que el suyo todavía no muestra demasiado interés por los cuentos. Y casi siempre aparece la misma duda: si vamos bien o si deberíamos hacer algo más.

¿Existe realmente un momento adecuado para empezar a leer?

Probablemente no de la forma en que imaginamos. El gusto por la lectura rara vez empieza con las letras. Suele ocurrir antes, de una manera mucho más sencilla y cotidiana. Comienza cuando un niño descubre que dentro de un libro pasan cosas: hay personajes, dibujos que cuentan algo y, sobre todo, alguien a su lado que comparte ese momento.

‘Lo más importante es que los libros estén cerca y que alguien tenga ganas de abrir uno de vez en cuando’

En los primeros años, los libros entran en su vida sobre todo a través de las personas. Un niño pequeño no se sienta con un cuento como lo haría un lector adulto, tranquilo y siguiendo el orden de las páginas. Normalmente necesita una voz que lea, alguien que señale un dibujo o que cambie el tono para imitar a un personaje. A veces interrumpe, hace preguntas o pasa varias páginas de golpe porque algo le ha llamado la atención. Y no pasa nada. De hecho, ese pequeño desorden también forma parte del descubrimiento.

Con el tiempo, esos momentos se convierten casi sin querer en pequeñas rutinas. Muchas familias lo reconocen enseguida: el cuento antes de dormir, ese libro que siempre acaba en el sofá o el que aparece en la mochila del niño casi por casualidad. No suelen ser sesiones largas ni especialmente organizadas. A veces son diez minutos, otras incluso menos.

Pero ese rato tranquilo tiene algo especial. El libro deja de ser un objeto cualquiera y pasa a formar parte de un momento compartido.

También es verdad que no todos los niños se acercan a los libros de la misma manera. Algunos piden cuentos constantemente y parecen fascinados desde muy pequeños. Otros prefieren hojearlos a su aire o pierden el interés enseguida. Y luego están los que se encariñan con un solo cuento y quieren escucharlo una y otra vez. Supongo que a muchos les resultará familiar esa escena: llega un momento en que podríamos recitar el cuento entero sin mirar las páginas.

Los adultos solemos pensar en los cuentos por todo lo que aportan: vocabulario, imaginación, capacidad de atención. Y es verdad que los libros ayudan a todo eso. Pero quizá lo primero que descubren los niños no sea tanto lo que aprenden, sino lo que sienten al escuchar una historia. La sorpresa de lo que va a pasar, la risa en una escena repetida, esa parte que esperan porque ya saben que llega.

Por eso, introducir a los niños en la lectura quizá sea menos complicado de lo que a veces imaginamos. No se trata de adelantar el momento en que leen solos ni de convertir cada cuento en una pequeña lección. Lo más importante es algo mucho más simple: que los libros estén cerca y que alguien tenga ganas de abrir uno de vez en cuando. A partir de ahí, poco a poco, muchos niños acaban descubriendo algo importante: que dentro de los libros siempre hay algo esperando. Y cuando eso ocurre, la lectura ya ha empezado.

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