• Enrique Centeno y Paco Sánchez, vicerrector y director en Elche, respectivamente, evocan y homenajean a César, su amigo
Con estudiantes durante uno de los seminarios sobre lectura de Clásicos

Se ha ido en el tiempo de en medio, como si su corazón no hubiera soportado este paréntesis que tiene suspendido todo, que incluso nos hace temer lo que a él le daba vida: la comunidad cercana, la proximidad epidérmica y el aire compartido entre el maestro y sus alumnos, que debían palpitar con igual pulso y temperatura con la pasión por el aprendizaje. Cada vez que César Casimiro Elena hablaba de “la clase”, lo hacía con el sentido reverencial de los que se descubren la cabeza al aproximarse a un recinto sagrado. Y por eso su entrega a la enseñanza no se resignaba a los pesados límites del aula y del horario: cualquier esquina del pasillo, cualquier encuentro casual con César detenía la marcha del mundo, para fraguar al instante esa intimidad respetuosa en la que cada estudiante se sentía escuchado con inmenso cariño, interpelado con exigencia, y siempre querido.

Por eso no hay lamento más amargo que el de sus alumnos, generaciones enteras que caminaron y crecieron con él por el campus de Elche de la Universidad CEU-Cardenal Herrera, y antes aún, cuando era un brillante e inquieto profesor de instituto en Elda que no se cansaba de aprender y que nunca dejaba de enseñar. Su biografía académica cuenta que César Casimiro Elena era Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense, y cuando tocaba así se revestía para las solemnidades universitarias: nunca se encontró cómodo con esos atavíos, ni con formalidades de ninguna clase. Él se sentía profesor, y desdeñaba todo lo que lo apartara de la pureza de un oficio que exigía desnudar el alma antes de entrar en clase, para salir de ella con unas cuantas costuras más en los adentros y una sonrisa infinita en el rostro.

Fuera de la clase, sus pensamientos seguían en ella. Más allá del tiempo de su familia, que disfrutaba como su mayor tesoro, dedicó su extraordinario intelecto a buscar para la enseñanza nuevos caminos que devolvieran a los maestros a ese rol decisivo en la biografía de los estudiantes. Leyó y escribió sobre ello, pero sobre todo se recorrió España y el mundo buscando con quién hablar, de quién aprender, con quién juntarse para construir nuevos modelos de aprendizaje. Porque no estaba César hecho para la soledad: su inquietud de espíritu le empujaba a compartir un tiempo infinito con sus compañeros de campus, que eran la sal de sus días. Nunca sabía uno a dónde podía conducir una conversación con César; Aristóteles y Scheler podían aparecer por cualquier esquina, pero igual podía luego lamentarse de su Atleti o reflexionar sobre el emotivismo epidérmico que amenazaba a las nuevas generaciones anegando su deseo de mirar un poco más hacia adelante.

César Casimiro fue un líder nato, por su inconformismo, por su claridad de juicio, por su sentido del compromiso y,  por supuesto, por su carisma. Levantaba un dedo y acudían multitudes, que confiaban ciegamente en él. Sabían, sabíamos todos que era imposible contarle cualquier problema y que eso no se convirtiera en algo prioritario a lo que iba a dedicar sus días y sus noches, batallando con quien hiciera falta, y sin reparar ni un minuto en su propio daño. No es de extrañar que fuera encadenando, en el CEU de Elche, y prácticamente desde su llegada, la responsabilidad de poner en marcha los grados y posgrados de Educación, el propio vicerrectorado del Centro durante cinco años, y desde que quiso dejar ese puesto en el que tantísimos logros alcanzó, la dirección del Departamento de Educación. Pero el vocablo de su cargo no dejaba de ser eso, palabras, que sonaban más bien huecas porque acompañaban al nombre de César Casimiro, y César Casimiro era la referencia permanente, la autoridad en el sentido pleno y venerable del término, la roca en la que todos nos apoyábamos. Tanto, que desde luego no tenemos previsto dejar de acudir a él a consultárselo todo, aunque tengamos que hacerlo desde la oración. Tenemos a nuestro favor que tampoco es probable que tenga previsto desentenderse de nosotros, todo lo contrario: seguirá alentándonos, seguirá urgiéndonos a hacer las cosas un poco mejor, por el bien de todos, por el bien, sobre todo, de sus estudiantes.

Desde una orfandad profunda, pero abiertos a la esperanza de la vida eterna, desde la comunidad del Centro de Elche de la Universidad CEU-Cardenal Herrera queremos enviar a su familia, que tanto significa para nosotros, nuestras condolencias, y rogamos a todos una oración por nuestro amigo, por este hombre bueno, honesto, y noble con el que tuvimos la inmensa fortuna de convivir.

Descanse en paz.

Francisco Sánchez Martínez – Director del Centro de Elche de la UCH-CEU

Enrique Centeno González – Vicerrector del Centro de Elche de la UCH-CEU