El periodista valenciano José Luis Sastre presenta en la Fira del Llibre de València su novela ‘Plomo’

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Informa: Aitana Domenech / Imágenes: @firallibrevlc

La Feria del Libro de Valencia, entre firmas encadenadas y compras rápidas, tiene momentos en los que el ritmo se detiene. No es silencio, es atención. Eso ocurrió en la edición de este año durante el coloquio protagonizado por el periodista valenciano José Luisa Sastre, quien volvió a su tierra para encontrarse con sus lectores y promocionar su última novela en Plaza & Janés, Plomo.

No fue una charla complaciente ni una presentación al uso. Sastre no resumió su libro: planteó un problema. “Me acordé de las mañanas en las que se despertaba este país con la noticia de un asesinato”. Ese es el punto de partida: una memoria compartida que remite a los años de plomo, cuando la violencia política y terrorista de ETA marcaba la actualidad y se colaba en lo cotidiano. No hace falta entrar en detalles históricos. Bastaba encender la radio o abrir el periódico. Había días en los que la normalidad empezaba con un asesinato. Y esa repetición terminó generando algo más peligroso que el miedo: la costumbre.

Desde ahí arranca Plomo. Una novela en la que Sastre desplaza el foco hacia quienes casi nunca lo ocupan. “Hay tanta gente que se sacrifica y de la que sabemos tan poco”, afirmó. El periodista habló de quienes protegían, acompañaban y asumían un riesgo constante como parte de su trabajo, escoltas, profesionales invisibles en el relato público. “Personas con hijos, con sueños, que estaban desarrollando su trabajo”. No son figuras abstractas, son vidas concretas: “Gente que debería tener nuestra admiración y son desconocidos”.

Esa es la idea central: el sentido del deber. La gente que da la vida por los demás porque es su trabajo. Mientras algunas figuras se convierten en símbolos, otras igual de expuestas desaparecen en los márgenes. Plomo intenta corregir ese desequilibrio desde la ficción. Pero el libro no se queda en el homenaje. Abre preguntas. “Me abruma la ligereza con la que hacemos juicios sobre los sacrificios de los demás desde el sofá de nuestra casa”, destacó. A Sastre le interesa que la ficción active el debate real y exponga al lector a contradicciones. Y una, incómoda especialmente, qué hacemos nosotros con todo eso: “Lo rápido que olvidamos”.

La sociedad que convive con la violencia desarrolla mecanismos para seguir adelante, y uno es el olvido. A veces necesario, a veces peligroso. En ese proceso se pierden matices, nombres e historias. Se pierde la conciencia de lo que ha costado llegar hasta aquí. Por eso introduce otra idea, la responsabilidad. “La obligación de la literatura y de los que tienen un altavoz es señalar puntos que requieren la atención de la ciudadanía”, afirmó ante su público. No se trata de hacer un panfleto, sino de asumir que contar, implica elegir qué merece ser recordado.

La frase conecta con otra. “Aquellos que no lo han vivido o los que lo han vivido y han decidido olvidar”. No es solo una cuestión generacional, sino de actitud porque como subrayó, “estas situaciones se siguen dando”. Cambian los contextos, pero el conflicto entre violencia, deber y responsabilidad sigue presente en distintos lugares.

En un contexto incierto, “hay muy pocas épocas en las que nos hayamos asomado a este vértigo de no saber” y esa actitud, a su juicio, pesa más. La sensación de inestabilidad conecta con otra afirmación: “La democracia era un logro en el que pensábamos que era imposible echar marcha atrás”. Hoy, esa idea, ya no parece tan segura y obliga a replantear el papel de la ciudadanía. No basta con dar por hecho ciertos derechos, hay que sostenerlos.

En ese punto, la lectura aparece como herramienta básica. “Que cada uno lea lo que quiera leer, pero que lean”, afirmó y añadió. “El primer deber es querer mirar y querer saber”. No leer como evasión, sino como forma de entender mejor lo que ocurre. Hablar de memoria, violencia y responsabilidad implica referirse a las víctimas. Y ahí Sastre introduce una matización importante. “El recuerdo no es rencor y el perdón no es olvido”. Es una línea fina porque recordar no significa quedarse atrapado en el pasado, como perdonar no implica borrar lo ocurrido. “Puede parecer que cuando hablas de las víctimas pretendes abrir heridas, y no es verdad”. La intención es la contraria, evitar que se infecten.

Plomo se sitúa en ese punto incómodo. No ofrece soluciones ni moralejas claras. No busca tranquilizar al lector. “Mis novelas no son largas, pero eso no significa que sean ligeras”, advirtió Sastre. La brevedad no es facilidad, la intención es obligar a detenerse. “Que tengas que parar a digerirlo”. Y, sobre todo, que deje huella. No una gran transformación, pero sí un pequeño desplazamiento. “Que te deje conmover, en un sentido etimológico, moverte un centímetro”.

En una feria donde todo empuja a acumular títulos y seguir adelante, esa idea suena a resistencia, parar, pensar, no olvidar tan deprisa. Quizá por eso la conversación no terminó con una sensación de cierre, sino de continuidad. Como si el libro empezara ahí.