Informa: Laura Fargueta / Imágenes: Cines Lys – Oroneta Audiovisuals
La cineasta Isabel Coixet ha presentado en los Cines Lys su nueva película, Tres adioses, en un coloquio con el público en el que ha reflexionado sobre el proceso creativo del filme, la intimidad y la manera en que el cine puede abordar el dolor. El encuentro ha acompañado la proyección de este largometraje, basado en el libro Tres cuencos, un conjunto de relatos que la autora italiana Michela Murgia dejó inacabados antes de su fallecimiento.
Durante la conversación, Coixet explicó que la adaptación cinematográfica ha sido, ante todo, un trabajo de edición y reescritura: “Fue un trabajo de quitar cosas, de añadirlas, de darle relevancia a detalles que figuraban en los relatos”, recordó, subrayando que los textos originales quedaron inconclusos. La película toma como eje el personaje de Marta, una protagonista que atraviesa una ruptura amorosa y un diagnóstico fatídico, cuyo recorrido vital y emocional dialoga directamente con la experiencia de la propia Michela Murgia —especialmente en su relación con la enfermedad y con la conciencia del final.
La directora relató una anécdota reveladora del tono con el que quiso abordar su cinta: la última vez que la escritora entró en una prueba médica, cuando ya sabía que no había nada que hacer, pidió escuchar reguetón. Para Coixet, ese gesto resume una forma de estar en el mundo marcada por la franqueza y la ausencia de impostura: Murgia fue una figura pública que nunca ocultó lo que le ocurría, ni física ni anímicamente. Esa honestidad atraviesa la película, que huye del dramatismo subrayado. “Nunca he querido cargar las tintas y machacar con lo trágico de algo que ya lo es en esencia”, afirmó.

Uno de los elementos centrales de Tres adioses es la relación de la protagonista con la comida, entendida como un lenguaje simbólico. Coixet aludió a un ensayo del filósofo Feuerbach sobre cómo la alimentación define a las personas y lo conectó con las obsesiones contemporáneas: intolerancias, restricciones y rituales que muchas veces van más allá de lo estrictamente alimentario. En la película, gestos aparentemente banales, como separar el rebozado de una croqueta, permiten comprender al personaje desde el detalle. “Me emocionan los detalles, no las generalidades”, recordó la cineasta citando a Ernesto Sábato.
El reparto fue otro de los aspectos que detalló Coixet, quien confesó que Alba Rohrwacher fue la primera actriz que tuvo en mente incluso antes de escribir el guion, por su mezcla de fragilidad y fortaleza que consideraba esencial para la protagonista. La actriz aceptó el proyecto incluso antes de leer los relatos. Junto a ella, el filme cuenta con Elio Germano, uno de los actores más reconocidos del cine italiano actual, y con Francesco Carril, con quien la directora ya había trabajado en Un amor y a quien eligió por la vulnerabilidad y timidez que requería su papel.
Más allá de esta película, Coixet reflexionó sobre el papel político del cine: “Hablando con Kaouther Ben Hania, la directora de La voz de Hind Rajab, que me impactó muchísimo, me planteó que había tenido dudas a la hora de hacer la película, y que las seguía teniendo, pero que a pesar de todo había sacado el proyecto adelante”. Cada director tiene que encontrar la manera de transmitir las cosas que siente y las cosas que ve; pese a todo, a Ben Hania la perseguía una cuestión: “Todo el mundo se sentía muy conmovido al ver la película, pero ¿todo ese dolor dónde va, cómo ayuda a mi pueblo, cómo ayuda a la gente palestina?”.

Frente a la idea de que las películas deberían mantenerse al margen de lo político, Coixet defendió que toda obra nace de un contexto y, por tanto, es política en sí misma. Sin embargo, reconoció su pudor a la hora de abordar directamente grandes conflictos: “Me planteo que quién soy yo para hablar de Palestina o del problema de la vivienda o de muchos otros temas del ámbito social que me interesan”. Su manera de hacerlo, confiesa, es a través de historias concretas y personajes, porque, al fin y al cabo, “cada director intenta compartir las historias que le tocan como mejor puede y como mejor sabe”.
El coloquio permitió también conocer su forma de trabajar, abierta a lo imprevisto y a la realidad que irrumpe en el rodaje: “Como directora, he aprendido a estar abierta a lo que me da la realidad y utilizarlo”. Desde permitir que el perro de la portera de una localización aparezca en plano hasta rodar algunas secuencias con una cámara de plástico comprada en un mercadillo: Coixet reivindica un cine imperfecto y orgánico. Siguiendo esta filosofía, no quería que la ropa que visten los protagonistas de la película fuese nueva: “Odio ver una película donde una profesora de instituto va hecha un pincelito”. De esta manera, cuando se sentó a hablar con Massimo Cantini Parrini, figurinista, acordaron que todas las prendas tenían que ser de segunda mano.
La cineasta concluyó el encuentro con una reflexión íntima sobre la responsabilidad de contar historias. “No hablo como un gurú que tenga todas las soluciones”, admitió. Tres adioses se presenta así como una película profundamente vitalista que observa el dolor y el amor desde los gestos cotidianos, esos que, como recordó Coixet, dicen más de nosotros que cualquier gran declaración.





