Un reportaje e imágenes de Silvia Gris
Irse de casa es verse obligado a crecer de golpe. Ya no hay un respaldo físico: tienes que arreglártelas solo y salir de imprevistos. De un día para otro, las comidas familiares se vuelven platos de pasta improvisados o comidas ya preparadas. La comodidad del hogar queda atrás y das un paso hacia la libertad… una libertad llena de retos: miedo, soledad y, a veces, un cierto vértigo.
En Europa irse de casa se ha convertido en un paso casi inevitable hacia la vida adulta. Da igual si uno se va a cien o a mil kilómetros. Y sin embargo, aunque sea un proceso común, es una experiencia profundamente personal. Algunos se mudan dentro de su propia ciudad para estar más cerca de la universidad; otros cambian de región o incluso de país, algo cada vez más habitual gracias al programa Erasmus+. Cada experiencia es única: la distancia, la cultura o el idioma pueden convertir la experiencia en un reto, tan desafiante como enriquecedor. ¿Por qué esta experiencia universal deja una huella tan profunda? Entre miradas psicológicas, relatos de estudiantes y programas de acompañamiento, adentrémonos en las luces y las sombras del primer adiós al hogar.
Dimensión psicológica
Irse de casa no es simplemente un cambio físico sino, sobre todo, psicológico. Es una auténtica fase de transformación. Todo se vuelve intenso: rutinas nuevas, amistades, fiestas, una sensación de libertad casi absoluta. Pero cuando es de noche y uno se encuentra solo entre sus pensamientos aparece el momento de la reflexión. El silencio se vuelve un espacio para estar con uno mismo, pero ¿y si no se está preparado?
Los primeros meses suelen ser un torbellino emocional. Según Enrico Reatini, psicólogo con orientación cognitivo-conductual, los estudiantes que se trasladan lejos de casa experimentan con frecuencia sentimientos de tristeza y nostalgia (homesickness), especialmente si les cuesta adaptarse al nuevo entorno o pierden sus referencias habituales. Estas emociones no son una patología, sino una reacción natural ante la pérdida de estabilidad. Sin embargo, pueden agravarse cuando se suman la presión académica y la idealización de la “vida universitaria perfecta”, un fenómeno que puede generar frustración y aislamiento cuando la realidad no coincide con las expectativas. “La narrativa común en torno a los años universitarios, a menudo idealizada, crea una presión implícita para estar siempre a la altura de una experiencia memorable”, señala Reatini. Pero ¿hasta qué punto esta nostalgia afecta, realmente, a la adaptación universitaria? Las investigaciones lo confirman: no se trata solo de una emoción pasajera, sino de un factor que puede influir en la vida social y el bienestar psicológico de los jóvenes.
la clave para superar la nostalgia no reside en olvidar el hogar, sino en construir nuevos lazos duraderos en los que poder apoyarse
Según un estudio longitudinal realizado por profesionales de los Departamentos de psicología de Washington University en St. Louis, Temple, Harvard y Stanford, el 94 % de los estudiantes experimentó homesickness durante las primeras diez semanas de universidad. Aunque la intensidad de esa nostalgia tendió a disminuir, ligeramente con el tiempo, los investigadores observaron diferencias importantes entre quienes lograban establecer vínculos sociales y quienes no. Los estudiantes que se sentían más homesick mostraban peor adaptación global y social, mientras que, curiosamente, sus relaciones con familiares y amigos de casa solían fortalecerse. En la era digital es sencillo mantener el contacto a distancia: cuando se echa de menos a alguien está a una llamada de distancia, aunque no sea lo mismo que verle en persona. Aun así, las nuevas relaciones en la universidad se veían afectadas: a los más nostálgicos les costaba integrarse y crear vínculos sólidos.
Estos resultados sugieren que la clave para superar la nostalgia no reside en olvidar el hogar, sino en construir nuevos lazos duraderos en los que poder apoyarse. Las amistades en el nuevo entorno actúan como amortiguador emocional, ayudando a los estudiantes a sentirse parte del lugar y reduciendo, progresivamente, la sensación de pérdida. El apoyo social se vuelve imprescindible. El tópico de que ‘los amigos son la familia que elegimos’ cobra sentido. En un entorno en el que uno está solo, los amigos se vuelven un respaldo indispensable. Son quienes entienden a la perfección lo que uno vive puesto que atraviesan la misma situación. Los retos del día a día y el aprendizaje de individuación para construir una propia identidad se vuelven más llevaderos cuando uno no se encuentra solo. Porque aprender a gestionar lo cotidiano refuerza el sentido de responsabilidad, pero también puede aumentar el estrés. Por eso, salir, reír, disfrutar y compartir se vuelven actos tan esenciales para mantener el equilibrio emocional.
Como hemos visto, irse de casa por primera vez no solo es un cambio físico, sino también emocional. Aunque la tecnología permite mantenerse en contacto con los seres queridos, el apoyo social del nuevo entorno marca una gran diferencia. Para entender cómo estos desafíos se viven en el día a día es útil escuchar las experiencias de algunos estudiantes cuyas historias reflejan cómo se enfrenta uno a los nuevos retos emocionales y cómo logran adaptarse.
Iratxe, estudiante española: “Las personas con las que vives se convierten en tu trozo de casa en el extranjero”
Iratxe es una joven de 20 años originaria de Benidorm y, actualmente, estudia un doble grado de Administración de Empresas y Psicología en Madrid. Aunque ya había vivido sola, su experiencia Erasmus en Lille ha sido un paso más en su proceso de independencia. Desde que se fue a estudiar fuera de casa por primera vez, Iratxe ha experimentado la mezcla de emociones que supone abandonar la comodidad del hogar.
Su primera transición fue su llegada a Madrid. Se mudó con su mejor amiga y compartieron habitación, algo que le ayudó muchísimo. Esa etapa resultó más impactante que el propio Erasmus: ya estaba acostumbrada a vivir lejos de su familia y la cultura francesa no le resultaba ajena. Sin embargo, el reto de vivir en otro país y empezar de cero sigue siendo una experiencia significativa.

«El Erasmus está un poco sobrevalorado», dice con sinceridad. No porque no valga la pena, sino porque quienes ya han vivido solos antes no experimentan el mismo impacto que aquellos que se marchan por primera vez. Admite que el hecho de estar rodeada de otros
estudiantes españoles hizo que la adaptación fuera más fácil y menos desafiante. «Es una experiencia que merece la pena vivir».
Los momentos de nostalgia no han sido demasiado frecuentes; sin embargo, cuando llegan, las llamadas a sus padres se convierten en su principal refugio. Pero insiste en que el apoyo de su círculo cercano ha sido esencial. “Las personas con las que vives son fundamentales, se convierten en tu trozo de casa en el extranjero”.
Vivir solo te obliga a conocerte a ti mismo. “Siempre he pensado que necesitaba ayuda de los demás o que no podía desenvolverme tan bien sola. Y la verdad es que me he dado cuenta que soy bastante independiente”. Cada paso fuera de casa y cada proceso de adaptación le han servido para reafirmar su capacidad de enfrentarse al mundo.
Luis, estudiante alemán: “Si es una experiencia compartida, es más fácil”
Otro caso es el de Luis, un joven de 20 años procedente de Augsburg, Alemania, que estudia ingeniería industrial. Su programa académico exige una estancia en el extranjero y Francia se convirtió en la elección natural: había estudiado francés durante varios años y quería perfeccionarlo in situ.
Aunque esta no es su primera experiencia viviendo fuera de casa, sí es la primera vez que comparte espacios comunes. En Lille vive en una residencia estudiantil y “es un cambio muy grande”, confiesa. A esta nueva forma de vida y al choque cultural del idioma, se sumó la adaptación a un sistema universitario distinto. En Alemania, cuenta, el estudio es mucho más autónomo; en Francia es más estructurado y guiado. Al principio le resultó un obstáculo, pero, poco a poco, empezó a verlo como una oportunidad.
En cuanto a la nostalgia, Luis admite que al principio no se dio cuenta de que estaba presente, pero con el tiempo notó pequeñas señales: “después de unas semanas pensaba en volver a las montañas, en pasear con mi padre”. Cuando sus padres lo visitaron y regresaron a Alemania, confiesa que sintió un vacío inesperado. Aun así, ha gestionado esos momentos con naturalidad: “La verdad, simplemente lo acepté”.

El apoyo social ha sido fundamental. Luis no llegó completamente solo, sino que vino acompañado de una compañera alemana y reconoce que sin ella la adaptación habría sido mucho más difícil. Poder hablar en su idioma y compartir el proceso le dio estabilidad. También encontró apoyo en estudiantes franceses y en compañeros de la residencia, con quienes pasa gran parte del día. Su conclusión es clara: “si es una experiencia compartida, es más fácil”.
Vivir en otro país también le ha permitido verse desde fuera. En Alemania, explica, estaba metido en una rutina, en un “túnel”. En Lille, al alejarse de ese ritmo, ha aprendido a pensar y reorganizarse: “si sales de esa zona de confort, obtienes una visión más amplia”, asegura. Comprender esto le ha permitido ajustar sus prioridades. Hoy, Luis siente que esta experiencia no solo le ha permitido perfeccionar un idioma, sino conocerse mejor y descubrir herramientas para gestionar su día a día. Su estancia en Francia no ha sido un salto al vacío, sino un espacio para mirar su vida desde otra perspectiva.
Ravin, estudiante indio: “Todo lo que te falta, te pesa”
Para Ravin (19 años), originario de Tiruvannamalai, Tamil Nadu, India, y estudiante de Historia, dejar el hogar tampoco empezó con el Erasmus. Su primera experiencia lejos de su familia llegó mucho antes. En su familia todos los jóvenes deben dejar su hogar para irse a estudiar lejos de casa. Allí aprendió a valerse por sí mismo y enfrentarse a problemas cotidianos: “aprendí cómo comunicarme y tratar con los demás, fue mi primera impresión real de la sociedad”.
Sin embargo, nada de eso es comparable con su llegada a Europa para su intercambio en la Universidad Católica de Lille, donde vivió una experiencia totalmente distinta. El choque cultural se manifestó en lo cotidiano. Ravin admite que uno de los cambios más difíciles fue la alimentación. Pero más que la comida, lo que más ha sentido es la distancia. Por primera vez en su vida, no puede volver a casa cada dos semanas. Está a quince horas de avión de su familia. Esto, confiesa, ha hecho que la nostalgia sea más intensa que nunca.

Aun así, Ravin ha encontrado un refugio inesperado: las amistades. “He dejado a mi familia, para hacer otra familia; una nueva familia”. Para él hacer amigos es un proceso indispensable de la adaptación, porque te aconsejan y apoyan en este proceso. Son un apoyo esencial: la diferencia entre sentirse solo o sentirse acompañado en un país desconocido. Destaca que sus amigos no le permiten pensar tanto en su hogar, pero de tanto en tanto, cuando se siente perdido son los primeros en aconsejar y mostrar cariño, incluso “cocinan para mí cuando me siento mal”, dice entre risas.
Cuando reflexiona sobre lo que significa “dejar el hogar”, Ravin destaca que por un lado, es la única manera de conocerse de verdad, de aprender cómo funciona el mundo, cómo se habla, cómo se comporta la gente, cómo se resuelven problemas sin nadie detrás. Pero por otro lado, implica una pérdida inevitable: “todo lo que falta, te pesa”. Aun así, siente que este viaje lo está transformando. Hoy es capaz de hacer cosas que antes le daban miedo.
Programas de ayuda
Frente a este torbellino emocional tan difícil de gestionar, ningún estudiante debería enfrentarse solo al proceso de adaptación. Por eso es tan esencial el apoyo adecuado de las universidades. En la Universidad Católica de Lille, este acompañamiento no se deja al azar. Para muchos jóvenes, el primer contacto con una nueva ciudad, un nuevo idioma o un nuevo sistema académico puede resultar abrumador.
Con esta idea nació Hi!, inaugurado en otoño de 2024: un espacio pensado para suavizar la transición de quienes dejan su hogar por primera vez. Su misión es clara: “acoger, apoyar e integrar” tanto a los estudiantes internacionales que llegan como a los franceses que se preparan para estudiar en el extranjero. Desde los trámites prácticos hasta actividades culturales, Hi! funciona como un punto de referencia donde encontrar orientación y una primera red de apoyo.
Las primeras semanas son críticas para cualquier joven que ha dejado su hogar, y el equipo de Hi! lo sabe bien. Por eso organizan Welcome Days y sesiones de orientación que ofrecen desde información práctica hasta recorridos guiados por la ciudad. Para quienes necesitan apoyo extra, también existe un Student Support & Hospitality Package, además de colaboraciones con asociaciones como LivinFrance, que ofrecen recursos gratuitos para facilitar la instalación en Francia.
Aunque el propio equipo reconoce que reciben muy poco feedback directo por parte del alumnado, sí han podido observar algo revelador: en las actividades pensadas para que los alumnos se conozcan, muchos acaban creando vínculos que continúan fuera de los eventos. Según explican, algunos jóvenes incluso acuden a Hi! para preguntar específicamente por actividades donde puedan conocer gente, lo que confirma hasta qué punto buscan conexión. Precisamente por eso organizan tantos encuentros, para facilitar la integración en la vida universitaria y ayudar a que los recién llegados se sientan menos aislados y más acompañados. Porque, al final del día, las amistades y relaciones sociales ayudan a reducir esa sensación de homesickness que pueden sentir los estudiantes.
espacios como Hi! ofrecen una red de apoyo que hace la transición mucho más llevadera y Se convierten en un lugar al que acudir cuando todo resulta nuevo o incierto
Y, aunque cada alumno viva la adaptación de manera distinta, el mensaje que el equipo transmite es siempre el mismo: “Aprovecha al máximo tu decisión de estudiar en el extranjero y de estudiar en Lille. Únete a clubes de estudiantes, participa en programas de intercambio, acoge las diferencias culturales como oportunidades de aprendizaje, mantén una actitud abierta hacia nuevas amistades, pide ayuda si la necesitas y, sobre todo, diviértete”.
Pero ninguna institución puede llenar el vacío que deja la distancia, espacios como Hi! ofrecen una red de apoyo que hace la transición mucho más llevadera. Se convierten en un lugar al que acudir cuando todo resulta nuevo o incierto. No reemplazan el hogar que uno deja atrás, pero sí amortigua el impacto del cambio y recuerdan que, incluso lejos de casa, siempre es posible encontrar un punto de apoyo. A veces, basta con ese pequeño gesto para empezar a sentirse parte de un lugar nuevo.
El aprendizaje del viaje
Dejar el nido no es solo cerrar una puerta; es abrir otra. La nostalgia no es una debilidad, sino la forma en que el cuerpo recuerda de dónde viene. Y aun así, es en ese sentimiento de pérdida donde se empiezan a establecer lazos nuevos, los primeros gestos que permiten construir una nueva normalidad. Entre esos pilares, las amistades ocupan un lugar indiscutible porque amortiguan el vértigo de la distancia.
Quienes ya han dado este salto no dudan en aconsejar a quienes aún están pensando en hacerlo. Iratxe insiste en la importancia de atreverse: “hay que llegar al sitio sin vergüenza, perder la timidez a la hora de hablar, echarle morro a absolutamente todo, equivocarse, no tener miedo”. Luis va por otro camino, recuerda que incluso cuando el inicio se siente incierto basta un mes o dos para que todo encaje, “lleguen las personas adecuadas y todo salga bien”. Y Ravin, recuerda que por muy difícil que resulte o muy lejos que te vayas “siempre lleva contigo tus raíces con orgullo, pero no tengas miedo de desarrollar nuevas alas”.
Aunque cada experiencia es distinta, todos parecen estar de acuerdo en lo mismo: irse de casa te hace ganar un mayor conocimiento de uno mismo. Entre el miedo a marcharse y el deseo de descubrir, cada uno construye su propio equilibrio y como dice Ravin sus propias “alas”. Entre lo que dejamos atrás y lo que comienza, cada paso revela quién somos y quién podemos llegar a ser. Y quizá ahí, en esa mezcla de nostalgia y descubrimiento, en ese momento en que el mundo se ensancha y nosotros con él, es donde realmente aprendemos a volar.





