José María Solís: “La maldad es algo cotidiano”

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Una entrevista de Gonzalo Escrig / Imágenes: Planeta

En Henares, la novela con la que ha ganado el Premio de Novela Policía Nacional, José María Solís explora los silencios de la España franquista y de la Transición a través de un crimen antiguo, una ciudad herida y unos personajes que cargan con la culpa, la impunidad y el peso del tiempo.

A José María Solís no le tiembla la voz cuando habla del silencio. El silencio de verdad: el que cala, el que se aprende de niño, el que manda callar más que cualquier autoridad. El que flotaba en la España de 1960 y el que él rescata en Henares, la novela con la que acaba de ganar el Premio de Novela Policía Nacional 2025.

Funcionario de día, escritor por vocación y alcalaíno por querencia, Solís vuelve a su ciudad para abrir en canal un crimen antiguo que nunca terminó de enterrarse. Con una escritura contenida y un sentido del detalle que inquieta, pone frente al espejo a una época en la que el mal se disfrazaba de normalidad y la verdad era un lujo que pocos podían permitirse.

Una historia que nos lleva a la Alcalá de 1960, donde la muerte de Paquita —una muchacha del servicio cuyo cuerpo aparece junto al río— sacude la vida de un colegio religioso y de toda una comunidad acostumbrada a mirar hacia otro lado. A través de tres jóvenes marcados por la época —Chema, recién llegado del hospicio; Dori, atrapada entre su belleza y el silencio; y la propia Paquita, convertida en víctima antes incluso de morir— la novela desvela un entramado de abusos, secretos y miedos que el franquismo enterró, pero no borró.

Veinte años después, ya en 1980, los supervivientes regresan para enfrentarse a aquello que creyeron dejar atrás, porque en Henares el pasado nunca se hunde del todo: siempre vuelve a la superficie.

Para comenzar, me gustaría situar al lector en el contexto de la novela. Henares transcurre en dos momentos muy distintos del siglo XX. ¿Qué le llevó a estructurar la historia en estos dos marcos temporales concretos?

Ten en cuenta que cuando hablo de decisiones, son decisiones que tomo sobre la marcha. He intentado muchas veces ser un escritor ordenado. He hecho cursos de guion en Televisión Española, cinematográficos, de series… He intentado hacer escaletas con tramas, subtramas, no sé qué… y soy incapaz. No puedo limitarme a eso. Entonces siempre termino haciendo lo mismo: tengo una idea inicial de personajes, de historia, y esa historia va avanzando. Tenía claro que quería que los personajes reflexionasen y se enfrentasen a su actuación un tiempo después. Pensé: veinte años, pues veinte años. Estaba claro que la segunda etapa iba a ser veinte años después del momento inicial en el que lo estableciese.

Dije: “Voy a buscar una época que no sea ni inmediatamente después de la guerra civil o de la mundial, ni tampoco demasiado cercana a la Transición”. Esa era la idea. Y dije: “Pues el 60”. Además, me cuadraba. Y por lo tanto, la segunda parte en el 80. Encajaba con lo que quería: un sitio cerrado, opresivo. Me dicen: “Has elegido un colegio”. Podía haber elegido un colegio o cualquier otra cosa, un club de golf o lo que fuera. Quería un sitio cerrado, y si de paso estaba dentro de otra sociedad cerrada que se pareciera a ese microcosmos, pues maravilloso. Esa fue la idea: en el año 60, una sociedad ya en paz, pero muy cerrada, que podía ser reflejo del colegio y donde podía haber cierta impunidad para determinadas cosas.

La estructura de dos tiempos elegida parece muy orgánica en la lectura.

Es más divertido. Es que, si no, yo no escribiría. Si no me divierto… Porque lo hago para disfrutar, igual que leo para disfrutar también. Entonces escribo, perdón, para disfrutar, para divertirme.

Uno de los elementos más llamativos de la novela es la perturbadora premisa de ese hombre que debe escoger a una mujer entre veinte. ¿Cómo nació esa idea?

No lo sé. Es mía. Esa es de mi cabeza enferma. De mi cabeza salen ideas constantemente y tengo que reprimirme en mi día a día normal. Entonces, una idea fue esa. Es posterior incluso a la novela… no posterior a la novela, posterior a la idea de la novela. La novela era una novela de personajes, de gente que estaba en un colegio, que tenía una forma de actuar, este microcosmos opresivo, conservador, en el que es muy difícil progresar, como en cualquier sitio cerrado. Esa es la idea principal.

Y dije: “Ahora tengo que buscar una trama que me atrape a mí, porque voy a pasar cientos de horas escribiendo esto, y que pueda atrapar al lector”. Y no me digas cómo pensé: “Una persona que, con su mente enferma, tenga que decidir que de cada veinte personas que se encuentre por la calle, en un momento determinado, tiene que elegir a una, y voy a por esa mujer, y la voy a violar o…”. La idea de esta persona no es matar, pero no tiene un control tan absoluto. Digamos: “Voy a ejercer este poder que tengo sobre esa persona”. Me pareció algo enfermo y además tan aleatorio que daba mucho miedo. Por eso lo adopté.

Aunque existe ese componente aleatorio, la mecánica también introduce una cierta lógica interna que lo hace aún más inquietante.

Bueno, ten en cuenta que él puede elegir entre las veinte a la que quiera. Lo que pasa es que, según se va alejando, se va generando estrés, porque según va dejando pasar, se supone que tiene que elegir. Luego es un tramposo, como todos los psicópatas. Los psicópatas son psicópatas, no tontos: no se dejan atrapar si es posible. Si llega un momento —le pasa en Madrid en un momento determinado— que no hay seguridad o no sé qué, puede dejarlo pasar y empezar otra vez a contar. Él mismo se hace trampas. Pero es esa idea que quería que diese miedo y que demostrase que es una mente enferma, que también tiene su origen en otras historias, no solo en él y lo que ha vivido.

En la novela, Alcalá de Henares funciona casi como un estado emocional más que como un simple escenario. ¿Qué representa para la ciudad y cómo influyó en la construcción del relato?

Pues era un homenaje. Era un homenaje a la ciudad. Yo soy de Madrid, he vivido allí la mayor parte de mi vida, pero llevo 18 años viviendo en Alcalá de Henares. Es una ciudad preciosa, patrimonio de la humanidad. Cada rincón tiene una historia increíble: puede ser romana, del siglo XV, del XVIII… Es una ciudad apasionante.

Y dije: “Me encaja bien”. En ese momento era una ciudad pequeña, muy a la sombra de Madrid. Había perdido la Universidad, que es lo que la había definido los últimos 300 años. Entonces dije: “Me viene muy bien situar este colegio —que no existe; no hay agustinos en la ciudad— en esa sociedad, que quizá es un reflejo un poco más grande del colegio”. En Valencia sí hay un Santo Tomás de Villanueva, allí no. Para darle verosimilitud busqué un santo agustino que hubiera estudiado en Alcalá. El primer santo que hubo en la Universidad fue Santo Tomás de Villanueva. Por eso le puse ese nombre al colegio.

Empezó como un homenaje, pero luego también vi el reflejo de ese cosmos cerrado, ordenado, conservador, que no quiere que pasen determinadas cosas.

Dori se convierte en el corazón emocional de la novela y en símbolo de una generación de mujeres silenciadas. ¿Qué representa este personaje?

Está basado en personajes reales. Yo trabajé en un colegio y conocí a personas que habían tenido esa situación: gente que con 15 años los sacaron de su pueblo y los pusieron a servir en Madrid, sin posibilidad de estudiar. Estaban mañana, tarde y noche; tenían una tarde libre a la semana, como mucho un día, y no salían del colegio hasta que se casaban. Imagínate qué vida. Había gente muy brillante, muy inteligente, que en otra situación habría salido adelante.

Dori es esa persona: brillante, inteligente. Lo de guapa es anecdótico; me sirvió para sacarla de la casa donde sirve su madre. Pero es esa persona inteligente que es víctima del mundo en el que vive y es incapaz de salir. Sale de ese microcosmos y acaba en otro exactamente igual, la fábrica. En contraposición está Chema, que también es inteligente, brillante, pero él sí tiene una puerta abierta, aunque como es pobre le cuesta mucho. Pero consigue salir.

Entonces ese reflejo, veinte años después, cuando ves a uno y otro personaje, muestra cómo dentro de esa miseria en la que vivían ambos, uno pudo salir y la otra no tenía esa posibilidad.

En contraste, Andrés Villanueva encarna un mal cotidiano, perfectamente reconocible. ¿Por qué quería construir un antagonista desde esa normalidad aparente?

Porque yo creo —lo estábamos hablando ahora— que la maldad es algo cotidiano. Cuando volví a la literatura, lo primero que escribí fue un ensayo sobre la maldad. Totalmente subjetivo, seguramente un psicólogo o un psiquiatra diría que me he inventado cosas. Pero busqué diferentes tipos de maldad, las clasifiqué y busqué personajes literarios que encajasen en esos tipos, y luego personas de mi día a día, de mis últimos 20 o 25 años. Gente que trabaja en la administración, que es un sitio muy dado a que existan este tipo de personas.

Creo que la maldad está en el día a día y que está muy relacionada con la oportunidad. Cuando tienes oportunidad y te sientes impune, das rienda suelta a esa maldad. Cuando no tienes oportunidad porque te van a pillar, lo haces de otra manera: eres un compañero de trabajo miserable, sin empatía, que machaca a una persona y luego se va a su casa y duerme tan pancho.

Andrés es un poco eso. Tiene algo de conciencia —no quiero destripar la novela—, pero es ese personaje egoísta al que lo más importante siempre es él mismo.

El padre César es otra figura clave: carismático, ambiguo, inquietante. ¿Cómo abordó su construcción sin caer en estereotipos?

Es un personaje sin arco de transformación. Es muy triste, y yo quería que quedase constancia de que no cambia. Tiene la oportunidad: también, desde mi punto de vista, es una mala persona. Se aprovecha de una relación de poder y sabe que no le va a pasar nada. Parece que en la novela lo ha hecho antes. Le pasa algo serio, lo suficientemente serio como para reflexionar, porque es una injusticia. Pero lo vemos veinte años después y sigue haciendo lo mismo.

En la corrección, en Planeta, me decían que sobraban algunas cosas: por ejemplo, testimonios de la otra parte: un atestado de la Guardia Civil donde una chica violada cuenta lo que sintió, o un ataque del violador en el que se menciona cómo destroza la vida de la víctima. O la imagen de César veinte años después, igual que antes. Pero yo quería que quedara esa imagen. Es un personaje complejo porque sale del mismo sitio que Andrés —sus familias son amigas—, del mismo barrio. Es prácticamente el mismo personaje, pero no tan enfermo.

La novela convierte sus escenarios —especialmente el río Henares— en un símbolo emocional y social. ¿Cómo surgió esa dimensión simbólica del espacio?

Casi siempre, sin hacerlo adrede, hay algo así en mis novelas. En la primera que escribí —hace ya 25 años— había una ventana que se abría y cerraba, y cuando pasaban cosas serias en la trama, la ventana aumentaba el ritmo de los golpes. Con Henares me pasaba algo parecido. Quería algo inmutable, o casi inmutable, que estuviese ahí, que fuese testigo de todo lo que pasaba, pero que en realidad no hiciera nada. Que lo absorbiera. Igual que cuando digo en algún capítulo que, después de que pase algo importante, el mundo sigue rodando como siempre: el río Henares sigue fluyendo como siempre. Es un reflejo de la sociedad: muchas veces sabemos lo que ha pasado, pero si podemos pasar de largo, mejor.

En relación con esa idea, la novela habla mucho de silencios colectivos. Esos silencios y tabúes, ¿siguen presentes en la España actual?

Claro, siempre. En la sociedad española, pero también en nosotros individualmente. A veces decidimos ser injustos por miedo, por comodidad, por lo que sea. Decidimos callarnos cosas que vemos y sabemos que no son justas. Quizá cada vez menos, o quizá son silencios menos trascendentes, no lo sé. Pero siguen existiendo y creo que existirán siempre.

En Henares conviven el thriller, la novela psicológica y un retrato histórico muy cuidado. ¿Cómo logra el equilibrio entre la tensión narrativa y la profundidad emocional de los personajes?

No es nada decidido a priori. Me lo va dando el momento. No escribí la novela en el orden en el que está: por ejemplo, el capítulo cero lo escribí al final. Decidí que el personaje X requería mayor profundidad psicológica, y, aparte de lo que ya había mencionado, escribí ese capítulo.

Cada capítulo es de una persona: lo que ve Chema, lo que ve Dori, lo que ve el asesino. Y entre medias, el diario de Martirio, un informe de la Guardia Civil, el diario del caso… Lo utilizo a mi favor. Por ejemplo, me estaba dando la sensación de que Dori era demasiado buena y que la visión era muy subjetiva. Corté eso de raíz con la primera intervención de Martirio, que dice una barbaridad sobre Dori. Porque la vida es así: no hay una sola perspectiva.

Cuando me ponía en el papel de Dori, intentaba pensar como Dori, ver pros y contras. Dori también tiene silencios. Todos tienen silencios. Lo intenté hacer así. No tenía claro que lo fuera a conseguir. Cuando acabé la novela la di a leer a gente de confianza, como hago siempre, y les empezó a gustar mucho. Si me hubieran dicho “es una basura, tírala”, me lo habría creído. Si lo he conseguido no ha sido de manera consciente. Es una novela de personajes con un tinte histórico y una trama que puede ser de novela negra o policial, no lo sé. Creo que tiene retazos, pero es más una novela de personajes.

Para finalizar, ¿qué ha significado ganar el Premio de Novela Policía Nacional y cómo puede influir en su trayectoria literaria?

Ten en cuenta que soy muy pesimista… No es que sea pesimista: tengo memoria. Este es mi premio cincuenta y pico, no sé ni cuál. Y algunos son importantes. En el acto de entrega todo es maravilloso, increíble, la gente te dice que eres maravilloso. Recuerdo un premio de Radio Nacional hace muchísimos años: si hubiera sido por lo que me dijeron esa noche, al día siguiente tendría un programa allí, iban a publicar algo mío sobre Cervantes… y todo se quedó en nada.

El premio es una maravilla. Cuando me llamaron fue una alegría inmensa. Luego, con el tiempo, me ha dado más cosas: que Lorenzo Silva hable de tu novela de manera tan elogiosa, que la analice tan correctamente, que se meta en tus pensamientos; que Espido Freire o Reyes Calderón voten a favor… Me pareció espectacular.

En el acto de entrega me faltó que me ofrecieran todos los premios del año siguiente. Va a venir algo bueno, ya ha venido mucho y muy bueno. ¿Qué traerá el futuro? No lo sé. Pero mira: estar sentado contigo ahora mismo para mí es algo bueno, algo que no me han traído otras obras. Lo que venga, bienvenido será. Pero no soy muy optimista. Y tú, haz otra cosa, que en periodismo te vas a morir de hambre.