Ángela Banzas, finalista premio Planeta: «La novela está dedicada a la generación de mis abuelos, la que creció y vivió en la posguerra»

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Una entrevista de Laura Fargueta / Imágenes: Javier Ocaña-Planeta

En el marco de la gira promocional del Premio Planeta 2025, Ángela Banzas visita Valencia para presentar Cuando el viento hable, su quinta novela, con la que se ha alzado como finalista del prestigioso galardón. En esta ocasión, la escritora nos sumerge en la Galicia de la posguerra marcada por el miedo, los silencios y los recuerdos. A través de la mirada de una niña, Banzas reconstruye la relación con sus abuelos, la soledad de los hospitales y la redención a través de la literatura y las cartas, mientras reflexiona sobre el poder del amor como fuerza vital.

Ángela, ¿qué proceso sigue a la hora de construir una novela?

Todas mis novelas —esta es la quinta— las construyo por capas. Tienen el alma, que es la esencia y el pulso que espero que el lector conserve; el corazón, que es lo que da movimiento a los personajes; y la piel, que es la historia en sí. Parto siempre del corazón, de los personajes. En esta novela necesitaba transitar un episodio propio, de mis recuerdos. Y, aunque siempre insisto en que recordar no es lo mismo que reescribir, necesitaba transitarlo. Por eso necesitaba a una protagonista con mirada infantil.

Siempre empiezo gestando a los personajes. Utilizo ese verbo porque para mí es fundamental que sean tridimensionales, creíbles y sólidos. Una vez que los tengo, cada uno debe transmitir un mensaje muy claro dentro de la novela. No pueden repetirse ni solaparse: sus voces tienen que ser reconocibles.

En el caso de Sofía, por ejemplo, la complejidad radicaba en que es una niña. Necesitaba una mirada infantil que uniera inocencia y lucidez. Ella vive en un tiempo dominado por silencios, sombras y desconcierto, porque no entiende por qué sus abuelos la encierran ni por qué guardan tantos secretos entre ellos.

¿Cuál es el germen de Cuando el viento hable?

La novela está dedicada a la generación de mis abuelos, la que creció y vivió en la posguerra, la que se sacrificó por sus nietos. Ese es el motor, el corazón del libro. Desde ahí pongo la mirada en la posguerra. ¿Por qué? Porque quería contraponer la forma en la que valoramos la vida y la salud desde dentro de los hospitales con la manera en la que se valoraba, o no, la vida en aquella época.

Creo que el amor es el motor del mundo. Y para mí lo contrario de la muerte no es la vida, entendida en términos biológicos, sino el amor, porque uno puede ser un muerto en vida. Lo que realmente te hace latir es el amor en todas sus vertientes. En el núcleo de la novela se encuentran el amor incondicional de los abuelos, el amor incondicional entre dos amigas que se conocen en la infancia y se sostienen mutuamente —sostener me parece un verbo precioso— y el amor entre Daniel y Sofía, que también tiene algo de incondicional y que surge a través de las palabras.

Me apetecía muchísimo trabajar las cartas entre ellos. Daniel está encerrado en prisión y, a través de la correspondencia, se dan calor: él está aislado, pero ella también lo está de algún modo. Esa profunda soledad que ambos sienten, esa cueva interior, va encontrando resonancia en la otra persona. Se encuentran a través de las palabras.

Existen muchas novelas de ficción españolas que utilizan la Guerra Civil como trasfondo. ¿Cuál fue el proceso de documentación? ¿Sintió miedo de caer en los tópicos o lugares comunes del género?

No pretendía escribir una novela sobre la posguerra. Necesitaba ese contexto por los silencios, las sombras y el miedo, pero con una mirada infantil. Ahí radica realmente el esfuerzo narrativo del libro.

Para documentarme tengo dos grandes fuentes. Una es la que me proporciona rigor histórico: archivos, documentación, muchos libros. Siempre digo que cuanto más te documentas, más virtud hay en que no se note, para que la inmersión del lector sea más fluida. También visité el hospital con una guía especializada en esa época.

La otra fuente, que para mí es, incluso más valiosa, es todo lo que me contaron los mayores. Desde niña escuchaba con mucha atención lo que relataban sobre la posguerra. Me interesaba tanto lo que decían como lo que callaban: las miradas que se escapaban, las manos que se retorcían al recordar ciertos momentos. Yo me quedo con esas sensaciones que me provocaban y que provenían de sus propias emociones.

La literatura, la ficción, tiene un espacio fundamental en medio del horror.

Retrato a Sofía como una niña que por las noches es encerrada. Ella tiene miedo a la oscuridad, pero aprende a cerrar los ojos e inventar su propia noche: una noche esmaltada de mil y una estrellas, al estilo de Sherezade, para poder sobrevivir al día siguiente. En esas noches escucha disparos, escucha a mujeres implorar para que no abusen de ellas. Esto forma parte de la historia de mi tierra y de toda España.

La imaginación, alimentada por los libros —siempre hago un poco de apología de la lectura, o “metaliteratura”, que queda más bonito— le ofrece una habitación cálida en la que cobijarse. Su padre es bibliotecario y antiguo librero, y desde pequeña, al leer a Marco Aurelio o a Lewis Carroll, Sofía adquiere el poder de idealizar su propia felicidad. La felicidad es un ideal individual, no todos la encontramos en las mismas cosas. Ella aprende a ser feliz en medio del horror.

Finalmente, ¿qué ha significado ser finalista del Premio Planeta?

Me tomé esta oportunidad como una forma de llegar a más gente, de abrirme camino. Que más personas lean tus historias siempre es positivo. Y, evidentemente, la ayuda económica también lo es. En cuanto a Hacienda, soy de las que piensa que Hacienda somos todos.