Una crónica personal de Silvia Gris
Dicen que el Erasmus es una de las mejores experiencias de tu vida. Ahora que estoy aquí puedo entender por qué. Son días repletos de amigos, viajes, libertad y, aunque no lo parezca, también de estudios. Sin embargo, lo que suele pasarse por alto es la sensación de que el tiempo corre más rápido de lo que uno imagina, porque todo es nuevo. Lille, una pequeña ciudad acogedora y perfecta al norte de Francia, me está permitiendo vivir una etapa tan intensa como inolvidable.
Lille, sin duda, tiene algo especial. No es tan turística como París ni tan conocida como Lyon, pero precisamente ahí reside su encanto. Los primeros días, cuando te dedicas a explorar tu nueva ‘casa temporal’, uno aprende datos curiosos, como que su nombre proviene de L’île – “la isla” – debido a que en sus orígenes estaba rodeada de zonas pantanosas y canales o que sus habitantes son conocidos como lillois, se sienten orgullosos de su dialecto local, el ch’ti, derivado del picardo y con influencias flamencas.

Antes de llegar, uno escucha muchos estereotipos y clichés; todo el mundo parece tener su opinión sobre esta experiencia. Y aunque uno se informa antes de partir, nada es comparable con vivirlo. Lille rompe con el tópico de la frialdad francesa: aquí la gente es agradable, te sonríe y es paciente aunque tu acento no sea perfecto. Es una ciudad acogedora que, aunque empieza a mostrar su carácter lluvioso y frío, lo compensa con sus bares repletos y ambiente cálido.
Como antigua región flamenca conserva una identidad marcada: fachadas coloridas, calles estrechas, mercados y tradiciones que combinan la cultura francesa y belga. Uno de los eventos más importantes de la ciudad tiene lugar el primer fin de semana de septiembre: la Braderie de Lille, el mercado de segunda mano más grande de Europa. Durante esos días, la ciudad entera se transforma. Más de 80 kilómetros de calles se llenan de puestos, música y gente comiendo moules-frites. Es una experiencia que resume el espíritu del norte.

Lille también se descubre en sus pequeños detalles como terrazas llenas a pesar del frío y olor a gaufres recién hechos en Vieux-Lille o los domingos tranquilos en el parque cuando el sol no se hace caro de ver. Y, aunque uno no se lo espere, hay una gran comunidad de corredores que aprovecha la explanada de la Citadelle para hacer footing a lo largo del río. Es un lugar ideal para desconectar, hacer deporte o pasear, y sin embargo, en su interior aún se conserva una fortaleza del siglo XVII que, por un error fortuito de turista, uno descubre que sigue siendo terreno militar. No muy lejos está el Palais des Beaux-Arts, construido en el siglo XIX, que al ser el segundo museo más grande de Francia alberga una de las colecciones más importantes con obras de Delacroix, Goya o Rubens.
Conversar con los locales es, sin duda, una de las formas más auténticas de conocer la ciudad. Gracias a ellos descubres lugares que no aparecen en las guías: cafés frecuentados por estudiantes o pequeños restaurantes donde comer platos típicos como la carbonade flamande o el welsh. Hablar con la gente de aquí te permite conectar con la esencia del norte y, a su vez, compararlo con la calidez española a la que uno está acostumbrado. Los horarios, las comidas, el ritmo de vida… todo cambia. Aquí se cena temprano, la gente es más reservada y se mueve mucho en bici. Al principio cuesta adaptarse, pero pronto le pillas el ritmo.

Los días aquí pasan rápido. Entre clases, viajes y nuevas amistades, todo se vive con tanta intensidad que apenas hay tiempo para procesarlo. Estudiar en francés tampoco es fácil: seguir las clases magistrales y entender todo requiere esfuerzo, y a veces uno termina el día agotado. Pero siempre hay alguien dispuesto a ayudar, y el aprendizaje, aunque sea cansado, compensa. Al ser una ciudad universitaria, en el día a día se convive con muchos estudiantes y con culturas distintas, lo que permite que uno aprenda a un nivel que va mucho más allá de lo académico. Vivir en otro país enseña a estar sola, a equivocarse sin miedo y, a su vez, a celebrar los pequeños logros. Encontrar tu lugar en una nueva ciudad es algo que, al final de la experiencia, siempre formará parte de ti. Cuando mire atrás, sé que no solo habré aprendido sobre Lille o Francia, sino sobre mí misma, y eso, sin duda, es lo más valioso.





