Un análisis de Gonzalo Escrig / Imágenes: Archivo
El Certamen Proyecta de la CEU Cardenal Herrera ha demostrado ser, una vez más, un semillero de joyas audiovisuales, y entre ellas, destaca el cortometraje alemán ‘Granica’ dirigido por Joshua Neubert y que consigue, en veinte minutos, sumergirnos en una odisea distópica que desentraña la cruda realidad de los refugiados situando la acción en una zona de exclusión entre Polonia y Bielorrusia.
Desde el primer fotograma, Neubert despliega un dominio visual que aplasta cualquier atisbo de inmadurez. La disposición magistral de los planos, la fotografía meticulosa y un guion elegante, pero, sin complicaciones, son la alfombra roja que despliega ante nosotros este prodigio alemán. Todo ello sin obviar las interpretaciones profesionales que llenan la pantalla con una belleza desbordante. Neubert ha logrado hacer cine con mayúsculas.

Más allá de la pulcra destreza técnica, ‘Granica’ emerge como un relato desgarrador que escarba en la fractura de los derechos humanos, arrojando luz sobre aquellos que, con frecuencia, son vilipendiados con desprecio y odio. Durante sus efímeros veinte minutos de duración, Neubert examina las consecuencias de hacer lo correcto simplemente porque es lo correcto, sin esperar recompensa alguna.
La protagonista, Oliwia, encarnada por la actriz Barbara Wysocka se encuentra en la encrucijada de elegir entre su seguridad y la de su marido o extender una mano a un extraño refugiado, magníficamente interpretado por Arash Marandi. Oliwia se convierte en el reflejo de la humanidad que parece escasear en Occidente y, desafiante ante las advertencias de su esposo, abre las puertas de su hogar para salvar una vida, sin importar las consecuencias.
¿Qué hace que ‘Granica’ sea inolvidable? Quizás sea la cruda verdad que se asoma tras la perfección cinematográfica. En ese espejo nos vemos enfrentados a nuestra propia hipocresía, cuestionándonos si, en el lugar de Oliwia, nosotros habríamos tenido el coraje de acoger al extraño. La respuesta, incómoda y reveladora, es lo que hace que este cortometraje resuene -tan profundamente- en el espectador. Neubert no solo nos ofrece una obra maestra visual, sino también una dosis de realidad incómoda que se adhiere a la piel mucho después de que las luces de la sala se enciendan.





