Informa: Diego González / Imágenes: Lara Crespo – Víctor Gil
Si estás suscrito a su newsletter “Nada importa” y amas sus artículos para revistas como Condé Nast Traveler, Vanity Fair o GQ, vas a enamorarte de Buscaba la Belleza, la primera novela de Jesús Terrés. Se trata de una exploración desgarradora del dolor y la pérdida, pero también de la sabiduría que trae el paso del tiempo, y de encontrar belleza en lugares inesperados. Una oda a la pena y al encontrarse a uno mismo que ya promete convertirse en tu lectura preferida para este verano.
Jesús, ¿cuándo nace en usted la idea de compartir tu mundo interior con los lectores?
Ha sido un proceso largo. Cuando era más joven me resultaba muy difícil compartir ciertas intimidades con la gente cercana a mí y con los lectores. Paradójicamente, hay muchos escritores y escritoras que encuentran más sencillo compartir con desconocidos que con las personas a las que quieren. Es extraño, pero llega un momento en el que comprendes que compartir te hace sentir bien. Además, me ha permitido conectar con los lectores a un nivel más profundo. Cuando compartes tu intimidad, se crea un vínculo especial que va más allá de que alguien lea una historia que has publicado.
En Buscaba la belleza navega entre la ficción y la realidad, ¿resultó difícil entremezclar ambos géneros en forma de relato autobiográfico?
En su momento, decidí que la armadura principal estaría compuesta por elementos ficticios y los personajes, aunque basados en personas reales, tendrían ciertas modificaciones. Es una elección que todo creador debe tomar: escribir una autobiografía y mantenerse fiel a los hechos, o crear una historia que transmita un mensaje y dejar a un lado la realidad. Desde el principio, tuve muy claro que la biografía sería simplemente un material del cual partir, que utilizaría según me conviniera para construir la narración. En última instancia, la historia mandó por completo.
¿Hay belleza en la tristeza?
Antes pensaba que la belleza solo existía en la felicidad, pero ahora entiendo otra realidad: la belleza también está presente en la tristeza. La belleza no solo habita en lo obvio: en el dolor, las cicatrices y las sombras, ahí también hay belleza. Y la novela es el viaje de descubrimiento de esa certeza, de que no hay un único canon de belleza. A través del arte podemos observar cómo el ideal de belleza cambia constantemente: la idea de belleza para los griegos no es la misma que para los impresionistas, la idea de la belleza de Picasso difiere de la de Miguel Ángel. Hay infinitas definiciones de belleza, y cada cultura tiene una percepción diferente de lo que es bello.
«el dolor y la aceptación de la sensación de impotencia son también aspectos de la vida que hay que experimentar»
De todas las definiciones de belleza que aparecen en la novela, ¿con cuál se quedaría?
No sé exactamente qué es la belleza, pero tengo claro que la mentira no lo es. Algo que es falso, que es puramente superficial, no puede ser hermoso. Sin embargo, en la verdad, en la autenticidad, hay belleza: un río no pretende ser otra cosa, simplemente está ahí, no pretende engañar. La belleza está presente en todas partes, pero se necesita una disposición para encontrarla. Cuando le preguntas a alguien sobre los momentos más hermosos de sus vidas, rara vez son materiales. Son cosas como un amanecer en un festival, quedarse despierto toda la noche y ver el sol salir.
“Vivir es exponerte al daño. Lo otro es un invernadero”. ¿Nos puede explicar esta reflexión?
Cuando niegas el dolor, la oscuridad o las partes tristes de tu vida, estás anestesiándote; no te permites sentir. Si rechazas este dolor, colocas tu vida en un invernadero: sin sol, sin aire. No sentirás la dureza de una noche fría, porque estás cálido dentro del invernadero. Pero si te niegas a sentir lo malo, también te niegas el derecho a sentir lo bueno. Vivir implica aceptar que el sufrimiento es una parte inherente de la vida. La vida no se compone solo de placer; el dolor y la aceptación de la sensación de impotencia son también aspectos de la vida que hay que experimentar.
En la novela recoge la vivencia de dos momentos traumáticos, ¿en qué se diferencia el dolor de la pérdida de un padre, del de la pérdida de la esperanza de ser padre?
Pierdes a tu faro, aunque tal vez no te hayas dado cuenta de que él era tu guía. Pero tu padre siempre será tu padre, independientemente de la relación que tengas con él. Perder a un posible hijo o hija es diferente. No solo pierdes a ese futuro hijo, sino que también te pierdes a ti mismo como padre. Y hay mucho más que se pierde, porque aunque siempre serás el hijo de tu padre, si pierdes a tu hijo no nacido, nunca tendrás la oportunidad de ser padre.
El relato muestra una visión de la relación entre padres e hijos muy parecida a la de Historia de una escalera, ese “estamos condenados a repetir los mismos errores que nuestros padres”, ¿por qué?
He descubierto con los años que estamos condenados a repetir los conflictos de nuestros padres. Puedes vivir tu vida pensando que eres un ser ajeno a tus padres, pero emocionalmente no lo eres. Los conflictos de tus padres, sean cuales sean, son cargas que llevas en tu mochila. Este reconocimiento me ha ayudado a reconciliarme con mi familia, y cada vez lo veo más en pequeños gestos; ciertas ambiciones que tengo, ahí soy igual a mi madre. Pero hay un salvavidas: ser capaz de vislumbrar ese hilo que te conecta con los conflictos de tus padres. Reconocer esto es como el Break the Wheel de Juego de Tronos, te ayuda a que no se repita eternamente. Porque cuando verbalizas algo, lo desactivas.
«es enriquecedor retroceder en la memoria, no para vivir en ella, sino para aclarar nuestro presente»
En un momento de la historia afirma que todos somos pasado, pero, ¿nuestro pasado es todo lo que somos?
A decir verdad, no suelo ser una persona que se rinda a la nostalgia. A lo largo de mi vida siempre he pensado que las soluciones están por venir, no detrás. Pero también es enriquecedor retroceder en la memoria, no para vivir en ella, sino para aclarar nuestro presente. Mirar hacia atrás nos ayuda a ver el hoy de una manera más clara, a despejar la niebla que muchas veces nos impide avanzar. También hay un elemento de perdón al decir: «Está bien, esto es así porque sucedió aquello». No se trata de dejar atrás el pasado, sino de apropiárselo, de no ocultarlo bajo la alfombra. Me viene a la mente una frase de Pablo D’Ors que dice que para iluminar una habitación no hay que encender la luz, sino iluminar la oscuridad. Es exactamente eso: cuando miras hacia atrás y entiendes, el presente cambia.
¿Por qué cree que somos tan reticentes a hablar de salud mental fuera de la consulta del psicólogo?
La salud mental sigue siendo un tabú en mi generación. Me llevó años poder decirle a mi madre que estaba yendo al psicólogo, y lo hice de pasada, como: «Pásame la sal, por cierto mamá, estoy yendo al psicólogo». Los medios están empezando a normalizarlo y cada vez más personas hablan de salud mental, pero, en general, cuando digo que no puedo hacer algo porque tengo terapia, la gente me pregunta: «¿qué te pasa?». No sé, ¿por qué vas a correr? Porque es saludable y me gusta. Es como si no pudieras ir al psicólogo sin tener un problema grave. A nadie le importa que alguien vaya a correr, pero a quienes dedicamos tiempo de nuestras vidas a la terapia se nos señala.
Finalmente, ¿qué ha querido regalarle al lector con Buscaba la belleza?
Mi pacto con el lector o la lectora es dejármelo todo en el folio, escribir con las entrañas y no guardarme nada; ese es mi pacto. No sé si es un regalo, no soy tan ambicioso como para regalar, pero sé que van a encontrar verdad. Eso es lo único que puedo garantizar, quizás sea poco, pero al menos encontrarán la verdad desnuda, sin mentiras, sin poses y sin ego.



