Javier Alandes (escritor): “Creo en los buenos con dobleces y en los malos que creen que tienen la razón”

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Informa Gonzalo Escrig / Imágenes: Jeosm (José J. Clemente)

La editorial ESPASA acaba de publicar, coincidiendo con el 60º aniversario de la declaración del Museo del Prado como Bien de Interés Cultural, la novela ‘Los guardianes del Prado’. Un thriller sobre un puñado de hombres y mujeres que lucharon para evitar que los nazis robasen los tesoros más preciados del Prado. Su autor, Javier Alandes, habla con EL ROTATIVO sobre su nueva novela en la que marida hechos y personajes reales con la ficción para trasladar al lector a la Valencia de 1936 y 1937, en plena guerra civil.

Empecemos por el principio Javier, ¿cómo nace este proyecto? ¿Cuál ha sido su inspiración?

Yo soy de Valencia, tengo 47 años, he vivido toda mi vida aquí y soy un enamorado de esta ciudad. A medida que la voy conociendo me voy encontrando cosas curiosas que me sorprenden muchísimo. En la Catedral de Valencia, por ejemplo, si vas rodándola hay una reja donde pone “aquí se celebró la primera misa cuando Jaime I entró en Valencia”. Este tipo de cosas siempre me han llamado la atención y el hecho de que los cuadros del Prado hubiesen estado en Valencia, durante la guerra civil, es algo que cuando lo conocí, hace quince o veinte años, pensé “de aquí tiene que salir una historia”. Pero claro, si solo cuento cómo fueron las cosas, soy un historiador y yo no soy un historiador, soy un novelista. Lo que he querido contar es una historia sobre ese hecho y que aparezca de una manera fidedigna, añadiéndole una historia de ficción verosímil. Al final, la historia es como es. Yo no puedo cambiar la historia, no la quiero cambiar porque ese no es mi estilo y porque las cosas son como son, como ocurrieron, y el desenlace fue el que fue. Pero esa historia de ficción verosímil no cambia la historia para nada y te explica algo que podría haber pasado.

La historia transcurre en dos épocas diferentes, de forma simultánea e incluso narra el momento en el que Velázquez decide pintar ‘Las Meninas’. ¿Cómo creó esa trama?

Es cierto que hay un capítulo donde cuento el proceso creativo por el que imagino qué debió pasar Velázquez cuando tuvo el chispazo creativo para ‘Las Meninas’. Hay que tener en cuenta que Velázquez estaba retratando a Felipe IV y a Mariana de Austria, pero, al final, resulta que el cuadro era él y quién estaba mirando a los reyes. Es un capítulo que podría haber aparecido el primero, el número siete o el último de todos, pero para mí lo importante son las dos tramas principales, porque son como una reivindicación para desenterrar el pasado. Es decir, donde hubiera alguien más contemporáneo a nosotros, en este caso Fernando Poveda en 1980, y, así, al tirar del hilo, descubriera lo que verdaderamente ocurrió en 1936. Yo necesitaba que en la época de Fernando Poveda (1980-81) quedara alguien vivo de la trama de 1936, pero podría haber sido el 75 o el 87 y la elección del 80 y 81 es porque quería enlazar la sublevación de 1936 con el intento de golpe de estado de 1981. Salvando las distancias, no dejan de ser cosas muy parecidas. Al final, son el mismo hecho que se podría haber repetido si el golpe de estado hubiese prosperado y para mí son hechos que están todavía más cercanos de lo que parecen y era importante que ambos apareciesen. Además, Valencia juega un papel crucial en ambos hechos, por un lado, los cuadros, y, por otro lado, fue en Valencia donde Milán del Bosch sacó los tanques. En ese sentido, Valencia fue protagonista en ambos momentos de la historia.

La novela es una carta de amor hacia Valencia, donde resalta el paisaje arquitectónico de la ciudad al hablar de sus calles, sus monumentos y sus habitantes… ¿Aún queda algún vestigio de la Valencia de los años 30?

Me gusta pensar que sí, pero no lo sé. En el proceso de documentación para la novela pude revisar fotografías de la época donde se podía ver la Plaza de la Virgen, la calle Caballeros, el Palau de la Generalitat y eso sí que está trasladado en el tiempo. Sorolla, en su juventud, pinta el cuadro del ‘Crit del Palleter’ que muestra a Vicent Doménech arengando el pueblo a rebelarse contra los franceses. Todo transcurre en los escalones de la lonja y sus escaleras, y las mismas que pintó Sorolla siguen estando, por eso me gusta pensar que hay una parte de Valencia que permanece, en cierto modo, inalterada.

¿Cree que los valencianos son conscientes del patrimonio artístico, cultural e histórico en el que viven?

Creo que somos conscientes de las cosas cuando nos las cuentan, y ojalá, gracias a esta novela haya un efecto divulgación de nuestro patrimonio. Hay mucha gente que, aunque sea de oídas, conoce que los cuadros del Prado estuvieron aquí en El Patriarca, etc. Pero sí me gustaría que las personas de Valencia que lean esta novela se den cuenta del papel tan importante que tuvo la ciudad. Incluso que las personas que no son de Valencia y lean esta novela digan “yo quiero ir a Valencia” y venga más gente a visitar la ciudad.

En la novela aparecen, desde habitantes de Valencia hasta generales alemanes. ¿Cómo ha construido los personajes?

Es sobradamente conocida la reunión en Hendaya que tuvieron Franco y Hitler. Cada uno en su tren, hablando de la neutralidad de España en la II Guerra Mundial y, evidentemente, la reunión entre el general Gallardo y el general von Schimer tiene esos aires. Se produce en la misma estación con cada general en su tren, inspirándose en esa reunión histórica entre los dos dictadores. Después, los personajes reales lo son respetando profundamente la cronología y quienes eran, donde estaban, etc. Los personajes ficticios no están inspirados en ninguno, pero el subconsciente muchas veces te lleva a crear personajes a partir de otros. Alejandro Santoro es un trasunto de Daniel Sempere de ‘La Sombra del viento’ o un trasunto de Arnau de ‘La Catedral del Mar’. Al final, es un personaje idealista al que la vida le va transformando y que se mete en un asunto que le viene grande. Sí que creo que los personajes, de alguna manera, puede que acaben pareciéndose a otros. Al final, todos vamos acumulando personajes dentro de nosotros hasta que afloran.

¿Hay alguna figura histórica que le haya servido de inspiración?

Mi personaje favorito de la novela es Félix Santurce. Es la sonrisa que todo lo consigue, el que sabe nadar entre aguas y ser tan ambiguo que consigue ser amigo de unos y de otros, engañando a todo el mundo. Ese ángel y diablo, esa ambigüedad, para un escritor, es fantástico. No es ni un bueno buenísimo, ni un malo malísimo. No creo en los buenos buenísimos, ni en los malos malísimos, creo en los buenos con dobleces y en los malos que creen que tienen la razón. Es por eso, que el personaje de Félix Santurce es el más consciente de sí mismo. Es el que sabe que está metiéndose en algo que es una mierda, pero que lo está haciendo por dinero y tiene que seguir hasta el final. Es un personaje de ficción y no está inspirado en nadie.

La figura del padre también tiene una gran importancia, llegando a ser incluso un tema secundario que podemos ver a lo largo de toda la novela. ¿Por qué?

Soy padre de una hija de 13 años y un hijo de 17 años y estoy viendo que están saliendo al mundo y empezando a volar solos. Me debato entre lo que me gustaría que pasara y lo que sé que debe ser lo correcto, apareciendo muchos de mis temores como padre. La pérdida del hijo es uno de mis temores como padre. Si a mí me pasa algo y dejo a mis hijos solos, éste es uno de mis temores y en el caso de Félix Santurce lo que hace es volver a su casa porque, aunque sea una vez al año, se encuentra protegido. También César y Alejandro tienen esa relación de maestro y aprendiz en la que César es consciente de que su hijo se va a jugar la vida, pero no lo detiene porque sabe que si estuviese en su lugar haría lo mismo. Es como ese fatalismo de decir: “Me gustaría que mi hijo no hiciera esto, pero es que es lo mismo que haría yo”.

También su historia refleja la evolución del papel de la mujer en la sociedad. ¿Está la mujer mejor, ahora, que antes?

Nos soy mujer, no lo sé, pero mi impresión es que la llegada de la república comenzó a otorgarle un papel protagonista. Durante la república la mujer se abrió a la vida universitaria, a la vida empresarial, a la vida artística, a cualquier ámbito. Se comenzó a igualar el camino entre el hombre y la mujer, pero todo quedó abruptamente interrumpido en el año 39 con el cambio de gobierno. A partir de ahí, el papel de la mujer retrocedió a tiempos de la Edad Media. Afortunadamente, hoy en día yo no trabajo con mujeres ni hombres, sino que trabajo con compañeros y me da igual que sean todo mujeres u hombres, porque lo fundamental es que sean competentes. Hay una gran parte de la población que es consciente de que laboralmente somos personas, independientemente del sexo que tengamos cada uno y creo que estamos en ese camino que se abrió con la república, interrumpido por la guerra civil.

¿Por qué cree que el traslado de los cuadros del Museo del Prado a Valencia es una historia muchas veces olvidada por los españoles? Es la historia, ¿selectiva?

Lamentablemente, la historia la escriben los vencedores y, al final, el nombre de las calles, de las plazas lo ponen quien ha tenido la potestad para hacerlo. Recordemos que hasta el año 82, Franco seguía siendo alcalde de honor de Valencia y la estatua del caudillo estaba en la Plaza del Ayuntamiento, antes llamada Plaza del Caudillo. Al recuperar los vencedores los cuadros, lo fácil hubiese sido decir “estos inconscientes los sacaron del Prado”, pero tampoco lo dijeron. Por lo que sí que creo que, al final, la historia es selectiva dependiendo de los intereses y la historia de los cuadros del Prado en ese momento, ni escocía demasiado -una vez recuperados- ni tampoco interesaba difundirla mucho. Quedó en el olvido, sin hacer daño a nadie.