Dra. Lucía Galán (Lucía, mi pediatra): “Hay que intentar disfrutar de la infancia de nuestros hijos porque es muy corta”

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Redacción ROTATIVO / Imágenes: Editorial Planeta y ‘Lucía, mi pediatra’

Cinco obras en Editorial Planeta con más de veintisiete ediciones publicadas, setecientos mil seguidores en redes sociales y un blog que se ha convertido en referente en la pediatría definen la influencia que ha alcanzado la doctora Galán, más conocida como ‘Lucia, mi pediatra’. Durante estas semanas y días de confinamiento ha visto la luz su último trabajo ‘El gran libro de Lucía, mi pediatra’ que va camino de convertirse en el libro de cabecera de todos los padres de España, sean primerizos, con experiencia o con contrastada experiencia por liderar familiar numerosas. Con una agenda muy complicada de cuadrar por los múltiples compromisos a los que debe atender, Lucia Galán (ese es su nombre verdadero), atendió a El Rotativo para hablarnos de su última obra y, como no, del cuidado de los hijos y la relación con ellos.

Lucía, creo que este último libro ‘El gran libro de Lucía, mi pediatra’ debería regalarse a cualquier padre en el paritorio… ¿Cómo lo ve?

Pues estaría bien, la verdad (ríe). Estaría bien que lo regalaran junto al kit de primeras atenciones para el bebé, ¡eso estaría fantástico! Lo cierto es que tenía la necesidad de escribir en un gran libro donde se recogieran todos los miedos y las consultas que veo a diario y que son motivo de preocupación para los padres. Pero quería escribir un libro así desde la cercanía, la sensibilidad y el conocimiento, con rigor científico y derribando todos los mitos que hay alrededor de la crianza de los hijos… Quería aportar un poco de luz a esa crianza que, a veces, es difícil.

En esta nueva obra como en las que le preceden siempre ha hablado desde la experiencia como madre aunando sus conocimientos como médico, tal y como así nos lo ha comentado. ¿Tanto te cambio la perspectiva del cuidado de los hijos cuando fue madre? Siendo pediatra ¡usted jugaba con ventaja! ¿No?

Sí, la verdad es que sí que me cambio. Tengo que reconocerlo. Antes de ser madre llevaba la mochila de los seis años de carrera, el año encerrada preparando oposiciones, la plaza, y mis primeros años viendo pacientes, pero lo vives un poco la experiencia desde la barrera, aunque te impliques y trabajes entregándote al máximo. Lo vivía todo desde lo que nos explicaron en la Facultad, pero cuando eres madre lo vives desde dentro, desde el corazón, desde el miedo, desde la angustia, desde el descubrir que en tu vida hay una persona que quieres más de lo que has querido jamás a nadie y, entonces, esa visión y experiencia personal te humaniza enormemente, a todos los niveles, también como pediatra.

Es un libro que ha sido escrito guardando ese equilibrio entre el corazón y la razón.

Sí, sin duda. El sello de ‘Lucía, mi pediatra’ está en todos mis libros. No soy capaz de separar el rigor científico del corazón, de la empatía de contar las cosas con cercanía y desde la emoción. Se puede ser riguroso y exacto aportando toda la evidencia científica que tenemos respecto a todos los temas y asuntos, pero considero igualmente importante esa empatía y cercanía a las familias. La época de ir al médico y que te dé una lección magistral de lo que se debe hacer y lo que no, creo que ha pasado a la historia. Es el momento de bajar al terreno y ponerte en la piel del paciente, pero aportando lo que no tiene él en este caso y que son los conocimientos respecto a la salud de sus hijos.

   ¿Por qué, en concreto, escribir un libro así, Lucía?

Cuando tuve a mi primer hijo hace trece años leí todo lo que llegó a mis manos, pero en todos echaba en falta esa visión de madre, más sensible y empática, a la hora de abordar los temas del cuidado de los hijos y veía que hacía falta un libro en el que se hablase con rigor, pero sin perder de vista las emociones que, por ejemplo, viví con mis hijos. La edición de Planeta es maravillosa, se ha hecho un trabajo exquisito y con él, he querido recoger todos aquellos miedos y dudas que tienen los padres -hoy en día- a la hora de criar y cuidar de sus hijos, pero desde un abordaje muy práctico. Es un libro de consulta en el que tendremos pautas para saber o intuir mejor qué es lo que le está pasando a mi hijo en estos primeros años de su vida, incluida la adolescencia. Conoceremos cómo manejar una fiebre, qué es una neumonía, cuáles son los síntomas precoces de un cáncer infantil o como desobstruir un caramelo que se la ha atragantado. También se recoge cómo atender una picadura de medusa o la alimentación infantil pasando por cómo hablar de sexo, educar en redes sociales o abordar la adolescencia…. Todo lo que se vive, habitualmente, con los niños en su época de crecimiento con rigor científico y sensibilidad.

Los padres le van a tener que erigir un monumento porque el libro llega, además, cuando la sociedad está más acelerada, más tensionada, cuando los padres son padres como pueden… Son casi héroes por las condiciones económicas, sociales, la falta de conciliación…

Creo que viene en un momento necesario. Llevaba con esta idea hace más de un año y llega en un momento donde todos tenemos muchísima información a nuestro alcance, pero donde estamos más desinformados, precisamente por ese exceso de información… Muchas personas no saben qué es una fuente fiable y qué no y se dejan llevar por la rumorología, por los grupos de padres, por las redes sociales… En este sentido he intentado recoger en este trabajo un poco de cordura, rigor en lo que abordamos y poner un poco de sentido. Propiciar una pausa en los padres para que se detengan a leer, a pensar, y que, con fuentes fiables, sigan cuidando y criando a sus hijos. Los padres deben tener fuentes de referencia y deben aislarse del ruido. Esta es una cuestión que siempre les recomiendo a mis pacientes.

¿Somos mejores padres, ahora, que nuestros padres o hay diferencias?

Los padres hacemos lo que podemos. Nuestros padres nos han dejado el listón muy alto, al menos así es mi visión sobre mis padres y los de su generación. Ellos sí que eran héroes. Nosotros ahora no somos ni mejores ni peores. Creo que lo que ha cambiado han sido las circunstancias porque nuestra realidad y nuestro mundo no tiene nada que ver con la época de nuestros padres y nuestra juventud no tiene nada que ver con la se nuestros hijos. Nuestros hijos no van a vivir esos cambios tan importantes. En nuestra infancia no había internet, no había redes sociales, solamente estaba el periódico y poco más, con lo cual los padres tenían la información que provenía de su familia, del pediatra y la sabiduría popular y eso tranquiliza mucho tu día a día. La realidad actual es frenética, el ritmo de los trabajos, la exigencia laboral, las jornadas laborales… y ante esto debemos adaptarnos y vivirlo con aceptación y no como una mala suerte porque lo traspasamos a nuestros hijos y eso no es bueno. Hay que intentar disfrutar de la infancia de nuestros hijos porque es muy corta… en diez o quince años se ha ido y no vuelve.

Actualmente, antes, durante y después de la COVID-19, ¿qué problemas o consultas son las más frecuentes que la llegan a su consulta?

En los últimos quince años la evolución de los problemas o consultas ha cambiado, fundamentalmente, en consultas que están relacionadas con la exposición a internet. Antes, cuando éramos pequeños jugábamos con otros niños en la calle, en casa con juegos de mesa, puzles, muñecas, en el patio con los vecinos. Pero ahora están expuestos a toda la información que nosotros recibimos, desde edades muy tempranas, recibiendo unos estímulos y una cantidad de información, mayor, que la pudiéramos recibir nosotros cuando éramos niños… En este sentido la forma de jugar de nuestros niños ha cambiado mucho y eso ha cambiado su manera de comportarse. Actualmente, tenemos niñas de ocho o nueve años que se comportan con una madurez que no es la que les corresponde a la natural de su edad, se comportan como adolescentes de trece o catorce y es consecuencia del bombardeo de estímulos que reciben desde todos los lados. En ese sentido da un poco de pena ver que la infancia cada vez es más corta, me da la sensación que los niños son niños durante menos tiempo. Y por lo que respecta a los efectos derivados del confinamiento hemos observado que sí que está pasando factura en niños y en padres. Nos llegan niños con rabietas, padres con ansiedad, niños con miedos, fobias, apatías, con indicios de posible depresión… Los padres deben estar alerta por si ven a sus hijos con comportamientos descontrolados e inexplicables con el fin de atenuarlos, ayudarles a gestionar la situación y poner remedio saliendo con ellos para venzan el miedo a salir después de tanto tiempo en casa.

Ha mencionado la tecnología y su incidencia en el comportamiento o crecimiento y desarrollo de nuestros niños y adolescentes. ¿Cómo debemos gestionar este problema? ¿La tecnología les roba la infancia a nuestros niños?

Esto lo abordamos en el libro en un apartado en el que hablamos de los niños y la relación que deben establecer con las redes sociales e internet. Yo lo he vivido con mis hijos. Ellos han crecido con tecnología y ésta ha sido determinante en cuanto a su infancia. La exposición a la tecnología debe ser lo más tardía posible. Por ejemplo, por debajo de los dos años no deben tener contacto alguno con la tecnología ya que no tienen ninguna necesidad de ver pantallas, ni el móvil de papá o de mamá, ni la Tablet por muy educativos que sean los juegos. Así lo dice la OMS y otras instituciones, los niños menores de dos años no deben exponerse a pantallas. De unos dos años a los seis años solamente deben tener contacto con la tecnología con una hora de exposición a las pantallas. El niño necesita salir al aire libre, jugar al balón, en grupo… no necesitan exponerse más de una hora. Y los mayores de siete u ocho años en adelante, incluyendo la adolescencia, no bene estar con las pantallas más de dos horas al día, pero la realidad nos muestra que esto no se cumple y es difícil. No obstante, hay que controlar ese consumo para compensar la exposición con la tecnología con actividades que no necesiten de ella. Actividades al aire libre, de grupo, deportivas, que no necesiten de las pantallas.

El confinamiento, precisamente, nos ha llevado a todos -y a los niños también- a un uso continuo de las pantallas. ¿Es buena tanta tecnología en el aprendizaje de los más pequeños y adolescentes?

Siempre es mejor el libro a la pantalla. Esta demostrado que el aprendizaje es mucho mejor cuando se hace una lectura de un libro, se escribe en una libreta. No es lo mismo escribir en una pantalla que, por ejemplo, escribir a mano porque se es más consciente de lo que se piensa, de cómo se debe expresar, escribir, dar forma a la idea. A mí no me gusta que los niños de cinco o seis años escriban en una Tablet en el colegio y por eso creo que es mejor en esas edades lo analógico porque la tecnología siempre la tendremos a mano, pero el ejercitarse escribiendo, leyendo un libro, dibujando, es mucho mejor que hacerlo todo en una Tablet.

Ha hablado de adolescencia… ¿Sigue siendo la peor etapa en el crecimiento del niño?

Yo no quiero darle una connotación negativa a la adolescencia. Desde el punto de vista personal del niño es el momento en el que se producen más cambios en su personalidad donde, de repente, nos encontramos ante una nueva persona, un nuevo ser. El chaval se despide de su etapa infantil y aparece una nueva persona y se vive como un antes y un después. Pero, en cuanto a la intensidad en el crecimiento del niño, los tres primeros años de vida son en los que más desgaste puede que acusen los padres porque todo es nuevo: el crecimiento físico del niño, las etapas de negación, las rabietas, esa sí que es intensa para los padres… es más crítica que la adolescencia. Ésta última, en cambio, la veo como el surgir de una nueva persona que ha ido gestándose y ahora nace.

No obstante, este periodo es conflictivo porque se produce un distanciamiento y ruptura entre los padres y el adolescente. ¿Cómo se debe gestionar ese distanciamiento?

Con mucha paciencia, en todo momento, pero hay que echar el resto. Lo que ocurre es que en esta etapa también coincide que a los padres ya les queda poca paciencia porque están cansados de la crianza. Han ido a todas las escuelas de padres del mundo, se han leído todos los libros sobre cómo comprender a sus hijos, se han inscrito en todas las revistas de padres y están hasta el gorro de hablar de los hijos. Es en ese momento en el que los padres comienzan a buscar la recuperación de su vida social con los amigos y el propio matrimonio, pero esa actitud no es del todo buena porque la adolescencia es la traca final en el crecimiento de nuestros hijos y ahí hay que estar. Los adolescentes nos siguen necesitando, y aún deben seguir sintiéndonos como referente. Ellos se reafirmarán en el grupo de amigos, pero el referente debemos seguir siendo los padres.  Debemos tomar distancia de ellos para que crezcan, pero ellos deben saber que si nos necesitan estamos ahí, a su lado, incondicionalmente.

Los padres de ahora son más súper-protectores. ¿Hasta qué punto les perjudicamos más que les ayudamos en su crecimiento y desarrollo?

Somos excesivos y eso es un error que debemos asumir. Es un error que viene dado también por el poco tiempo que tenemos para estar con ellos y, entonces, cuando estamos con ellos les consentimos todo. Eso no es bueno. Es un error intentar compensar nuestra falta de tiempo para estar con ellos, claudicando en cosas que sabemos que no debemos claudicar. Esas actitudes, en las que podemos caer todos los padres, no son buenas para el crecimiento de los niños. A los hijos se les debe poner límites porque si nadie les dice lo que está bien y lo que está mal, no estamos educándolos adecuadamente. El niño necesita conocer los límites para no educarse como un niño tirano. Él debe saber que el mundo tiene reglas, normas, y hay que vivir en ese marco y adaptarse a ello.

Precisamente, se ha señalado mucho a la adolescencia por saltarse las normas en las fases de desescalada…

Bueno, hasta este momento tanto los niños como los adolescentes nos han dado una lección de aceptación, adaptación, resistencia y resiliencia espectacular a lo vivido. Llevaban mucho tiempo encerrados y es la hora de empezar hacer la vida más flexible, sin olvidar que todavía estamos saliendo de esta crisis sanitaria. En la naturaleza de los adolescentes está salir, compartir, socializar, son intenso y en ese exceso de intensidad se puede correr el riesgo de que se salten las normas, pero eso es responsabilidad de los padres, los cuales deben estar muy pendientes de todo esto. No nos podemos permitir que haya rebrotes por reuniones, por fiestas de chavales y jóvenes de dieciocho años. En este sentido, les pediría a los padres un esfuerzo extra para que les expliquen a sus hijos que de todos nosotros depende salir -antes o después- de esta situación por la que hemos atravesado. La responsabilidad está ahora en nuestras manos y ellos también deben ser responsables porque una imprudencia la podemos pagar todos.