Con más de dos décadas dedicadas a la restauración de obras de arte, Inmaculada Traver ha intervenido piezas de gran valor, como el Santo Cáliz de Valencia, la cruz procesional de Coratxà o el relicario del Santo Inocente de la Catedral de Valencia. Su labor, que combina rigor técnico y sensibilidad artística, se complementa con la docencia en las Aulas Universitarias de la Experiencia CEU (AUEX), donde comparte su conocimiento con quienes desean profundizar en la historia y conservación del patrimonio.

En esta entrevista, nos acerca a su trabajo y a la trascendencia que tiene para la sociedad.

“Es una gran responsabilidad que gracias a tu trabajo una obra pueda ser venerada, admirada y custodiada”

¿Cómo llegó a ser restauradora?

En un principio estudié Arqueología. Mi padre siempre nos llevaba a visitar yacimientos y sitios históricos, y eso despertó en mí un gran interés por el patrimonio, la cultura y la historia, que siempre me parecían misteriosos. Durante una campaña de excavación descubrí que eran los restauradores quienes realmente devolvían la vida a las obras de arte. Entonces pensé: “Creo que quiero ser restauradora”. Me cambié a Bellas Artes y después realicé dos másteres para especializarme. Actualmente, desde mi proyecto Mater Artis, intervengo en la recuperación y puesta en valor de patrimonio cultural en diferentes disciplinas: escultura, pintura y artes decorativas.

¿Ha descubierto detalles ocultos en alguna obra durante la restauración?

Es muy habitual encontrar fotografías o documentos manuscritos en el interior de las piezas, detrás de cuadros o retablos. El ser humano siempre ha tenido la tendencia de dejar constancia de sí mismo en las obras, especialmente en las de carácter devocional.
A veces aparecen fragmentos de periódicos antiguos que ayudan a datar intervenciones previas. Cuando desmontas una pieza para restaurarla, descubres detalles que pasan desapercibidos al espectador. Aprender a leer el lenguaje de estas obras permite conocer su historia: incendios, restauraciones anteriores o modificaciones sufridas a lo largo de los siglos. En ocasiones, cuando la obra no revela nada, hay que recurrir a archivos y análisis científicos para obtener respuestas.

Recientemente ha restaurado un belén dañado por la DANA. ¿Cómo ha sido este proceso?

Estaba preparado para montarse el año pasado, pero la DANA lo dañó. He recuperado la escena de la Epifanía. Es un belén muy singular porque presenta escenas típicas de la ciudad. Recuperar la indumentaria original ha sido un reto: era una amalgama de barro, se habían fragmentado los dedos y perdido tocados y coronas. Ahora puede visitarse en el Palacio de la Baylía, sede de la Diputación de Valencia.

¿Qué impacto genera ver una pieza completamente destrozada?

Es impactante, porque nadie puede controlar los daños causados por catástrofes naturales. También se deterioran por incendios, el paso del tiempo o el abandono.
A veces hay que ser realista y explicar a los responsables que no sabemos hasta qué punto se puede recuperar. Nunca se borra del todo la huella de los daños, porque también forman parte de su historia. Para nosotros es fundamental evitar restauraciones ilusionistas que creen falsos históricos. Las cicatrices son parte de la identidad de la obra. Nuestro objetivo es hacer lo máximo posible con los recursos disponibles.

Su trabajo permite recuperar las obras y, con ellas, nuestra historia

La principal importancia reside en la recuperación para el futuro. Los niños que hoy son pequeños —o que aún no han nacido— tienen derecho a disfrutar del patrimonio. Es una gran responsabilidad que, gracias a tu trabajo, una obra pueda ser venerada, admirada, custodiada y que se pueda aprender de ella y de los mensajes que transmite.

Dando clases a los alumnos de las AUEX.

¿Qué obra le gustaría restaurar?

Me gusta entender el patrimonio como un conjunto. He intervenido muchas piezas de la época de la Corona de Aragón. Una de las obras que me gustaría restaurar es el busto de San Valero de la Catedral de Zaragoza, inspirado en el rostro del Papa Luna, Benedicto XIII, quien terminó sus días en el Castillo de Peñíscola. Es un personaje fascinante que he estudiado en profundidad.

¿Cómo imagina el futuro de la restauración?

Debemos apoyarnos en las nuevas tecnologías, aunque al final siempre será el restaurador frente a la obra, intentando recuperar técnicas antiguas, algo difícilmente sustituible. Creo que cada vez somos más conscientes del valor del patrimonio y de su conservación. Casos como el robo en el Louvre o los daños por la DANA han hecho que se valore más esta profesión y, con ello, la historia.

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