Una experiencia formativa que combina creatividad, práctica real y comprensión profunda de los procesos que preparan a los niños para aprender a leer y escribir

La pizarra digital encendida, las bandejas sensoriales listas, los materiales coloridos distribuidos en pequeños rincones del aula y un teatrillo improvisado esperando turno. Son las ocho y media de la mañana y los estudiantes de segundo curso del Grado en Educación Infantil del CEU UCH revisan por última vez la secuencia de actividades que van a llevar a cabo con niños de tres, cuatro y cinco años. No es un simulacro, ni una práctica puntual: es el momento en el que las propuestas que han diseñado durante semanas en clase se ponen a prueba por primera vez en un entorno real.

Esta escena da vida a un proyecto coordinado por la profesora Mónica Belda, cuyo objetivo es claro: que los futuros maestros entiendan la lectoescritura en Educación Infantil no como la enseñanza directa de letras, sino como un proceso mucho más amplio y profundo, basado en prerrequisitos que se desarrollan a través del juego, el movimiento, la expresión corporal y el contacto sensorial.

“Lo importante es que comprendan que la lectoescritura empieza mucho antes del lápiz”, explica Belda. “Es un camino que se construye desde la percepción, la coordinación, el ritmo, la expresión oral, la memoria corporal. Y eso solo se aprende viviéndolo y diseñándolo”.

Para ello, la asignatura Didáctica de la Lengua se convierte en un taller de creación en el que el alumnado diseña materiales didácticos, elabora un Libro Interactivo de las Letras y prepara actividades expresivas. Todo ello culmina con una intervención en el aula infantil del colegio Jesuitinas de Elche, donde pueden observar cómo los niños reaccionan a sus propuestas.

Materiales que cobran vida

La primera fase del proyecto invita al alumnado universitario a elegir un fonema y a convertirlo en el eje conductor de todas las actividades. Esto abre un proceso de investigación y diseño fundamentado en los prerrequisitos necesarios para la adquisición de la lectura y la escritura, tal como los recoge Pamela Ferreira.

Los estudiantes identifican, uno a uno, los aspectos que deben potenciarse en Educación Infantil:

  • percepción visual y auditiva,
  • lateralidad,
  • orientación espacial y temporal,
  • motricidad fina,
  • memoria cinestésica,
  • esquema corporal,
  • desarrollo del lenguaje oral.

Con este mapa conceptual, comienzan a diseñar actividades adaptadas a la edad y a los objetivos. Una parte del trabajo es digital: creación de un libro interactivo con Genially, ilustraciones generadas con IA, audios que explican fonemas, pequeñas animaciones, retos gamificados que los niños pueden resolver arrastrando imágenes o tocando la pantalla. La otra parte es manual y sensorial: tarjetas fonológicas, puzzles, circuitos motrices, bandejas de arena, dados ilustrados, materiales Montessori, recortables y objetos destinados a reforzar la asociación entre sonido, gesto y significado.

“Les pedimos que piensen en materiales útiles, claros y manipulables”, explica la docente. “Un buen recurso educativo no es el más vistoso, sino el que realmente permite al niño experimentar, equivocarse, repetir y comprender”. El aula universitaria se convierte durante varias semanas en un espacio de producción creativa: estudiantes recortando plantillas, probando animaciones, ajustando audios, reorganizando secuencias de actividades y debatiendo qué propuesta responde mejor a cada prerrequisito.

La prueba real en el aula

Tras la etapa de diseño llega el momento clave: llevar las propuestas al colegio Jesuitinas de Elche. Los estudiantes del CEU preparan distintos rincones de aprendizaje, cada uno centrado en un objetivo:

  • un área sensorial para trazar letras,
  • una zona motriz para trabajar la dirección y la lateralidad,
  • un espacio narrativo con un teatrillo,
  • una estación digital con el libro interactivo,
  • un rincón para actividades fonológicas auditivas,
  • dinámicas de expresión oral en asamblea.

Los niños entran en el aula y, casi sin necesidad de instrucciones, comienzan a explorar. Los universitarios observan cómo se mueven, qué les llama la atención, qué dificultades aparecen, qué necesitan adaptar para que la actividad fluya.

En esta fase, el aprendizaje de los futuros maestros se vuelve tangible: deben interpretar en tiempo real las reacciones del alumnado infantil y ajustar su propuesta en función de ellas. Para muchos, es la primera vez que ven cómo un niño necesita una pauta diferente, cómo una consigna debe reformularse o cómo un material que funcionaba en teoría debe ser simplificado.

Belda resume así este proceso:“Cuando un estudiante observa cómo un niño responde ante un material que él ha creado, comprende la responsabilidad y la riqueza del oficio docente. No se trata de aplicar una ficha, sino de diseñar experiencias significativas que acompañen al desarrollo”. Los universitarios toman notas, registran observaciones y conversan al final de la sesión con la maestra del aula. Esta información constituye el punto de partida del último paso: la reflexión crítica.

Aprender desde la reflexión

De vuelta en la universidad, cada grupo revisa aquello que ha sucedido en el aula: qué funcionó, qué se puede mejorar, qué ajustes son necesarios para adaptar la actividad al nivel de los niños. Este análisis se realiza con la guía de Belda y del equipo docente, que acompaña al alumnado en la interpretación pedagógica de las observaciones.

“Un maestro —insiste Belda— es un diseñador constante. La práctica te obliga a replantear, a observar y a comprender. Solo entonces puedes transformar tu intervención y responder mejor a las necesidades del niño”. La reflexión se convierte en un ejercicio de pensamiento crítico, uno de los pilares del enfoque pedagógico del CEU UCH. Los estudiantes descubren que la formación docente no es reproducir modelos, sino desarrollar la capacidad de crear, analizar y ajustar.

Es en este punto donde la profesora subraya el valor de la colaboración docente:
La implicación de las profesoras Andrea Hernández, Mónica Belda y la vicedecana María Pascual Segarra ha permitido que este proyecto se convierta en una experiencia profesionalizante que conecta la universidad con la escuela y que sitúa al niño en el centro del aprendizaje”.

Mirada al futuro: maestros que piensan y crean

El proyecto responde a un planteamiento de fondo: formar a maestros capaces de mirar la educación infantil con profundidad y sensibilidad pedagógica. De comprender que la lectura y la escritura no son destinos, sino procesos que se construyen desde la primera infancia. En esa mirada, la creatividad no es un adorno, sino una herramienta esencial. Los recursos digitales aportan estímulo visual y auditivo; los materiales manipulativos permiten experimentar desde el cuerpo; las dinámicas expresivas activan el lenguaje oral y la comunicación; la observación educativa orienta la toma de decisiones.

El resultado es una formación integral, que prepara al futuro docente para:

  • diseñar actividades coherentes,
  • organizar espacios de aprendizaje,
  • interpretar la diversidad de ritmos y necesidades,
  • integrar tecnologías con sentido,
  • fundamentar cada propuesta en el desarrollo infantil,
  • evaluar su propio trabajo para mejorar.

Como resume Belda: “La infancia necesita maestros que piensen y creen, no que reproduzcan actividades. Y eso solo se aprende haciendo”.

Artículo anteriorCollares GPS para ovejas, por la continuidad de la trashumancia
Artículo siguienteJorge Lengua: una estrella Michelín al talento, la formación y la constancia