Una opinión de Borja Gregori
En los Juniors de Santa Teresa Jornet, los míos, una de las canciones que más cantábamos cuando era niño era Enciéndeme, de Hakuna. Probablemente no sea una de sus letras más conocidas, como sí lo son Huracán, Te alabo o El único rey, pero para nosotros siempre ha sido nuestra canción. En su estribillo dice: “Enciéndeme y hazme arder donde haga falta”, una frase que, ahora más que nunca, creo que resume a la perfección mi experiencia durante la visita del Papa a Madrid.
Ya no hablo como periodista, después de tres días frenéticos realizando la cobertura de un momento histórico en España, sino como Borja Gregori Franco: un joven católico que vuelve a Valencia con una experiencia no solo laboral, sino también espiritual, que recordará durante toda la vida. Enciéndeme es, precisamente, lo que pido después de todo lo vivido. Señor, hazme arder donde haga falta.
León XIV no ha dejado de insistir durante estos cuatro primeros días de su visita apostólica a España, en la necesidad de volver a ser humanos. Y, sinceramente, creo que durante estas jornadas algo de eso se ha conseguido. Lo he visto en los rostros de los peregrinos, en los voluntarios, en los sacerdotes, en los jóvenes y, también, en los propios periodistas. Por unos días, hemos dejado atrás las prisas, los móviles y las distracciones para mirar de nuevo a lo esencial.

Pero también creo que ahora llega una parte fundamental: no olvidar lo vivido. Para bien o para mal, vivimos en una sociedad en la que todo pasa en un abrir y cerrar de ojos. Las emociones duran poco, las noticias se suceden sin descanso y existe el riesgo de que incluso una experiencia como esta, que ha reunido a millones de personas en Madrid, quede enterrada bajo la rutina de los próximos días.
Desde el punto de vista laboral, esta vivencia ha sido mágica. Poder cubrir la Vigilia y la Eucaristía -entre otros-, dos de los actos más importantes desde el punto de vista cristiano en la visita de León XIV y hacerlo desde el lugar en el que estuve fue un privilegio enorme. Han sido jornadas de mucho cansancio, de dormir poco y de trabajar sin apenas pausa: súbete de buena buena mañana a un autobús escoltado por la policía pareciendo que los periodistas fuéramos unas estrellas del rock, bájate, escribe rápido y envía la crónica, vuelve al Centro Internacional de Prensa llega pasada la medianoche a Sol, levántate a las cinco de la mañana, ponte el traje porque vas a un acto protocolario, acreditación p’arriba, acreditación p’abajo… Pero también han sido jornadas de esas que uno sabe que merecen la pena, incluso mientras las está viviendo.

De hecho, una de las cosas que más me impactó ocurrió justo el primer día. En la Puerta del Sol, donde estaba situado el Centro Internacional de Prensa, vivimos uno de los momentos de mayor estrés. La llegada del Papa a suelo español. Sin embargo, justo cuando su Santidad puso pie en Madrid todo el mundo paró de hacer lo que estaba haciendo y comenzó a aplaudir en el instante en que León XIV bajaba del avión. Sinceramente, me pareció una imagen que resumía muy bien lo que el Papa había pedido, incluso antes de decirlo: volver a ser humanos y aprender a apreciar el silencio.
También me impactó especialmente la visita del Papa al Bernabéu. Gustos futbolísticos aparte, que quien me conoce ya sabe la opinión que tengo no solo del estadio blanco sino también de la propia entidad comandada por Florentino Pérez, fue emocionante. Impactante. Grandiosa. No solo por estar allí presente, sino por ver cómo la Iglesia marcaba un golazo en la casa blanca. Se me pusieron los pelos de punta, y, más aún, cuando se veía cómo el propio León XIV se emocionaba con ese himno que va a quedar como un hit para la Iglesia.
Por todo ello, vuelvo a Valencia y escribo esto en el AVE que está llevándome a casa con la misma frase con la que empecé este viaje resonando dentro: enciéndeme y hazme arder donde haga falta.



