Erasmus: una experiencia única y original

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Tras un primer mes intenso tratando de descifrar qué significa ser Erasmus, en esta segunda parte, y tras varias vivencias más, la pregunta ha evolucionado a aquella que intenta responder a las expectativas: ¿cómo debe ser un erasmus?

No sé si alguna vez te lo habrás planteado o vivido, pero cada vez que una persona dice que está de Erasmus, la gente no tarda en hacer aspavientos recalcando que va a ser, sin duda, el mejor momento de su vida. Pero… ¿y si no es así? ¿Y si no todos los días son una montaña rusa de emociones? ¿Existe cierta presión por hacer de esta experiencia el mejor viaje posible? Diría que sí.

Obviamente no voy a tratar de convencer de que esto no está siendo una vivencia cuanto menos increíble. Me está ayudando a crecer personalmente y no puedo estar más agradecida. Pero, sí que es verdad, que tal vez no todos los días la fiesta es igual de buena o, simplemente, igual no todos los días te apetece salir.

De hecho, esta primera quincena del segundo mes aquí ha empezado por un lado mucho menos fiestero y más deportivo. He ido a mi primer partido de Champions y, aunque ya había ido al San Siro (porque sí, os recuerdo que estoy en Milán), esta experiencia ha sido muy distinta: más afición, más emoción y, obviamente, un poco más tensión. Pero he de decir que, en cuanto al ambiente, a Italia aún le queda por aprender de la grada de animación del Valencia. Aunque sigo sin entender cómo aquí pueden estar tan baratas las entradas…cosa que, sinceramente, prefiero no cuestionar demasiado por si se arrepienten.

Después de esa primera victoria Champions para el Inter de Milán, llegó otra pequeña victoria personal: he terminado todos los trámites burocráticos. O eso creo… toco madera, por si acaso. Porque sí, después de un mes de cambiar asignaturas, firmar papeles y mandar muchos correos, parece que ya tengo todo en orden. Para ser sincera, cuando empecé todo esto no imaginaba que fuese a costar más tiempo que me dieran cita para examinarme del carnet de conducir.

Por supuesto, como ya dije, el Erasmus también va de moverse (y no únicamente entre oficinas de movilidad). Así que tocó pasar al siguiente clásico: el primer viaje. Turín fue el lugar elegido para esta primera aventura y la verdad es que la ciudad nos encantó. Solo diré que ya tengo tres más planeados, pero prefiero no desvelarlos todavía. Bueno, igual os hago un pequeño spoiler, y es que este finde me escapo a Génova.

Y, si los viajes te hacen salir de la “rutina”, hay algunas visitas que te hacen volver a casa, aunque sea solo por un rato; eso os lo puedo asegurar, porque este mes empezó con la visita de mi familia. Nunca habían estado en Milán y pudieron disfrutar de la ciudad en primicia, incluyendo también sus famosas lluvias. Además, me trajeron a mi nuevo hogar mucho amor. Porque si algo he aprendido es que el cariño también puede venir en formato electrodoméstico ya que me trajeron una batidora para hacer purés. Más tarde, vino una de mis mejores amigas,  con quien pasé unos días increíbles y me hizo darme más cuenta de algunas de las maravillosas personas que me están acompañando en este viaje en Milán.

En cuanto a las fiestas, siguen ahí, claro. Pero ya no con la intensidad del primer mes. Ahora son menos improvisadas y más selectivas. A veces hay que pasar de decir “sí” a todo, a aprender a decir: “mañana tengo una clase de 4 horas a primera y me niego a vivir con sueño existencial”. Y oye, eso también es madurar, aunque bueno, tampoco es que diga que no a muchas…

Así que, volviendo a la pregunta del principio —¿cómo debe ser un Erasmus?— diría que no hay una sola forma. No tiene que ser una competición de quién viaja más, sale más o tiene más anécdotas surrealistas. Al final, cada Erasmus es distinto, y eso es justo lo que lo hace especial. Porque, si algo he aprendido en estos dos meses es que, si es la mejor experiencia de tu vida, tienes que hacerla tuya, no de los demás.