- Organizado por el Centro de Estudios, Formación y Análisis Social CEU-CEFAS y la Universidad CEU Cardenal Herrera
- El filósofo y escritor francés Fabrice Hadjadj, autor de más de cuarenta obras, ha pronunciado la conferencia inaugural y el presidente de la Conferencia Episcopal Española ha clausurado el Congreso en el Paraninfo de la CEU UCH
El rector de la Universidad CEU Cardenal Herrera, Higinio Marín y el director del Centro de Estudios, Formación y Análisis Social CEU-CEFAS, Elio A. Gallego, han inaugurado el Congreso CEU-CEFAS (Des)Arraigo, que durante dos jornadas ha reunido en la CEU UCH a filósofos, escritores y profesores de distintas universidades para reflexionar sobre los desafíos culturales, existenciales y espirituales de nuestra época. El rector ha subrayado la importancia de la familia como el ámbito esencial en el que se forja la existencia humana y Gallego, por su parte, ha destacado que el arraigo es uno de los derechos y bienes fundamentales de la persona, capaz de influir profundamente en su destino.
El profesor Juan Carlos Valderrama, director del Departamento de Ciencias Políticas y delegado de CEU CEFAS en la Universidad CEU Cardenal Herrera, ha explicado que el Congreso (Des)Arraigo es “una invitación a pensar sobre qué significa estar en el mundo, pertenecer, tener un lugar al que ir y, sobre todo, volver, en un momento histórico en que toda pertenencia se juzga represiva y toda herencia sospechosa”.


Una vuelta a la realidad
El director ejecutivo de CEU-CEFAS, Fernando Nistal, ha presentado al filósofo y escritor francés Fabrice Hadjadj, quien ha ofrecido la conferencia inaugural “Una vuelta a la realidad: la vida comunitaria”. Hadjadj ha partido de la idea de que todo ser humano conserva una nostalgia del jardín originario, pero esta añoranza exige distinguir entre aquello que debe enraizarse, lo que debe arrancarse y lo que necesita cuidado para crecer. La vida aparece así como una tensión entre muerte y plenitud, entre soledad y comunidad. En este marco ha introducido la noción de “vuelta”: un movimiento más profundo que el simple arraigo o desarraigo, pues implica salir, perder y reconocer nuevamente lo real. Solo después de haberse alejado, la casa se revela como casa. Toda vuelta es acontecimiento, ruptura de la repetición, experiencia del tiempo que transforma interiormente y que solo se comprende mediante la memoria, cuyo ritmo —como enseña Machado— combina repetición y diferencia.


Fabrice Hadjadj ha ilustrado esta lógica de la vuelta con tres figuras: Ulises, Eneas y Abraham. Cada una encarna un modo distinto de regresar a la realidad y de relacionarse con la verdad: Ulises representa el retorno al origen y el desvelamiento de lo olvidado (aletheia); Eneas, el impulso fundacional y la verdad ligada al orden y a la expansión (verus); y Abraham, la apertura al porvenir que supera todo cálculo y se manifiesta como revelación (’emet). De estos modelos surgen tres modos de arraigo y de vida comunitaria: la ciudad griega, la república romana y la tierra prometida. Para Atenas, la tierra se posee por el mero hecho de la propiedad; para Roma, se convierte en propia solo cuando se cultiva y se hace fructificar; según el Génesis, en cambio, el verdadero arraigo es vocacional y teologal, un don recibido por gracia y sostenido por la misericordia. Estas “tres vueltas” se corresponden también con tres formas de convivencia: la comunidad, la sociedad y la comunión. La comunidad se fundamenta en un bien previo —la diferencia sexual, la división del trabajo (aldea) y la lengua— y constituye el ámbito natural descrito por Aristóteles. La sociedad romana se articula por la lealtad a la ley y por instituciones que superan los vínculos meramente naturales. La comunión cristiana, por su parte, trasciende el orden civil y supone la coexistencia entre la ciudad de Dios y la terrena, entremezcladas hasta el juicio final, lo que exige amar al enemigo, vigilar al amigo y desconfiar de uno mismo. En esta convivencia se manifiestan tres órdenes de verdad: el natural, el cultural y el teologal, armónicos en tensión y jerarquizables sin anularse. En la segunda parte de su exposición, el pensador francés ha apelado a una “arqueología del porvenir”, inspirada en Higinio Marín, para señalar que todo progreso auténtico supone un retorno renovado al principio. Frente a una modernidad que intentó abolir lo trágico y a una posmodernidad tentada de huir hacia mundos virtuales, Hadjadj defende que la condición humana solo puede asumirse desde la confianza en la Palabra que abrazó la tragedia. En este contexto, señala que la humanidad vive un particular “Viernes Santo” y ha propuesto un nuevo imperativo: no transformar el mundo a cualquier precio, sino preservarlo, sosteniendo incluso su fragilidad y el mal ordinario, y ofreciendo nuestra vulnerabilidad como forma de responsabilidad ante el mundo.



A continuación, ha tenido lugar la mesa redonda “Pasiones sin objeto. La soledad del hombre moderno”, en la que han conversado el profesor de la Universidad Católica de Valencia, Eduardo Ortiz Llueca y la profesora de la Universidad CEU Cardenal Herrera Feliciana Merino. Ortiz ha desarrollado su intervención entorno a la idea del amor como aquello que da raigambre al hombre, así como la importancia del orden en los afectos para lograr una vida con sentido. Por su lado, la profesora Merino ha explicado la soledad del hombre actual no como un destino metafísico, sino como una fractura con quien fuimos creados. Así pues, ha afirmado que el sistema ha ocupado el lugar de Dios y “nos vende que la soledad es prueba de empoderamiento, de autonomía”.


Después ha tenido lugar la ponencia titulada “El extrañamiento como síntoma”, impartida por el filósofo y escritor Jorge Freire. Su explicación ha versado sobre la reducción del hombre a categoría de individuo por la que se le desvincula de todo tipo de lazos afectivos y personales, y su única seguridad es provista por el Estado. Así pues, Freire ha destacado que es la familia aquello que nos ha formado y nos ata a nosotros mismos: “frente al discurso general, la familia no es aquel lugar que hay que abolir a toda costa”, sino como ha compartido el filósofo, la familia es aquel lugar que hay que proteger.

Por la tarde han intervenido las escritoras Ana Iris Simón y Aurora Pimentel, en la mesa redonda titulada “Tener, ser, pertenecer”. Pimentel ha explicado la dimensión antropológica del tener como una necesidad del hombre el poseer y tener para desarrollarse como persona. Además, ha explicado que la parte más importante es que aquello que poseemos es siempre recibido y, por ello, es imprescindible para los hombres vivir el agradecimiento: “Nuestro tener tiene que estar equilibrado con agradecer lo recibido en muchos planos”, ha afirmado. De esta manera la traductora ha explicado que el arraigo no es solo tener, sino tener con los otros. Ana iris Simón ha explicado que el hombre contemporáneo ha sido educado para considerar que es aquello que consume y que produce y que esa visión pobre del hombre hace que “los jóvenes echen de menos a día de hoy el arraigo”. Así pues, ha explicado que antes era más sencillo para el hombre conocer cuál era su lugar y es esa necesidad la que ha revitalizado la búsqueda de un sentido trascendental: “El resurgir espiritual puede ser la manera de reconocer que hay algo más”, ha afirmado.


Finalmente, el profesor y escritor Carlos Marín-Blázquez ha ofrecido la conferencia “Para salir del naufragio”, quien ha expuesto que la sociedad actual difumina nuestros lazos y nuestra necesidad del otro y que, sin embargo, para el hombre lo más importantes es poder echar raíces. Así Marín-Blázquez ha explicado que el mundo autorreferencial en el que vivimos y la sociedad hedonista e inmadura incapacitan al hombre para ahondar en su sentido.

En la segunda jornada Tomás Baviera y Marcin Kazmierczak han participado en la Mesa Redonda “Habitantes sin lugar. Nomadismo y pérdida”. Baviera ha explicado que “cuando damos la espalda a Dios y no vivimos de acuerdo con la verdad no nos hacemos más libres, sino más inhumanos”. En este sentido, ha expuesto que el hombre contemporáneo ha vivido bajo la idea de que todo es contingente y cambiante, pero con el deseo de encontrar un sentido que esté más allá. Por su lado, Kazmierczak ha explicado que somos náufragos porque nos han destruido nuestro relato común, es decir, la cultura que ha vertebrado nuestra existencia. Así pues, ha hecho hincapié en que la lucha y compromiso por defender nuestro relato no es solo una lucha actual, “siempre ha sido necesaria y lo seguirá siendo”.


A continuación, la profesora María Calvo, de la Universidad Carlos III de Madrid, ha pronunciado la conferencia «Un lugar al que volver”. En ella, Calvo ha querido incidir en la idea de que “somos seres genealógicos” y que la familia es el lugar que nos permite ser y nos da un significado en la vida. Para la profesora de la Universidad Carlos III la familia es aquel lugar al que volver y en el que los padres deben procurar dejar ser a sus hijos, y los hijos entender que la pertenencia no es esclavitud, sino lo que permite verdaderamente ser libres a los hombres: “Los vínculos nos liberan”, ha afirmado.

El hombre que vive en sociedad
El broche final del encuentro lo ha puesto el presidente de la Conferencia Episcopal Española, Monseñor Luis Argüello, con la conferencia “Culto, cultivo, cultura: órdenes (y desórdenes) de la ciudad). En ella ha ofrecido un análisis sobre las distintas formas de relación que el ser humano ha desarrollado en las ciudades a lo largo de los siglos. Asimismo, subrayó la centralidad que adquiere hoy la cuestión de Dios y del hombre, concretada en la relación entre naturaleza y gracia, pues es esta última la que incide de manera decisiva en la configuración de la cultura. “La cuestión de Dios y del hombre está en nuestra propia comprensión de lo humano, y en esta comprensión hay una cuestión central: la relación entre naturaleza y gracia que genera cultura, pues el ser humano es en sí un ser cultural”, ha apuntado monseñor. En un momento en el que la cultura quiere ser protagonista y deja de lado la naturaleza, queda reflejado el problema del individualismo y el sacrificio humano que afronta la sociedad.



Según ha mostrado Mons. Argüello en su ponencia, la relación entre vocación y gracia hizo surgir una palabra para expresar la novedad del amor humano a la luz de la revelación: “agape, caritas”: “Somos llamados a vivir la caridad con una forma concreta según nuestra vocación. Yo estoy llamado a dar la forma en la caridad pastoral. Ustedes los laicos están llamados a dar forma a la caridad en lo que la Doctrina Social de la Iglesia llama caridad política”, ha explicado Argüello






