Joaquín Navarro-Valls, el día de su investidura como doctor Honoris Causa por el CEU-UCH, junto a la profesora María José Pou, que actuó como madrina.
Joaquín Navarro-Valls, el día de su investidura como doctor Honoris Causa por el CEU-UCH, junto a la profesora María José Pou, que actuó como madrina.

La profesora de Periodismo, María José Pou, escribe estas líneas en memoria de Joaquín Navarro-Valls, doctor Honoris Causa por el CEU-UCH en 2005.

«La Universidad CEU Cardenal Herrera fue la primera. Después vinieron otras, pero la CEU-UCH fue la primera en otorgar un doctorado Honoris Causa a Joaquín Navarro-Valls. Acababa de morir Juan Pablo II y él había sido la imagen de una Iglesia conmocionada y al mismo tiempo agradecida con Juan Pablo el Grande. Había dado toda una lección de trasparencia, disponibilidad y capacidad de reacción ante uno de los funerales más globales de la historia. Miles de periodistas, decenas de equipos de televisión emitiendo desde San Pedro y los ojos del mundo entero fijos en una ventana, en un gesto y en unos rituales ancestrales pero de una potencia comunicativa difícilmente superable. Y en aquel gran escenario, digno de un Papa magno, un español austero y enjuto, serio y caballeroso, Joaquín Navarro-Valls.

Tampoco fue casualidad que fuera una Universidad de la Asociación Católica de Propagandistas la que tuviera sensibilidad y decisión para comprender y poner en valor sus modos y la imagen de la Iglesia que Juan Pablo II junto a su portavoz habían construido. En definitiva respondían a los deseos de Ángel Herrera Oria: «periodismo católico» donde lo sustantivo es «periodismo» y lo adjetivo «católico». Herrera lo aplicaba a El Debate y Navarro Valls, a la comunicación institucional de la Iglesia.

Recuerdo esa mañana, cuando lo conocí, poco antes de empezar la ceremonia de los Honoris Causa: su formalidad conmigo -profesora Pou- que luego se tornaría en una confianza y un afecto inmerecidos; su humildad al entrar en la sala de togas y su rubor al verse rodeado de mucetas y birretes. Más tarde fue acostumbrándose al Gaudeamus y a la pompa universitaria porque llegaron otros actos similares, pero él siempre me recordaría su primer Honoris Causa. Lo hacía aún con estupor y sorpresa, incapaz de asumir la magnitud de su paso por la comunicación de la Iglesia; abrumado por un reconocimiento que se resistía a jalear en demasía. No era amigo de homenajes, aplausos y premios. Solo los estrictamente necesarios. Aún un año después, me recordó el gran honor que el entonces Rector, Alfonso Bullón de Mendoza, le hizo proponiéndole para ocupar un lugar en el cuadro más excelso de la Universidad. Y me lo reprochaba con una media sonrisa prometiéndome una plaza en las salas de tortura del Santo Oficio.

La razón era evidente. No era humildad lo suyo; era la convicción de que el servicio a la Iglesia pasa por utilizar el puntero. No es un portavoz, ni siquiera un Papa santo, el centro de interés. El merecido aplauso llega cuando se es capaz de dirigir la mirada de todos, incluso de los no creyentes, hacia Aquel que da sentido a todo. Lo grandioso es que, además, lo hiciera desde el rigor, la profesionalidad y la hondura humana que trazan su perfil, lo elevan a modelo para profesores y estudiantes, y justifican un Doctorado Honoris Causa que, desde entonces, le hizo tener a Valencia en un rincón especial del corazón».

Mª José Pou Amérigo