Los deportes electrónicos son un fenómeno creciente que suscita muchas dudas entre la sociedad. El profesor del Grado en Ciencias de la Actividad Física y del Deporte e Investigador principal del grupo Educación, Pedagogía y Didácticas Específicas de la Universidad CEU Cardenal Herrera, Fernando Gómez Gonzalvo, las aclara en este artículo

Los esports, o deportes electrónicos, ya forman parte del día a día de millones de jóvenes. Sin embargo, siguen generando numerosas preguntas entre familias, docentes y la sociedad en general. ¿Son un deporte? ¿Favorecen el sedentarismo? ¿Son seguros para los menores?
Antes de responder, es necesario comprender este fenómeno y dejar a un lado algunos prejuicios.
Una de las confusiones más habituales consiste en identificar los esports con los videojuegos deportivos. No son exactamente lo mismo. Los primeros son competiciones organizadas de videojuegos que cuentan con reglamentos, ligas, torneos y jugadores que entrenan para mejorar su rendimiento. Algunos de esos videojuegos recrean deportes como el fútbol o el baloncesto, pero muchos otros pertenecen a géneros completamente distintos, como la estrategia, los juegos de rol o los combates por equipos.
‘El deporte tradicional seguirá existiendo independientemente de los esports, y los esports ya no necesitan la etiqueta de deporte para justificar su importancia social’
Entonces, ¿podemos considerar los esports como un deporte? Durante años este debate ha ocupado a investigadores de diferentes disciplinas. Algunos sostienen que no pueden clasificarse como deporte porque la actividad física es limitada y la competición se desarrolla en un entorno virtual. Otros defienden que sí, ya que exigen habilidades técnicas complejas, entrenamiento, preparación cognitiva e incluso una importante exigencia física en determinados contextos competitivos.
Personalmente, considero que esta discusión ha perdido parte de su relevancia. El deporte tradicional seguirá existiendo independientemente de los esports, y los esports ya no necesitan la etiqueta de deporte para justificar su importancia social. Lo verdaderamente interesante hoy es observar cómo ambos mundos se están influyendo mutuamente.
Cada vez encontramos más ejemplos de esta convergencia. Algunas disciplinas olímpicas, como el taekwondo, han incorporado modalidades virtuales en las que los atletas interactúan mediante avatares en tiempo real. Al mismo tiempo, los deportes tradicionales utilizan cada vez más recursos digitales para analizar jugadas, recrear situaciones de competición o mostrar al espectador el punto de vista de los deportistas.

Sedentarismo y seguridad
Otra preocupación frecuente es la relación entre los videojuegos competitivos y el sedentarismo. Sin embargo, creo que sería un error convertir a los esports en el principal responsable de este problema. El aumento del sedentarismo tiene causas mucho más amplias relacionadas con nuestros modelos de trabajo, la organización de las ciudades y los hábitos cotidianos y de consumo.
Vivimos en una sociedad altamente digitalizada y es lógico que surjan formas de ocio vinculadas a la tecnología. La cuestión clave no es si los jóvenes juegan a videojuegos, sino si mantienen niveles adecuados de actividad física en el conjunto de su vida diaria. Por eso resulta fundamental promover espacios urbanos que favorezcan el movimiento, como carriles bici, zonas verdes o áreas peatonales, además de políticas públicas que impulsen hábitos saludables.
‘Saber a qué juegan los menores, cuánto tiempo dedican a esta actividad y con quién interactúan es la mejor forma de garantizar un uso responsable’
También suelen preocupar los riesgos asociados al entorno digital. Es cierto que existen amenazas, pero hoy disponemos de más herramientas para afrontarlas. Las comunidades de jugadores cuentan con normas de conducta, la legislación protege a los menores frente a los delitos digitales y sistemas como PEGI orientan sobre la edad recomendada y los contenidos de cada videojuego.
Aun así, ninguna regulación sustituye el papel de la educación. Como ocurre con cualquier tecnología, el acompañamiento familiar resulta esencial. Saber a qué juegan los menores, cuánto tiempo dedican a esta actividad y con quién interactúan es la mejor forma de garantizar un uso responsable.




