Una entrevista Laura Fargueta / Imagen: Archivo
La escritora aragonesa Inés Plana regresa a las librerías con Las espías y el enigma de Aquiles, la cuarta entrega de la serie protagonizada por el capitán de la Guardia Civil Julián Tresser. Desde su debut con Morir no es lo que más duele, Plana ha ido construyendo un universo narrativo propio en torno a este personaje, cuya evolución personal y profesional ha acompañado al desarrollo de la saga. En esta ocasión, la autora amplía el alcance de la historia y sitúa por primera vez la acción fuera de España, en una trama de espionaje internacional atravesada por la tecnología, los servicios de inteligencia y las tensiones geopolíticas contemporáneas.
El capitán Julián Tresser vuelve a situarse en el centro del conflicto. ¿Cómo ha evolucionado el personaje desde Morir no es lo que más duele hasta esta nueva entrega?
En la primera novela, Tresser era un teniente de 40 años, pero un viejo joven: solitario, huraño, borde y machirulo. El personaje llega a expresar en voz alta que no aguanta a las mujeres en la Guardia Civil. Yo tenía planteada una evolución para Tresser, pero para que esa evolución fuera posible tenía que partir prácticamente desde cero: de una persona muy poco sensibilizada con la mujer y con todo lo que rodea al progresismo. A partir de la mitad de la novela empieza su evolución, que continúa ahora, cuatro novelas después. Es la evolución que deberíamos tener todos: no quedarnos encerrados en nuestra propia tontería, sino evolucionar en la vida y abrir la mente para cambiar ideas y escuchar otros puntos de vista.
Es la primera vez que sitúa a Julián Tresser fuera de España y lo coloca en un tablero internacional. ¿Qué retos narrativos supuso esa ampliación de escala?
Muchísimos. Por eso tardé en abordar esta novela, porque técnicamente es compleja. Hay muchos escenarios y muchos personajes: quince secundarios relevantes, quince psicologías distintas y escenarios repartidos por diferentes continentes. El reto técnico ha sido poder organizar todo eso y expresarlo de tal manera que el lector no se pierda, que siempre esté centrado, que la narración avance con naturalidad, como si yo me hubiera levantado por la mañana, lo hubiera escrito y hubiera salido así. Cuando una novela nos gusta es porque hay mucho trabajo detrás. Ha sido un reto muy importante para mí, pero eso forma parte también del aprendizaje y del crecimiento como autora.
La guerra en Ucrania se menciona como telón de fondo del desarrollo tecnológico. ¿Cómo influye el contexto internacional real en la construcción de la ficción?
El momento histórico que eliges tiene consecuencias, detonantes y resultados, e influye en la vida de los personajes. Hay que tener mucho cuidado al plantearlo. En mi caso, parto de una acción que transcurre un año después de la invasión de Ucrania por parte de Putin, que conmocionó al mundo. Hay un antes y un después de esa invasión, porque fue la primera vez desde la Segunda Guerra Mundial que Europa tenía una guerra a sus puertas —aunque Ucrania también sea Europa, pero para entendernos, hablo de la Europa occidental—. Todas las agencias de espionaje quedaron desconcertadas, porque no pensaban que Putin daría ese paso. Por otro lado, Putin creía que iba a ser un paseo, sin imaginar la resistencia numantina de los ucranianos. Ha sido una tormenta perfecta: esa invasión se unió también a la llegada al poder de Trump, que es como un niño grande jugando en su habitación con los países, dándole patadas a unos y a otros. En cualquier novela de espionaje el contexto internacional es casi una convención. El espionaje es información. Tuve que introducir un conflicto internacional porque lo requería la historia: es un MacGuffin, un detonante para que toda la trama se ponga en marcha.
«En las novelas históricas, por ejemplo, a veces se documentan tanto que se pierde la historia de ficción»
¿Cómo trabajó la documentación en un thriller de estas características?
Me documento hasta cierto punto y luego me detengo, para que esto no se convierta en un reportaje, porque no deja de ser una obra de ficción. En las novelas históricas, por ejemplo, a veces se documentan tanto que se pierde la historia de ficción. En mi caso me documenté en parte con fuentes directas. No he entrevistado a un espía, pero sí a personas muy cercanas a ese mundo, que hacen trabajos similares. Internet puede darte una base para empezar, pero siempre intento acudir a la fuente directa. Internet no siempre es fiable. También la inteligencia artificial me ha ayudado como herramienta de documentación, porque ofrece mucha información de manera inmediata, aunque luego, por supuesto, hay que contrastarla.
¿Cree que el lector actual es más o menos exigente con la verosimilitud y la documentación de las novelas?
Hay de todo, pero diría que estamos en un momento complicado para la literatura, porque hay muchas novelas que en realidad no son literatura, sino simplemente una historia. No hay voluntad literaria ni profundidad psicológica. Se está creando también un tipo de libro pensado para no lectores: gente que no tiene hábito de lectura y que quiere algo rápido para un viaje en avión. Esos libros también tienen que existir, pero el problema es que ese modelo se está convirtiendo en algo cada vez más sistemático. Podríamos decir que, en general, los lectores son cada vez menos exigentes. Vivimos en una época de hiperconexión e inmediatez: todo tiene que ser rápido. El libro lo tengo que leer deprisa para pasar al siguiente, sin que me plantee problemas ni me exija esfuerzo. Pero el libro es un esfuerzo intelectual. Si creas algo que elimina completamente ese esfuerzo, entonces ya no es un libro: es otra cosa.
¿Y cree que la inteligencia artificial puede ahondar en esta problemática? ¿O la percibe únicamente como una herramienta, tal y como comentaba antes?
Yo la veo como una herramienta. No creo que sea capaz de transmitir emociones humanas: puede imitarlas, pero no será lo mismo. Para esos lectores que quieren consumir un libro como si fuera un donut, quizá la inteligencia artificial podría producir cincuenta mil libros de ese tipo en media hora.
«el libro es un esfuerzo intelectual y Si creas algo que elimina completamente ese esfuerzo, entonces ya no es un libro: es otra cosa»
¿Cuáles han sido sus principales referentes literarios o audiovisuales a la hora de construir esta novela y su obra?
Mi gran maestra es Patricia Highsmith. En esta novela hay, además, una enorme ambigüedad moral: no hay ningún bueno buenísimo ni ningún malo malísimo. Mis referentes siempre han sido los clásicos: John le Carré, Frederick Forsyth, Ian Fleming —el creador de James Bond— y también otros autores que ya había leído y que he releído. No he cambiado en ese sentido. He acudido a ellos porque el mundo del espionaje que plantean es muy parecido al que yo quería recrear en mi propio universo de espías.
¿Qué cree que busca un lector actual cuando se adentra en una novela de espionaje?
Simplemente, que le quite el sueño. Que esté en el autobús y se le pase la parada, que se meta completamente en la historia. Que siga el juego de los personajes, que los vea cercanos, que vibre con ellos, que sienta angustia e intriga. La novela de espías ofrece todo ese arco de emociones: traición, venganza, desconfianza, oscuridad frente a luz. La mayoría de los personajes se mueven en zonas de sombra. Lo importante es que el lector quiera seguir leyendo para descubrir qué ocurre con la trama.
Comentaba antes que esta ha sido tu novela más compleja. ¿Qué es lo que más ha disfrutado de todo el proceso de escritura?
Escribir el borrador y construir los personajes de las espías, porque en este caso son mujeres. He querido reivindicar el papel de la mujer agente de inteligencia, porque históricamente hemos estado apartadas de las novelas y de las películas del género, reducidas a la figura de la matahari. Pero las espías son agentes de inteligencia tan válidas y tan capaces como los hombres. Me he divertido mucho escribiendo a estos personajes. Son figuras muy oscuras, pero literariamente permiten jugar mucho con ellas. También he introducido pequeños guiños, hay un personaje que pide un Vesper Martini “revuelto, no agitado”, como en las películas de James Bond. He jugado con el glamour y los espacios que figuran en las películas de espías de toda la vida.
«He querido reivindicar el papel de la mujer agente de inteligencia, porque históricamente hemos estado apartadas de las novelas y de las películas del género, reducidas a la figura de la matahari»
Mencionaba el papel de las mujeres que han estado tradicionalmente invisibilizadas dentro del género, pero resulta curioso porque, hoy en día, en España, las autoras que están triunfando dentro del género son mujeres. ¿A qué cree que es debido este fenómeno?
Creo que se debe a algo muy sencillo: el mundo de la novela negra ha sido, históricamente, muy masculino. ¿Por qué ahora hay un fenómeno de mujeres? Porque ahora hemos salido y nos han dejado salir. Antes éramos las mismas, pero no nos daban visibilidad. Durante mucho tiempo, en los certámenes de novela negra, todos los premios se concedían a hombres. Luego llegó el momento del cupo: tres hombres y dos mujeres. Estábamos ahí para cumplir la cuota. Si ahora somos tantas es porque hemos reivindicado que este también es nuestro espacio.
¿Qué margen queda para la sorpresa en un género tan transitado?
Lo único que queda es que cada autor aporte su propia mirada y cree su universo. Yo he creado mi microcosmos, mi propia novela de espías. Puede parecerse a otras en algunos clichés —siempre hay un detonante, a menudo tecnológico—, pero todo lo demás es creación propia. En cualquier tipo de literatura, cada autor tiene que construir su propio mundo, singularizarlo.
¿Seguirá evolucionando el personaje de Tresser hacia otros territorios más oscuros?
La trilogía inicial de Tresser se cerró cuando terminó esa etapa de su vida. Después publiqué Fugitiva y ahora Tresser ha regresado con una etapa completamente nueva. En esta novela también se cierra otra fase de su vida y comienza una distinta a todas las anteriores. En la siguiente novela se le presentará un nuevo reto, un nuevo desafío.
