Fernando Bonete: “En España, en general, se lee poco”

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Una entrevista de Laura Fargueta / Imagen: Editorial Espasa

Fernando Bonete debuta en la narrativa con La hija del Fénix, una novela que rescata del olvido la figura de Marcela de San Félix, hija de Lope de Vega y una de las voces femeninas más singulares del Siglo de Oro. Profesor universitario reconocido por su labor como divulgador literario en su cuenta de Instagram (@en_bookle), Bonete da ahora el salto a la ficción para reconstruir la vida de una mujer marcada por la herencia de su padre y por su propia vocación literaria.

La hija del Fénix recupera la figura de Marcela de San Félix, un personaje histórico que ha sido eclipsado por la leyenda de su padre. ¿Cómo descubrió su historia y qué le impulsó a convertirla en protagonista de su primera novela?

La descubrí de forma anecdótica o casual, nunca mejor dicho lo de anecdótica porque estaba trabajando en Malas lenguas, un libro anterior sobre anécdotas de escritores. Mientras investigaba, buceando en la vida de Lope de Vega para encontrar alguna anécdota que contar de él, descubrí que tuvo una hija escritora y que había sido la única entre sus hijos e hijas que había continuado la carrera literaria de su padre. Me pareció un hecho muy llamativo, pero es que, además, cuando investigué la obra de Marcela, encontré a una escritora a la altura de los grandes del Siglo de Oro. Era de justicia hablar de su obra y también de su vida, dada la complicada relación que tuvo con su padre.

Como divulgador literario, ha analizado durante años a autores del canon. ¿Impone más respeto escribir sobre una figura como Lope de Vega que hablar de ella desde la crítica?

Ambas cosas son complejas y difíciles, pero lo son de maneras distintas. Cuando uno escribe no ficción, o incluso investigación sobre una figura literaria, la complejidad está en no cometer errores y en ser fiel a la verdad hasta las últimas consecuencias, encontrando toda la información posible sobre aquello que se investiga. Al final, el objetivo del investigador es abordar el objeto de estudio en todas sus dimensiones. En el caso de la narración, la dificultad no se encuentra tanto en reunir todos los datos o en comprobarlos, sino en que la historia que se construye a partir de lo que sabemos respete esos datos sin renunciar a la emoción del relato ni a la conexión del lector con la vida de esos personajes. Es decir, que incluso habiendo pasado tantos siglos desde que vivieron Lope y Marcela, podamos conectar de manera íntima con sus preocupaciones, sus desvelos y sus deseos.

¿Cuáles han sido sus principales referentes literarios para esta novela?

Entre los grandes de la novela histórica diría que Manuel Mujica Lainez o Marguerite Yourcenar. También hay algo de un escritor de fantasía como Joe Abercrombie, por ejemplo, en la forma en que aparecen los pensamientos del duque de César. Hay también algo, salvando las distancias, de esa frase larga que utilizan autores como Thomas Bernhard o Javier Marías, y también de Maggie O’Farrell en Hamnet, porque allí se aborda la historia de un personaje a través de la relación entre un padre y una hija. Uno, antes de ser escritor, es lector. Pero, por supuesto, salvando las distancias: todos los nombres que he mencionado son grandes de la literatura y yo no soy nadie.

«En la narración, la dificultad no se encuentra tanto en reunir todos los datos o en comprobarlos, sino en que la historia que se construye a partir de lo que sabemos respete esos datos sin renunciar a la emoción del relato ni a la conexión del lector con la vida de esos personajes»

¿Cree que el auge de la novela histórica responde a una necesidad de revisar el pasado o a una búsqueda de certezas en tiempos de incertidumbre? 

Siempre ha habido una gran afición por la novela histórica, pero es verdad que en los últimos tiempos ha crecido mucho el número de lectores. Creo que se debe a algo más prosaico: la novela histórica te permite aprender sobre figuras, personajes y momentos del pasado al mismo tiempo que te entretienes. Esa mezcla es algo que atrae mucho en nuestros tiempos.

Tras sumergirse en el siglo XVII, ¿qué cree que hemos ganado —y qué hemos perdido— como sociedad en términos culturales? 

Lo que hemos ganado es evidente: hemos ganado acceso a la cultura. En el siglo en el que vivió Lope de Vega, muy pocas personas podían acceder a los libros, a la lectura o a la escritura. Eso es algo muy valioso que hemos ganado: la horizontalidad del conocimiento. Pero también hemos perdido algo importante: el nivel cultural e intelectual de nuestros referentes es mucho menor; hemos bajado bastante el escalafón. En alguna entrevista he comparado a Lope de Vega con Bad Bunny diciendo que Lope era el Bad Bunny de su época, pero me refiero a esto en términos de fama y reconocimiento: en su tiempo todo el mundo sabía quién era Lope de Vega, igual que hoy todo el mundo sabe quién es Bad Bunny. La diferencia es que el nivel cultural e intelectual de Lope de Vega era, para su época, muy elevado. Nuestros referentes actuales no tienen esa calidad cultural o intelectual; es, en cierto modo, el signo de nuestros tiempos.

¿Siente que la literatura ha perdido influencia social? 

Diría que nunca ha tenido una gran relevancia social. En muy pocos momentos de la historia la literatura ha tenido una influencia directa. Más bien su influencia cultural suele reconocerse a posteriori. Por ejemplo, Cervantes —por irnos al tiempo de Lope— muere arruinado, en la miseria. Hoy lo tenemos en un pedestal, pero en su día no fue así. Creo que la cultura muchas veces solo se valora mirando hacia atrás, y en ese sentido hemos cambiado muy poco.

¿Qué opina de la distinción y el debate respecto a la superioridad de la “alta literatura” con respecto a la literatura comercial? 

Los libros no se pueden valorar como un colectivo. No se puede decir que un género literario sea bueno o malo en su totalidad. Los libros hay que valorarlos uno a uno: hay libros buenos y libros malos, en todos los géneros. Dicho esto, todavía no conozco a ningún autor que haya escrito un libro con la intención de aburrir al lector. Creo que, en realidad, toda la literatura intenta entretener de alguna forma. Lo que ocurre es que algunas obras lo hacen desde una dimensión más intelectual y otras desde una dimensión más emocional. Las etiquetas, en ese sentido, suelen ser engañosas.

Como profesor universitario, ¿detecta una transformación en la forma en que los jóvenes se relacionan con la lectura? 

Sí, pero no es un cambio que atribuya solo a los jóvenes. Es un cambio que afecta a toda la sociedad española. La lectura sigue siendo un fenómeno bastante minoritario: hay poca gente que lea realmente en España. El hecho de compartimentar entre jóvenes y adultos no es algo que me agrade especialmente. Ante la manida frase de que los jóvenes no leen, suelo responder que, en España, en general, se lee poco. Sin embargo, cabe hablar de que existe una aproximación diferente a la lectura. Los capítulos de los libros se han vuelto mucho más cortos y se exige así porque nuestro cerebro está moldeado por contenido que es de formato corto, como los reels o los vídeos en TikTok que duran apenas ocho segundos. Nuestro cerebro ya no está preparado para soportar mucho más que capítulos de cuatro páginas. Hay estudios en Francia y Alemania que muestran que hemos pasado de frases de entre 20 y 40 palabras a frases de apenas 15. La frase simple ha sustituido muchas veces a la subordinada porque resulta más fácil de procesar. También existe cierta preferencia —quizá más marcada entre lectores jóvenes— por géneros relacionados con el amor romántico. El auge del romantasy, por ejemplo, no es otra cosa que un refrito del amor romántico. Creo que este fenómeno se debe a que el amor romántico es un amor de emociones fuertes, y ante el adormecimiento al que muchas veces estamos supeditados, andamos a la búsqueda de emociones intensas.

¿Cómo valora el papel de los algoritmos y las tendencias digitales en la prescripción literaria? 

Creo que es algo positivo. El hecho de que la cultura y la literatura tengan presencia en todos los ámbitos, también en las redes sociales, es una buena noticia. Es verdad que la forma que adquiere la cultura en redes no es la misma que en el papel o en plataformas más sesudas o profundas, pero aun así puede ser el mejor contenido al que uno puede acceder en esas plataformas. En un entorno tan acelerado y orientado constantemente a la novedad, que exista un contenido que apunte a algo más dignifica de alguna manera esas plataformas.

«La lectura sigue siendo un fenómeno bastante minoritario: hay poca gente que lea realmente en España»

Recientemente, ¿qué libro le ha hecho replantearte su forma de entender la literatura o la vida?

El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati, es el último gran libro que me ha tocado la fibra. También me han marcado últimamente Corazón tan blanco, de Javier Marías, y Los días perfectos, de Jacobo Bergareche. Son libros que hablan del matrimonio, de las relaciones sentimentales y de cómo el amor se agota. Me va por épocas, pero diría que esos tres libros últimamente me han cambiado ciertas maneras de entender la vida.

Su popularidad en redes creció tras el anuncio del Premio Nobel de Literatura de 2023, ya que fue uno de los pocos lectores españoles en haberse adentrado en la obra de Jon Fosse. Todavía quedan muchos meses, pero ¿cuáles son sus previsiones para el Nobel de Literatura de 2026?

Un escritor que todos los años me encantaría que ganara el Nobel es el novelista británico Julian Barnes. En su defecto, también creo que lo merecería Ida Vitale. Mircea Cărtărescu, o su vecino Gueorgui Gospodínov, son otros nombres que se me ocurren. Y Thomas Pynchon, por supuesto, que también es uno de esos autores que siempre aparecen en las quinielas. Hay muchos escritores que lo merecen. Las polémicas del Nobel suelen venir muchas veces porque lo ganan autores que quizá no lo merecen tanto como otros.

Después de esta primera incursión en la narrativa histórica, ¿se plantea seguir explorando el género histórico o le atraen otros territorios literarios? 

La verdad es que todavía no lo sé. La mayoría de escritores en España, aunque pueda parecer muy romántico dedicarse a la escritura, en realidad la tenemos como segundo o tercer trabajo. Tenemos nuestro trabajo principal y luego, en los ratos libres —o en los ratos que le restas a la familia o a tus aficiones—, te dedicas a ese otro trabajo que es escribir. En mi caso he escrito esta novela de madrugada. He dormido muy poco y ahora mismo estoy en un periodo en el que, más allá de promocionar la novela y atender entrevistas, no quiero pensar demasiado en lo siguiente. Pero sí tengo claro que quiero seguir escribiendo ficción. Esa aproximación a la historia desde la narrativa me ha gustado mucho y estoy seguro de que pueden venir más cosas por ese camino.